“Nadie se muere por llorar” le contesté a un amigo que me pedía que no llore cuando ya iba por medio paquete de pañuelos.

Las personas lloramos desde que nacemos hasta que nos morimos. No todo el tiempo, pero lloramos tras haber experimentado intensas emociones, sean éstas  de tristeza, rabia, miedo o alegría. Llora el bebé que siente hambre, llora el niño que se lastima, llora la jovencita que despide a su amiga, llora el hombre que entierra a su padre, llora la señora que peleó con su hijo, llora el atleta que cruza la meta de su primer maratón, llora el joven que toma en sus brazos a su recién nacida. Vos habrás llorado también en infinidad de situaciones intensas. El llorar, es una reacción innata en nosotros, que cumple una función biológica y psicológica importante. Al parecer,  ayuda a restablecer el equilibrio hormonal en el organismo cuando los niveles de estrés son muy altos por la intensidad de la emoción. Esto explicaría su efecto relajante.  Además, socialmente, es un comportamiento que sirve para acercarnos emocionalmente a los otros. Cuando se comparten las lágrimas, las relaciones se estrechan. Esto lo saben muy bien los amigos y también los amantes.

Llorar reduce el estrés, aclara los pensamientos. Si tienes ganas de llorar, busca un lugar donde puedas hacerlo tranquilo, no reprimas ni intentes controlar las lágrimas. Eso sólo mantendría la tensión en el cuerpo y en las emociones, prolongando el malestar. Te hará bien llorar. No tiene nada que ver con ser fuerte o ser débil, hombre o mujer. Además, “siempre que llovió, paró”. Con el llanto es igual, para por sí solo, cuando ya estás bien. Sin embargo, si encuentras que estás llorando sin razón aparente, durante horas, día tras día, busca ayuda de un psicólogo o de un psiquiatra, que son los profesionales entrenados en bienestar emocional, porque podrías estar sufriendo una depresión o un trastorno de ansiedad y requieras otro tipo de atención.

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