Si tienes un hijo adolescente, probablemente te estés preguntando ¿qué es lo que le pasa?, ¿por qué ya no me cuenta las cosas? ¿En qué momento dejó de ser la niña que yo conozco? ¿Por qué ya no me soporta?
Los papás llegan a consulta sintiéndose confundidos, cansados, incluso tristes, con la sensación de que no están haciendo un buen trabajo como padres, de que el vínculo con el hijo o la hija, se les está yendo de las manos.
La adolescencia es una etapa de cambio profundo…para tu hijo y también para ti. Los cambios en su conducta, esa terquedad en sus propias ideas, contrarias a las tuyas, ese empuje para autodeterminarse, en contra de tus propias indicaciones y sugerencias, ese aislamiento en su cuarto, en sus propios amigos, esa irritabilidad a flor de piel, esa sensibilidad exacerbada, esa sordera selectiva, no significa que no te quiere o que te quiere hacer la vida imposible, no es personal contra vos, es un tema hormonal, cerebral y psicológico.
En este período que va entre los 10 y los 18 años ocurren tres grandes procesos de manera simultánea:
Cambios biológicos: El cuerpo de niño se transforma, se marcan los caracteres sexuales secundarios, internamente se produce una revolución hormonal a cargo de este desarrollo; el cerebro, por su parte, hace también su transformación, yendo lo emocional mucho más rápido que lo racional. Por eso hay intensidad, impulsividad y emociones desbordadas.
Construcción de identidad: El adolescente necesita diferenciarse: pensar distinto, cuestionar, probar límites. Aunque todavía es un ser dependiente, necesita, reclama y se lanza a la práctica del ejercicio de su independencia. Y eso está bien, porque en la vida, tiene que ir en esa dirección. Pero claro, en ese intento, no pocas veces camina por la cornisa, o tenemos pánico de que lo haga y eso, nos genera reacciones de control, castigo y vigilancia que resienten el vínculo que tenemos con ellos. Es una etapa de egocentrismo, que no es lo mismo que egoísmo, aunque así lo sentimos cuando lo tomamos de manera personal.
Necesidad de pertenencia: El grupo de amigos toma una fuerza enorme, no porque los padres no importen, sino porque el adolescente necesita validación externa. Es también un proceso natural. Se supone que, en la evolución, dejará su grupo familiar primario y tendrá que crear otros grupos de pertenencia, como sostén social. Entonces, se vincula, estrecha lazos, forma lealtades, se enamora.
En este paisaje, los padres nos agobiamos. En la consulta, escucho cosas como: “Ya no sé cómo hablarle”, “todo le molesta”, “se encierra”, “responde mal”, “se aleja”. Y eso duele porque uno siente que pierde el vínculo, porque aparece el miedo: ¿y si se equivoca?, ¿y si sufre?, ¿Y si se mete en problemas? Claro, ya no podemos controlar ni cuidar todos sus espacios y muchas cosas, suceden fuera de nuestro alcance.
Es una época delicada y, aunque te diga que no te quiere cerca, te necesita igual que siempre. La tarea más importante que tenemos como papás en esta etapa, es acompañar la adolescencia permitiendo la distancia, poniendo límites con firmeza y amor y dando seguridad. La seguridad de que, “aunque no esté de acuerdo contigo, sigo aquí”, “aunque te equivoques, no pierdes mi amor”, y de que “sigo contigo, incluso cuando tus emociones son intensas”.
No es fácil navegar este mar cuando hay tormenta (y las puede haber seguido) Es un acto diario de amor, paciencia y aprendizaje. No te necesitan perfecto, te necesitan presente y regulado. Respira, pausa, piensa, porque más que el control, lo que protege, es el vínculo.
¿Recuerdas cuando tenías 17 años? Cómo te vestías, ¿cómo hablabas, ¿cómo llevabas el pelo, qué música escuchabas, qué actividades tenías, ¿quiénes eran tus amigos, ¿cómo eran las relaciones con cada uno de tus padres o con la persona que te cuidaba, Como te sentías en el colegio, ¿cómo te iba en los estudios, ¿cuál era tu experiencia emocional la mayor parte del tiempo? ¿Te sentías mayormente contento? ¿Enojado? ¿Triste? ¿Temeroso? ¿Cuáles eran tus pensamientos recurrentes? ¿Tus preocupaciones? ¿Puedes recordar momentos que te marcaron? Cómo te sentiste aquella vez que no pudiste hacer aquello que tanto deseabas, porque no te lo permitieron o aquello otra vez cuando algo salió mucho mejor de lo que habías pensado y te sentiste libre y poderoso. ¿Cuál o cuáles de todas tus experiencias de adolescencia fueron las que más te aportaron para la vida? ¿las que te dieron confianza en ti y en tu futuro.
Podrás ver en esta experiencia, que la adolescencia, es producto de tres cosas: Uno, las bases sentadas en la infancia, mensajes que se reciben e internalizan de la familia y en el colegio. Dos, los cambios profundos de la etapa, que juegan un papel muy importante en su conducta. Tres, el acompañamiento que les demos en esta etapa. Nuestro adolescente está en construcción y nosotros jugamos un papel muy importante en esa construcción.
Pero no todo es tormenta en este mar. Es también una edad bellísima para acompañar, reímos con ellos, nos sorprenden con su personalidad genuina, sus ocurrencias y talentos únicos. Si sabemos mirar sin juzgar, sin miedos y sin querer proyectarnos en ellos, descubriremos cosas maravillosas en su alma, que jamás hemos imaginado. El ser auténtico que son ellos mismos, antes y después de cualquier ingrediente que hayamos podido poner en ellos. Si sabemos mirar, admirar y recibir lo bello que tienen y son, sanaremos dolores viejos, venceremos miedos que nos limitan, ampliaremos nuestra conciencia con las lecciones que traen para nosotros.
El vínculo es más importante que el control y en esto, la comunicación es la herramienta clave. Ya no me puedo comunicar con mi hijo adolescente como lo hacía cuando era niño. Tengo que hacerlo de un modo diferente. Para explicar esto, me gusta usar la metáfora del puente. Comunicarnos bien requiere la existencia de un puente entre vos y yo, primero. Un puente en buenas condiciones. Hay mirada, hay sonrisa, hay abrazo, hay admiración y cariño, hay palabras de las buenas, que van y vienen. Tenemos espacios donde conversar. En tu cuarto, en la cocina, en mi cuarto, en la galería, en el auto, mientras te llevo al colegio. Ese puente es transitable, es decir, no está lleno de piedras que hagan imposible llegar al otro lado a alcanzarte o que me alcances. Los desencuentros y desacuerdos pueden poner piedras en el camino. Las piedras suelen ser enojo, orgullo, terquedad, imposición. Queremos sacarlas. Hacemos el esfuerzo para retirarlas, lo hacemos juntos, empiezo a sacarlas yo, aunque seas vos quien puso la piedra. Si yo no hago esfuerzo por sacarla, es responsabilidad mía también que se mantenga ahí bloqueando el paso. Finalmente, ese puente, transitable, debe ser transitado. Ir y venir en el intercambio de palabras. No solo para hacer preguntas de control, sobre tus comportamientos o el cumplimiento de tus responsabilidades. No solo para darte instrucciones. Sino para preguntar qué opinas, qué crees, qué sientes, qué deseas, qué sugieres frente a las cosas que van sucediendo en nuestra vida. Escuchar sin juzgar, sin aleccionar todo el tiempo y con respeto. Que sea verdad aquello de que se toma en cuenta su opinión.
Se trata de crear espacios de confianza en los que tu hija o hijo, se sienta comprendida y segura. Porque se puede hablar en calma de cosas personales y no tanto, aunque se opine distinto, generando preguntas abiertas y reflexivas.
Es hermoso pensar que, con nuestros hijos, existe un puente de comunicación, que mantenemos en buen estado de manera consciente, limpiamos de obstáculos como ser enojos, resentimientos, terquedades y orgullos, y lo transitamos frecuentemente, todo el tiempo.
Finalmente, lo qué deseamos para nuestros hijos es que sean ellos mismos y habiten este mundo de manera autónoma.