Hay períodos de la vida en los que la tristeza, no se va. El cielo de nuestro estado anímico empieza a llenarse de nubes grises y pasamos de tener días con alguna nube que tapa el sol, a días verdaderamente nublados e incluso encapotados, oscuros, sin luz. Se nos va yendo la fuerza para movernos y hacer nuestras cosas cotidianas, el disfrute de aquello que nos entusiasmaba, la necesidad de ver a otras personas.

La tristeza es una emoción que va y viene. Es la reacción natural frente a eventos de pérdida, dolorosos, a trances difíciles de la vida que no creímos merecer, que fueron muy difíciles para nosotros; pero en estados normales es transitoria. Los duelos son un ejemplo de esto. La tristeza nos inunda por completo; pero somos capaces de alegrarnos con un abrazo o reírnos con un chiste o de sentirnos algo aliviados al encontrarnos con amigos o al resolver cosas del trabajo. En el lenguaje común que usamos, decimos “estoy deprimido”. Sin embargo, experimentar esos estados que son transitorios y reactivos a situaciones adversas en la vida, no es lo que clínicamente se llama “Depresión” y los podemos atravesar saludablemente, sin necesidad de medicación, con espacios personales de recogimiento y el acompañamiento cariñoso de nuestra tribu.

 La Depresión, por otro lado, es un estado de hundimiento terrible que puede llegar a ser muy profundo y largo. En general cursa con síntomas de tristeza o vacío casi todos los días. El criterio clínico es de más de 15 días de abatimiento, cansancio físico y desgano, apatía, indiferencia, pérdida de interés, cambios en el sueño o en el apetito, pensamientos de inutilidad o culpa excesiva, dificultad para concentrarse, sensación de no tener futuro y falta de confianza en la utilidad del apoyo que puedan dar otras personas. En la mayoría de los casos, la persona no sabe de dónde viene esta sensación y la define como “un vacío interno” generador de mucha angustia. No es un mal día, no es un cansancio pasajero. Como resultado, cada vez es mayor el aislamiento y la desconexión. En un círculo vicioso, este aislamiento y desconexión profundizan el estado depresivo.

Es una condición emocional compleja en la que influyen tanto factores biológicos (bioquímicos, hereditarios) como factores externos: experiencias de pérdida o estrés (fallecimiento de seres queridos, rompimiento o alejamiento de personas importantes, pérdida de la salud, problemas legales o económicos crónicos, etc). En muchos casos, la persona presenta patrones de pensamiento negativo desde la infancia o la adolescencia, con una profunda sensación de soledad emocional.

La depresión es un problema grave que puede durar muchos años, afectando en gran manera tu calidad de vida.

Es un problema no solo para la persona deprimida, sino también para la familia, que siente la impotencia en todos los intentos que hace, de levantarle el estado de ánimo, de proponer actividades que puedan resultarle atractivas e importantes, por las constantes negativas, rechazo, falta de respuesta, “nomeimportismo” generalizado resultado de la baja energía física y de la apatía propia del cuadro. Requiere mucha serenidad y templanza responder con comprensión y empatía, sin enojo ni resentimiento. Los familiares se preguntan “cómo ayudo”, “no me hace caso”, “no me escucha”, “nada le gusta”, “no me responde” … No es fácil, pero la comprensión sin juzgar, la comprensión compasiva, nos ayuda a apoyar en dirección a cuatro principios: El primero, acceso a servicios de salud mental, psiquiátrico y psicológico; el segundo, promover el mayor nivel de activación posible (movimiento: puede ser caminar, ordenar cosas, preparar comida, etc); el tercero, que esas actividades sean útiles (propósito y satisfacción) y el cuarto, mantener el mayor nivel de conexión socioafectiva posible con amigos, familia y personas en general. Evite romper relaciones por la frustración y el enojo. Empiece cada día de nuevo.  

Como tratamiento, existen pautas de orientación, herramientas útiles para superar estos estados extremos de tristeza, desánimo y melancolía y para acercarnos al bienestar psíquico. Desde la psiquiatría y la psicología se ofrecen seis pilares de tratamiento:

  1. Farmacoterapia: antidepresivos, técnicas electroconvulsivas, estimulación transcraneal, cura de sueño. Todas buscan actuar sobre el cerebro, sobre el origen biológico que causa el cuadro. Esto es válido para la depresión endógena.
  2. Psicoterapia: Tiene técnicas que van desde el apoyo en la escucha, hasta el trabajo en la transformación de los patrones de conducta que sostienen el problema, los pensamientos negativos automáticos y creencias disfuncionales, el abordaje de situaciones de trauma vividos en la infancia y juventud, mejorar las relaciones interpersonales, trabajar en un proyecto significativo para la persona.
  3. Abordaje familiar: Para que haya mayor y mejor comprensión mutua.
  4. Terapia ocupacional o laborterapia: Cuerpo y mente activos en tareas importantes.
  5. Socio terapia: Orientada a potenciar el soporte social y familiar, mitigar la soledad
  6. Psicoeducación: Lectura de libros de autoayuda, artículos, escuchar conferencias, asistir a talleres, etc.

Si estás atravesando por un proceso depresivo, escucha: Aunque sientas que no tienes energía, sí la tienes. Es posible que esté bloqueada, estancada o mal dirigida, pero está ahí y se puede reactivar, con propósito, movimiento y dirección. El sentimiento de vacío es hambre. Hambre de crecimiento, de transformación. Es miedo a lo desconocido, miedo que puedes transformar en anhelo, anhelo por conocer. Es rabia con las cosas que se han dado en la vida, que puedes finalmente aceptar de manera radical en tu corazón y avanzar. Puedes recuperar tu fuerza interior perdida. Cultivar tu propio bienestar, de todas las maneras posibles.

Nota ética:

Si en algún momento aparecen pensamientos de hacerte daño o de no querer seguir, por favor busca ayuda inmediata en servicios de emergencia o con un profesional de tu confianza.

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