Todos los años, con mi grupo de amigas, celebramos Navidad y fin de año con una cena que tiene la mística de los ritos de cierre y apertura. Como todas las nuestras, es una reunión irreverente, con mucha risa, abrazo y cariño. Hace un par de años, se les ocurrió aprovechar el junte para desafiar al destino y escribir los deseos para el próximo año. Yo había hecho el ejercicio años anteriores y siempre había sentido cierto desasosiego al leer mi hoja 12 meses después. Normalmente, casi nada se había cumplido. La vida había sido rebelde a mis ilusiones o yo misma había perdido interés en alguno de los deseos al poco tiempo de escribirlo. El caso es que este tufo a decepción hizo que me negara a escribir deseos en aquella oportunidad y mi hoja quedó en blanco.
Las experiencias de la vida no siempre se ajustan a nuestros deseos. Son tanto agradables como desagradables y van como los rieles del tren, corriendo en paralelo. Alguna vez leí el testimonio de un escritor, cuyo nombre no registré en esa entonces, que desarrollaba este concepto. Un lunes recibía la noticia del récord de ventas de su primer libro publicado y ese mismo lunes se apagaba la vida de su esposa en el hospital, tras llevar más de un año enferma. Me conmovió su relato. Ambos esperaban el éxito del libro, pero la noticia, frente al trágico suceso, quedó como una ironía de la vida. Sin eventos tan extremos, lidiamos a diario, de manera paralela, con las buenas y con las malas. Simplemente, la vida es así.
Hace unos días, celebramos con mis amigas la reunión anual. Este año ninguna quiso escribir deseos; priorizamos la charla y los chistes antes que la ‘soñadera’. Viviremos lo que venga, dijo una de ellas. Estaremos ahí para acompañarnos, compartiendo lo bonito que alcancemos y que nos regale la vida. Cuando nos toque lidiar con los obstáculos y la desdicha, estaremos también ahí para escucharnos, darnos fuerza y una buena mano de ayuda. ¿Qué más regalo que ese? Tenemos con quien reír y con quién llorar; de amigos, la hoja está llena.