Escuché por ahí que no se puede sentir infelicidad y gratitud a la vez. Tristeza y gratitud, si, pero no infelicidad. La gratitud es el ejercicio mental voluntario de buscar y reconocer lo lindo y bueno que está presente en nuestras vidas y experiencias. Es un ejercicio que produce un estado emocional placentero y de paz, nos motiva, desarrolla nuestra resiliencia, compasión, generosidad, optimismo. Cultivar una “actitud de gratitud” como hábito diario, nos hace menos dependientes de las condiciones externas para desarrollar un sentido interno de felicidad.
La realidad es un collage de experiencias beneficiosas, neutras y también dañinas. La naturaleza del agradecimiento, tiene que ver con apreciar lo dulce, sin negar lo amargo, con abrirse a los placeres disponibles, sin resistirse al dolor. Es sobre todo cuando estamos “tomados” por la pena, que se hace difícil apreciar lo bueno que también tenemos. Muere una persona que amamos, se aleja de nosotros alguien que nos acompañaba y alegraba los días, perdemos todo en un desastre natural o en un accidente, enfermamos de algo severo, alguien nos lastima o ante cualquier otra pérdida significativa, nuestro pensamiento encalla en el vacío y el cuerpo en el dolor. Es como si el amor se interrumpiera y al decir de Bernardo Ferrando, “el amor interrumpido se puede transformar en resentimiento”, que nos consume. La gratitud es el movimiento contrario, es el amor que no se interrumpe, ni por la presencia de situaciones adversas.
Especialmente en esas circunstancias, es cuando mejor nos hace buscar las cosas por las que estamos agradecidos en este día, los regalos de la vida, desde lo más superficial hasta lo más profundo. Traer al pensamiento todo lo que me apoya y de lo que disfruto, es el mayor calmante del dolor emocional. Agradecer deliberadamente, esa es la práctica sugerida, hacer que busques y que recibas lo bueno.