Llevo algo más de 30 años tratando de entender el sufrimiento emocional humano, el mío y el ajeno. Entender para aliviarlo. Empecé mi carrera con la convicción de que comprender los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas, sus predisponentes y condicionantes, me darían la clave. Un año antes de terminar la universidad, me di cuenta de que me había metido en un berenjenal. La conducta humana estaba influida por múltiples causas, era por demás compleja y la sicología, con todas sus pretensiones de ciencia, no llegaba a explicarla y mucho menos controlarla, ni siquiera desde aquellas vertientes que mejor cumplían con el método científico.
Experimentar dolor en la vida es inevitable. Sufrimos pérdidas en el camino, golpes que nos hieren tanto o más que las heridas físicas y para estas llagas emocionales, es también necesario un tiempo de cuidados para sanar y cicatrizar. Pero los humanos, no pocas veces, hacemos algo muy paradójico con nuestro dolor. En el intento de escapar del mismo, tomamos opciones que traen más problemas a nuestra vida. Abusamos de sustancias, desarrollamos trastornos alimenticios, adicciones, agredimos a otros o a nosotros mismos y un sinfín de otras formas originales de escape que nos aseguran un padecimiento de largo aliento. No hacemos esto por idiotas. Lo hacemos porque hemos asociado cualquiera de estas acciones con alivio inmediato y porque creemos que no podemos soportar el dolor que cargamos por tiempo indefinido.
Nadie sufre por elección. Lo paradójico del ser humano es que sufre en un intento fallido de evitar dolor. Nuestro mapa mental, la historia que nos contamos acerca de nosotros mismos en este mundo, determina de gran manera la trampa en la que nos metemos; esa trampa en la que el remedio es peor que la enfermedad. Todos nos metemos, solo que con sello personal. También salimos y esa es otra de las grandes y misteriosas maravillas. Salimos cuestionando certezas personales, mirando desde otras perspectivas y creando opciones diferentes y originales en nuestra vida. A pura filosofía y arte, pensando y haciendo algo distinto