El desafío de entendernos

Publicado en El Deber, el 29 de abril, 2020

 “¿La segunda parte de la cuarentena viene con los mismos actores? Estoy teniendo problemas con parte del elenco”, decía uno de los memes que nos hicieron reír en estos días inéditos. Puertas adentro de la casa, cada grupo familiar tiene maneras muy propias de interactuar.  Algunos la están pasando bien, sin mayores sobresaltos, y otros están con la paciencia menguante, la aorta reventando  o como quieran llamarle. Enojados o sufriendo por la comunicación tirante y conflictiva que están experimentando entre sí. Comunicación que probablemente, ya es habitual desde hace mucho tiempo; pero que en el encierro, no cuenta con distracciones que atenúen su efecto.

Como en un laboratorio, esta cuarentena nos permite observar cómo somos con las personas que tenemos cerca, cómo nos hablamos, cómo nos tratamos. Las personas comunicamos pensamientos y también afectos a través del lenguaje, compuesto de palabras y también de gestos, movimientos y posturas corporales. Como ya lo han dicho los teóricos de la comunicación humana, toda conducta es comunicación. No hay manera de no comunicar. Aunque estemos callados, algo comunicamos con nuestro silencio. Entre aquellas cosas que comunicamos consciente o inconscientemente, está el afecto, el  tipo de relación que tenemos o queremos tener con la otra persona. No es lo mismo acompañar un “hola” con una mirada directa, que con los ojos mirando al piso, o perdidos en el horizonte a través de una ventana.

Virginia Satir, una de las principales figuras de la terapia familiar,  observó el malestar que se genera en las relaciones cuando nuestras palabras dicen una cosa y nuestros gestos y actitudes dicen otra. Es el famoso “si, pero no”. Te comprometes amablemente  a  secar los platos; pero no lo haces; y no precisamente por olvido.  Te dicen “te escucho”; pero siguen respondiendo mensajes en el celular mientras hablas. Satir le llama “doble mensaje” a estas incongruencias e identifica cuatro modalidades:  Está quien apacigua (para evitar que el otro se enoje); quien acusa (para responsabilizar al otro y pasar de acusado a acusador); quien calcula (usando grandes conceptos intelectuales para enmascarar vulnerabilidad) y quien distrae (ignorando situaciones que se perciben amenazantes, así se desvanecen en el tiempo). Satir observa  que las usamos  en nuestra comunicación, cuando tememos herir los sentimientos del otro o sus represalias, sentimos miedo a que se termine la relación, cuando no queremos condicionar al otro; pero también cuando no le otorgamos ninguna importancia a la relación. En cualquier caso, el resultado es una gran carga de malestar.

¿Ser directo es tan difícil?. Parece que sí. Está claro que lo es menos para quienes tienen una buena relación. Escucharnos más y mejor, generar bienestar en la convivencia, siguen siendo nobles y deseables propósitos para los que hace falta una fuerte dosis de valentía.

¿Te está costando dormir?

¿También a vos te está costando dormir en esta cuarentena? Nos está pasando a muchos. Nos acostamos y damos mil vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, unos se duermen enseguida; pero se despiertan muy temprano en la madrugada y no pueden volver a dormir. Otros se despiertan varias veces en la noche, por breves momentos, con el corazón a mil, con ansiedad. En estas condiciones de incertidumbre, peligro e impotencia, habría que estar totalmente escindido de la realidad, para no perder, en algo o en mucho, el sueño. Sin embargo, es vital mantenernos lo más sanos posible, física y mentalmente; así que, aunque no logremos dormir toda la noche, es posible descansar mejor el cuerpo y la mente. ¿Cómo?

La situación de largo encierro en nuestra casa, cambia nuestros hábitos. Nuestro contacto con el sol y el aire fresco se ha reducido, lo mismo que la actividad física fuera del hogar. En casa, estamos dividiendo nuestra atención entre varias actividades que atendemos de manera simultánea: la comida, los mensajes y requerimientos del trabajo, las conferencias online con amigos y familia, barrer, lavar la ropa, revisar redes, leer noticias, hacer el pedido al súper o salir, porque te toca, al mercadito, etc; cosas que hacemos siempre, pero en horarios designados para ello, en espacios distintos y con mayores niveles de ayuda. Además, como no vamos a salir de casa, a veces nos quedamos con ropa de dormir todo el día o hacemos muchas de nuestras actividades desde la cama o desde el sofá. Nuestras fichas están desordenadas y el cerebro se altera en sus ritmos.

Además del cambio de hábitos (que termina alterando nuestro cerebro y sueño), existe otro asunto de mayor peso todavía: La preocupación. Los pensamientos “terroristas”, que aprovechan la noche para angustiarnos como hacían nuestros fantasmas de infancia: “¿y si me contagio?”, “¿y si muero ahogado?”, “¿y si no tenemos de qué vivir?”, “¿y si me despiden?”, “¿y si no puedo pagar el crédito?”, “¿y si no tengo remedios en casa?”, “¿y si tengo que cerrar el negocio?”, “y si nos enfermamos todos en casa?”, etc, etc. La preocupación es hija de la incertidumbre y de la percepción de peligro. Los fantasmas que nos asaltan de noche, pueden llegar a ser situaciones a enfrentar el día de mañana, con mucha valentía; pero a las tres de la mañana es improbable resolverlas.

¿Ayuda si nos hacemos una rutina que ayude a regularizar los ritmos fisiológicos de sueño? Sí, ayuda mucho. Quizás quieras usar la noche para dormir y el día para estar activa/o; salir de la cama temprano y no volver a ella hasta la hora de acostarte; exponerte al sol y al aire de la mañana, definir horarios o momentos del día para tu higiene personal, la limpieza de la casa, la preparación de alimentos, el trabajo, el ejercicio físico, tu entretenimiento, información y tu descanso. Quizás quieras limitar tu tiempo en redes sociales y tu exposición a las noticias intranquilizadoras en horarios nocturnos e ir bajando el ritmo al acercarte a la hora de dormir con actividades más relajantes, música suave, alguna película, novela, lo que funcione para relajar tu cuerpo y distraer tu mente.

¿Con tener rutinas más sanas es suficiente? No, no lo es. Una rutina sana es necesaria; pero no es suficiente. Para dormir mejor en la noche, hay cosas que talvez sea necesario que resuelvas durante el día; pero no lo has hecho todavía, porque son cosas que quizá te provocan miedo, desconcierto o desagrado. Los fantasmas que nos agobian de noche, son aquellos a los que silenciamos de día. Aquellos problemas que pusimos bajo la alfombra con un “no quiero pensar en eso”, porque me asusta, no sé cómo resolverlo, o no me gusta lo que tengo que hacer para resolverlo. En toda situación crítica, hay mucho que está fuera de nuestro control, que no podemos transformar y sólo toca aceptar con humildad, cesando la lucha interna. Sin embargo, hay otras cosas que podemos remediar con ayuda de otros: problemas concretos, dificultades financieras, falta de medicamentos, de alimentos, quién vaya a cobrar un dinero al banco por mí, etc.

Si llevas noches sin poder dormir, con angustia, talvez quieras anotar la mañana siguiente, en una hoja de papel, tus miedos y preocupaciones nocturnos, y hacer una lista de posibles soluciones para cada uno, incluyendo en esa lista el hablar, desahogarte, consultar sugerencias y pedir ayuda a la gente que te quiere y a cualquier organización o institución que te pueda ayudar. Talvez sea necesario aprender habilidades que no tenemos; por ejemplo, hablar de nuestros problemas, consultar, pedir ayuda para temas que han sido nuestra responsabilidad, a nuestra pareja, nuestros hijos, amigos, a la familia o a personas extrañas que entiendan del asunto. Este es un tiempo en el que vamos a necesitarnos entre todos. Vamos a dar de nosotros y en muchos casos, tendremos que aprender a pedir y recibir.

Ser autosuficiente no es resolver todo sola o solo. Es proveerte de las personas y recursos que pueden ayudarte a resolver los problemas. No tenemos que estar solos en esto. ¡Un abrazo!

 

El mundo emocional de los profesores

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 35, octubre-diciembre de 2017)

“Contame cómo son tus profesores” le pedí a Camila el otro día en el consultorio. “El de matemáticas es muy malo. Afuera del curso, con los otros profes, es hecho el chistoso, pero en el curso, se enoja mucho con los compañeros que no pueden hacer los ejercicios. Los saca a la pizarra y les grita. Cuenta  ¡A la una!, ¡A las dos!, y ¡A las tres! ¡A su banco, punto en contra!”. “La de religión es buena, pero hacemos lo que nos da la gana en su clase. Le decimos Botitas, porque tiene unas botas chistosas. Pobre, la hacemos llorar”. “Al de sociales, no le importa nada. Nos pide que abramos el libro, leamos y contestemos las preguntas del capítulo. Las revisa en su mesa. Nos deja escuchar música si estamos callados. El revisa su Facebook en su mesa toda la hora y nos corrige de a uno, pero no enseña”. “El profesor de ciencias es el rey de los amargados. Su frase es ¡Son unos mediocres!, jamás sonríe y habla dentro de su boca”. “A la de física la queremos mucho y en su clase cuando explica la escuchamos, le entendemos bien, nos vuelve a explicar a cada uno cuando lo necesitamos y siempre la buscamos cuando tenemos problemas en el curso o ella se da cuenta si hemos peleado con nuestros padres o terminado con nuestro cortejo, se acerca y nos pregunta. Estoy aquí porque ella se dio cuenta que me estaba cortando con la cuchilla de mi tajador y les dijo a mis padres”.

Qué difícil es la tarea del docente, pensaba yo mientras escuchaba a Camila. Uno tiene un contenido de materia para enseñar, que es el currículo, tiene métodos y herramientas didácticas, pero enseñar no es sólo transmitir conocimiento académico. El docente está frente a niños y jóvenes que pasan con él seis horas o  más cada día, como doscientos días al año, por 14 años. Se quiera o no, en este tiempo se transmiten y se forman competencias para la vida. El trabajo del docente consiste en interacciones, relaciones personales y comunicación. Más allá de los temas del currículo y los métodos, el docente enfrenta cada día problemas que no son de aprendizaje, pero lo afectan: inasistencia, falta de interés y motivación de los estudiantes, conductas agresivas, inadecuadas relaciones interpersonales y otras situaciones que generan un ambiente que no favorecen su labor ni su estabilidad emocional. Debe tomar en cuenta tanto las capacidades generales y específicas de aprendizaje de sus alumnos, como sus habilidades socioafectivas.  Como si esto fuera poco, el docente enfrenta también otras fuentes de estrés en el trabajo: la relación con los padres, con los colegas y con los directivos, que no pocas veces resultan siendo muy conflictivas. ¿Con quién habla el docente de las emociones difíciles y los desafíos personales que le genera el trabajo?. “No es fácil, me decía un profesor, se supone que estar al mando de niños y muchachos requiere estabilidad emocional. Hablar de problemas psicológicos es casi una declaración de incompetencia”. “tenemos como cualquier otro ser humano, miles de problemas afuera, en casa, con nuestras familias. Vivimos crisis como cualquiera, de salud, nos divorciamos y sufrimos, muerte de seres queridos, hijos con problemas, quiebras económicas, problemas con la ley…y todo eso debe quedar afuera del colegio, no se debe ni notar, no debe afectar, pero sí afecta y sólo nos entendemos entre algunos colegas”. El estrés generado por las condiciones intrínsecas de la labor docente como por las problemáticas particulares de vida externa generan tanto problemas físicos como psicológicos. A nivel físico, son comunes los problemas cardiovasculares, respiratorios, lumbalgias, cervicalgias, úlceras, etc. A nivel psicológico, ansiedad, insatisfacción laboral, baja de productividad, desarrollo de rutinas del mínimo esfuerzo y disfrute, ausentismo, depresión, adicciones, entre otros. Estos problemas, afectan tanto la salud y calidad de vida del docente, como su desempeño laboral.

El cuidado de la salud mental del docente requiere ser mirado con más interés, primero, porque es un derecho humano y los docentes son seres humanos, con sueños, familias, presiones, emociones, modos de pensar y circunstancias humanas. En segundo lugar, pero no menos importante, porque la educación de nuestras juventudes depende en gran parte de su manera de ser (ojo, no dije de cuánto sabe). Un profesor que no se siente bien o que no lidia constructivamente con las dificultades de la vida, tiene menor tolerancia a la frustración, agrede en distintas formas, evita responsabilidades, oscila entre el autoritarismo y la gran permisividad, es hipersensible a las circunstancias y se conduce de forma tal en el aula que perjudica el aprovechamiento y motivación de los alumnos. Además, no se siente bien.

Daniel Goleman a lo largo de su obra, habla de la inteligencia emocional y del desarrollo de competencias en esta área. Sugiere la formación de los docentes en habilidades como la conciencia de uno mismo o capacidad de reconocer las emociones propias y la necesidad personal de donde surgen, la autoregulación o manejo adecuado de las emociones para facilitar la tarea y evitar que se conviertan en un obstáculo, la motivación o la claridad de nuestros propósitos mayores, que nos ayuda a perseguir nuestros objetivos de manera más eficaz y perseverar a pesar de los contratiempos, la empatía que nos permite entender e importarnos por las emociones y necesidades de los demás, las habilidades sociales o la capacidad de relacionarnos fluidamente con los otros y el sentido de alta estima y competencia, que no es más (ni menos) que la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

El docente debiera tener  las oportunidades para desarrollar estas competencias tanto en su período de formación inicial, como a lo largo de su carrera, en formación continua, pero fundamentalmente, el  interés por trabajarse personalmente debe surgir de él mismo, de un compromiso propio, una decisión de mejorar su calidad de vida tomando en cuenta su mente; es decir, lo que piensa y siente en la vida, que es su recurso más importante. Hoy en día, asistir a talleres de desarrollo personal es una opción cada vez más válida, consultar con un psicólogo cada vez más accesible, atenderse por adicciones, depresión o ansiedad con un psiquiatra es posible. Se puede estar  y trabajar mejor. Sigmund Freud definió la salud como la capacidad de amar y trabajar.  Si pensamos en nuestros pensamientos y emociones como en una especie de jardín, debemos aprender a cultivar en él, las más bellas flores.

Obesidad, la compulsión por la comida

El otro día me preguntaban sobre la obesidad, de si el problema del malestar con la misma es o no sólo una cuestión de estereotipos sociales con respecto a las figuras físicas ideales. Valga dejar por sentado que todos somos merecedores de amor y respeto al margen de cualquier característica física. Por supuesto que el malestar no es sólo por eso. Hay una cuestión de salud, de comodidad, de satisfacción personal relacionada con el peso.

No poder sentarse  cómodamente en un asiento o caminar sin fatigarse a los diez pasos, sufrir dolores de rodillas, cadera, articulaciones, problemas cardiovasculares y otros contratiempos de salud generados por el sobrepeso disminuyen la calidad de vida y ponen en riesgo la misma. Igualmente, existen factores de tipo emocional y de comportamiento  determinantes de nuestras compulsiones y si hay sobrepeso es porque tenemos una manera de comer compulsiva.

Si comemos grandes cantidades y volúmenes de comida  sin tener hambre, sabiendo que nos hace mal, pero sin poder evitarlo,  quiere decir que estamos usando la comida como una droga, para anestesiarnos de cualquier situación que estemos viviendo que nos genere sentimientos y sensaciones físicas de incomodidad o desagrado. Comida para calmar el nerviosismo y la ansiedad, comida para calmar el aburrimiento, comida para calmar la tristeza, comida para calmar el dolor por el rechazo, comida para calmar la soledad, comida para calmar el deseo, comida para calmar la angustia, comida para cambiar las emociones que se nos generan frente a cualquier contratiempo o carencia. Bajar de peso es importante, pero no es lo único que hay que resolver. Es deseable aprender a lidiar con la carencia, con las sensaciones desagradables en el cuerpo que finalmente, vienen y van.

La vida por otro lado, tiene cosas lindas, pero también mucho de lo que no nos acomoda y que nos genera vacío, cuando no intenso dolor. Es inevitable. Anestesiarnos comiendo compulsivamente sólo le añade más dificultades a nuestra existencia. Busquemos mirar  y hablar de aquello que nos duele. Vamos a aceptar lo inevitable y continuar despiertos para aprovechar  lo disfrutable en el aquí y ahora, pero de lo que nos hace bien. Geneen Roth, autora de “Cuando la comida sustituye al amor” dice: “El peso es lo que sucede cuando usas la comida para allanarte la vida”. Es paradójico, pero moverse del malestar hacia el bienestar, requiere muchas veces saber vivir con la carencia.

Formas nuevas del acoso escolar. ¿Qué hacer?

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 31, octubre-noviembre de 2016)

 

Por acoso escolar se entiende cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico, que se produce entre escolares, de manera reiterada, por cierto tiempo determinado. A diferencia de lo que son las bromas y los chistes habituales, el acoso es una especie de tortura sistemática a la que el niño o joven agresor somete a otro niño, colocado en el papel de víctima. Esta acción metódica generalmente se perpetúa gracias al silencio y la complicidad de los compañeros.

Los profesores Iñaki Piñuel y Zabala han descrito ocho modalidades de acoso escolar: Bloqueo social (acciones que rompen la red social del niño produciendo el aislamiento y la marginación); el hostigamiento (desprecio, falta de respeto, humillación a la dignidad del niño); la manipulación social (inducir el rechazo del niño distorsionando negativamente su imagen frente a los demás); la coacción (hacer que la víctima haga cosas contrarias a lo que quiere y normalmente haría, como aceptar vejaciones, abusos físicos o conductas sexuales no deseadas, calladas por miedo a represalias contra sí mismos o contra los hermanos); la exclusión social (impedir su participación en grupos, deportes, actividades, con el “vos no ”); la intimidación (amenazar, intimidar con causar un daño a la salida del colegio);y la amenaza a la integridad física (promesas de lastimar, herir, matar), que por el fenómeno de las pandillas en nuestro país, en muchos casos sí se ejecutan, hiriendo o asesinando a los jóvenes o a miembros de su familia, hasta en sus propias casas.

El acoso escolar (conocido por la palabra en inglés “bullying”), ha existido en los colegios desde siempre. Los abusivos o los matones, siempre han estado ahí.  Niños violentos que descubren y/o crean la vulnerabilidad de otros y los someten a muchos tipos de abuso. Además de las consecuencias físicas en casos de violencia grave como los mencionados arriba, estas conductas tienen graves consecuencias emocionales para los niños y los adolescentes. Los psicólogos que atendemos población infanto-juvenil recibimos muchos casos de trastornos depresivos, angustia y conductas autodestructivas (cortarse, intentos de suicidio), a causa de la violencia sufrida en los colegios por parte de compañeros que actúan sin ningún tipo de control efectivo. Como podemos encontrar en la página www.vocesvitales.blogspot.com, en nuestro país, los niveles de violencia escolar son graves.

A todo el panorama anterior, la tecnología añade una plataforma adicional desde la cual acosar. Cada vez más, el acoso no se da sólo en vivo y directo, en el colegio, sino a través de los grupos de whatsapp, Facebook, Twitter y otras redes virtuales. La antigua recomendación de “No hagas caso si te molestan”, funciona en el tema de burlas o chistes sanos, pero jamás funcionó en el tema del acoso, mucho menos ahora. Los insultos y las burlas se viralizan en las redes, quedan permanentemente ahí y alcanzan a miles de chicos en un par de horas. El acoso escolar cibernético consiste en usar la tecnología para insultar, amenazar, humillar, avergonzar o criticar a otra persona. En estas plataformas, el abuso puede venir en forma de mensajes de texto crueles, violentos, malintencionados, puede tratarse de compartir información personal, fotos o videos que avergüencen al estudiante, suplantar identidades y mandar mensajes inadecuados, crear páginas web para denigrar e insultar. Conforme más y más chicos accedan a teléfonos inteligentes, es probable que aumente la incidencia del cíberacoso, aunque claramente, el problema no es la tecnología en sí misma, sino el uso que se hace de ella.

 

Muchos de los chicos que sufren cíberacoso no quieren hablar con sus padres ni con los profesores, porque temen mayor rechazo social si hay quejas o temen que se les prohíba en casa el acceso a sus teléfonos.

Algunas de las conductas o situaciones que podrían ser señales de que su alumno sufre de ciberacoso son: desagrado emocional durante el uso de su teléfono o del internet, secreto excesivo sobre su vida digital, alejamiento no habitual o no participación  en actividades grupales, deportivas o cívicas, bajada en su rendimiento escolar, accesos de llanto, conductas de enojo excesivo, cambios en su estado de ánimo típico o en su comportamiento.

En el ámbito escolar, es posible intervenir en dos planos, el primero es el de prevención. Educar al alumnado tanto en el manejo inteligente de la tecnología (selfies, videos, mensajes personales, borrar y no compartir contenido que pueda dañar a un compañero o compañera), como en los valores de respeto, cuidado de los demás, protocolo del colegio en casos de acoso, importancia de no permitir la violencia de algunos compañeros sobre otros. En todo caso, debe haber un mensaje firme acerca del impacto negativo que estas acciones pueden tener sobre el otro, de lo inaceptables que son en la institución las conductas de acoso y de las consecuencias serias (y a veces permanentes), que puede tener que enfrentar en el colegio y con organismos como la Defensoría de la Niñez y la policía, quienes  acosan. La Asociación Voces Vitales en Bolivia, desarrolla talleres en los que se involucra a toda la comunidad educativa, para hablar y analizar el problema, detectar las causas y formas en que se da en cada unidad educativa y planificar acciones de intervención.

El segundo plano de intervención, es el de frenar situaciones de acoso que ya se estén dando. El problema no va a pasar sin intervención clara, contundente y firme. Va a empeorar. Es deseable que los colegios tengan protocolos de acción frente al acoso. En estos protocolos se especifican acciones y procesos de acción para todos, que garanticen un resultado eficaz. Este resultado se traduce en un niño o niña libre de ser acosado y de otro niño o niña que deja de ser acosador. Es un trabajo a tres puntas. Precautelar la seguridad emocional y física del niño que está siendo agredido, educar en el respeto al niño que está agrediendo, y finalmente, educar al resto de la comunidad, testigo mudo, en la necesidad de no permitir la violencia y actuar frenando, denunciando, por las vías regulares, establecidas, no violentas, los comportamientos que dañan.

En un colegio, es importante recordar que todos los niños son nuestros niños, el acosado, el acosador y los testigos; pero cada uno requiere acciones distintas. Nosotros los adultos, padres y educadores, somos responsables de lo que sucede en nuestras comunidades educativas.

En el siguiente sitio de internet es posible encontrar el “Protocolo de actuación en situaciones de Bullying” de la UNICEF. Sirve mucho como guía: http://www.unicef.org/costarica/Documento-Protocolo-Bullying.pdf.

 

“Mi alumna está seriamente enferma”

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 24, febrero-marzo de 2015)

 

Jacqueline y Jennifer son dos adolescentes que conocí en el Hospital Oncológico de Santa Cruz, lugar en el que apoyo con atención psicológica a pacientes asistidos por una de las tantas organizaciones de beneficencia.  Jeniffer tiene 14 años, el pelo negro, en trenza larga hasta la cintura. El día que la conocí, estaba internada, con suero, sentada en la cama, con la mirada clavada en el piso, la boca cerrada en gesto serio. Una cicatriz en la muñeca, escondiendo una historia dolorosa.

Jacqueline tiene 16 años, casi no habla, pero sonríe todo el tiempo y tiene una mirada entre tímida y traviesa.

Ambas tienen leucemia y acababan de recibir su diagnóstico hacía poco, Jacqueline dos meses y Jennifer dos días.

Me pidieron que hablara con Jennifer; mejor dicho, que lograra que ella hable, porque desde que le dijeron lo que tiene, no abre la boca y está con llagas en la lengua que no pueden sanar a boca cerrada.

Jacqueline se fue del hospital tras recibir su diagnóstico y el día que la vi, era el día en que volvió a aparecer por ahí, después de dos meses, algo más enferma.

Me di un espacio para hablar con las dos, por separado. En la atención psicológica, invitar a la palabra requiere que uno hable poco y escuche mucho. Recuerdo que le pregunté ¿a qué le tienes miedo? y su respuesta fue «a morirme…a quedarme pelona (calva)».

Jacqueline sin embargo, no pudo emitir palabra, paradójicamente, sin dejar de sonreir. Como dice una canción de Joaquín Sabina, “su sonrisa era una lágrima equivocada”. Su mamá me contó que no vinieron más porque ella tiene mucho miedo de la enfermedad y del tratamiento, que la niña no quiere venir.

Hace relativamente poco tiempo que voy al Oncológico, aún así, hemos logrado conformar un grupo de apoyo para adolescentes/jóvenes pacientes. Al igual que las historias de Jennifer y Jacqueline, hay otras de chicos más avanzados en su tratamiento. Cada una es distinta, pero todas se parecen en que son historias de gran valentía, tanto de los chicos, como de sus padres y hermanos. Son historias de amor, porque frente a la angustia y la desesperación, se movilizan los doctores, las asistentes sociales, distintas organizaciones civiles de apoyo, los vecinos, los compañeros, profesores y los padres de familia de los colegios, para juntar dinero, acompañar, asistir de alguna forma a quien lo necesita. La mamá de Jacqueline me cuenta que no sabe cómo, pero en los momentos de mayor necesidad, siempre aparece una mano generosa para ayudar a pagar los análisis, la receta o por último, el pasaje para el transporte de ida y vuelta al hospital.

Hoy me encontré con Jacqueline nuevamente. Salió de internación hacen quince días y le tocaba su control. Aún está débil, así que no puede iniciar su tercera quimioterapia. Tiene que hacer quimios durante dos años. Hoy sí habló, me contó su frustración y dolor porque la han retirado en el colegio, por sus ausencias. Después de casi dos meses de no poder ir a clases, por debilidad, por cuidarse de no contagiarse de otros, por haber estado internada y en ocasiones, por vergüenza de que la vean hinchada, finalmente el lunes pasado, se sintió con el entusiasmo de volver a su colegio, a ver a sus amigos y retomar sus estudios. Entró y disfrutó de una mañana de reencuentros y de retorno a la normalidad. Sin embargo, a la salida, la abordó su profesora para darle la mala noticia del retiro, que le cayó como un golpe tan duro como fue el de su diagnóstico, porque está en la pre-promo y se graduaba el año que viene, con chicos que han sido sus compañeros toda la secundaria.
«Lloré todo el día» me cuenta, «quise hablar con la Directora y me dijo que no había remedio, ya las notas estaban enviadas y habían hecho mi retiro, que ya no podía volver el martes».

Se entiende que las instituciones educativas están regidas por una serie de reglamentos que guían las decisiones que se toman en el proceso educativo, y esperamos que existan derechos legales elementales que protejan la permanencia de Jacqueline en el sistema educativo. Sin embargo, nunca los reglamentos ni las burocracias serán más beneficiosos que el cariño y siempre éste será más inteligente que cualquier obstáculo. Más allá de las obligaciones legales, hay muchas cosas que se pueden hacer para que el colegio de un chico, sea un sostén positivo y amoroso en su recuperación y revitalización.

Como profesor/a, usted puede ayudar a su estudiante a mantenerse al día con las tareas escolares lo más posible y planificar su regreso al colegio.
Planifique con anticipación. Averigüe con los padres cuánto tiempo faltará al colegio su alumno, y si el tratamiento interferirá con su concentración, la tarea o las fechas de entrega de trabajos.

Es posible que sea necesario establecer un horario reducido o cambiar las fechas de trabajos y exámenes. Con su ayuda, se pueden encontrar soluciones flexibles también a otras necesidades, por ejemplo, realizar modificaciones físicas que ayuden al niño a desplazarse por el edificio y acceder a los cursos y a los baños. Se puede también ayudar a encontrar una persona que lo asista.

Los dos tipos más comunes de apoyo educacional en estos casos, son las clases en la propia casa o en la habitación hospitalaria. La enseñanza en la habitación del joven se suele ofrecer a los chicos que están muy enfermos y no pueden salir de sus habitaciones para asistir a clases o que tienen su sistema inmunológico muy comprometido como consecuencia de la quimioterapia. Visitar a su alumno/a dos veces por semana o turnarse con otro profesor designado, puede hacer posible esta asistencia. De todos modos, recuerde que lo más importante es la mejoría del joven. Por lo tanto, sea realista en cuanto a lo que puede realmente hacer. La ansiedad por presiones escolares puede afectar su recuperación. Piense siempre en dar más que en exigir y flexibilícese.

Ayudar a mantenerse el contacto con los compañeros y los otros maestros puede ayudar a su alumno a sentir cierta normalidad e inclusión durante este momento tan difícil.

Cualquier servicio electrónico que permita mandar mensajes a sus amigos puede ayudarlos a sentir que siguen en contacto. Además, pídales a los colegas profesores que alienten a los compañeros de curso a enviar cartas, correo electrónico, mensajes instantáneos, cartulinas con fotos, mensajes de ánimo y cariño escritos. Puede colocar en el curso, una caja donde los compañeros y los maestros dejen cartas o fotos.

Organice visitas de los compañeros si el médico lo autoriza y su estudiante lo desea. Invítenlo a las fiestas del colegio, a los eventos deportivos u otros eventos sociales.

Mantener al estudiante conectado con el colegio es de gran beneficio cognitivo, psicológico, social y académico para su estudiante, además de permitir que la transición de regreso al colegio después del tratamiento sea más fácil. Recuerde, lo único que necesita para hacer una gran diferencia en la vida de su alumno/a, es cariño, flexibilidad y creatividad.

 

Relaciones nutritivas

“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.

Seguridad, satisfacción y conexión

Ayer, durante mi trote acostumbrado en el parque de siempre, al pasar alcancé a escuchar la discusión de una pareja que estaba sentada en uno de los bancos: “¿Qué necesitas?”, le preguntaba él con impaciencia. “Lo que siempre te pido”, le contestaba ella. “¿Pero qué?” volvía a preguntar él. Cinco trancos más allá ya había “perdido señal” de su conversación, pero me imaginé que no hablaban de ropa o comida, sino de necesidades afectivas. Me quedé pensando, ¿qué necesitamos las personas a nivel emocional para sentirnos bien?.  Me gusta Hanson, cuando dice: Seguridad, satisfacción y conexión.

La sensación de seguridad es muy básica y se relaciona con nuestra sobrevivencia. Nos sentimos fuertes, protegidos, relajados y calmados cuando lidiamos bien con las amenazas y desafíos de la vida. Sin embargo,  a veces vivimos circunstancias “peligrosas”, en el trabajo, en alguna relación, con la salud, de tipo legal, etc., que pueden hacernos sentir amenazados, con un alto grado de ansiedad, enojo e impotencia. Además, si somos de temperamento sensible, ansioso e irritable, mantenemos el cuerpo en alarma permanente,  amplificando la sensación de desprotección y peligro.

La necesidad de satisfacción tiene que ver con el disfrute de la vida, en lo grande y en lo chico. Si está cubierta, nos sentimos agradecidos, contentos y exitosos, pero hay períodos en que nos sentimos decepcionados, frustrados, con falta de disfrute. Nos pasa cuando lidiamos con grandes pérdidas en la vida o con grandes obstáculos que impiden el alcance de nuestros objetivos.

La necesidad de conexión se satisface cuando nos sentimos bien en la mayoría de nuestras relaciones, cuando nos sabemos incluidos, vistos, apreciados y amados la mayor parte del tiempo. La inseguridad y conflicto en las relaciones genera dolor. La sensación de rechazo, de ser dejado de lado o maltratado por otros, duele, además de generar sentimientos de celos, envidia o inadecuación personal

Buscar seguridad, satisfacción y conexión en la vida, es esencial. Es bueno mirar de cuál de ellas nos tenemos que encargar un poco más. Para sentirnos más seguros, decidir cuidarnos, aprender a calmarnos, desarrollar coraje para enfrentar y resolver problemas. La gratitud, motivación y aspiración, son herramientas que nos apoyan a lograr satisfacción en el día a día. Finalmente, pero no en último lugar, afinamos la conexión cuando desarrollamos la confianza, la intimidad y el servicio a los demás. ¿Qué necesitaría la chica del parque?.

Refugio de paz

Hace varios años, en un seminario de desarrollo personal que tomé, hicimos un ejercicio de visualización en el que creábamos con la mente, un lugar especial. Poníamos en él todos los elementos que nos hacían sentir protegidos, nos conectaban con gente querida, nos divertían y nos inspiraban.

Mi atención es muy dispersa, fue de verdad un desafío mantenerme en el ejercicio, a ojos cerrados, de pie, pero en movimiento en medio de un salón, “construyendo” este espacio imaginario. Nunca pensé entonces, que ese lugar iba a ser mi refugio mental los próximos años. Vuelvo a él cada vez que la confusión, la incertidumbre, el dolor, la duda y la inquietud saturan mi mente. Es una práctica meditativa, dinámica. Me conforta, me conecta con mis mayores niveles de conciencia, me inspira. Siempre me ayuda.

La sensación de refugio interno es uno de los recursos emocionales más importantes que podemos desarrollar. Como es una sensación, la creamos poniendo nuestra atención o trayendo a nuestra mente algo que sea una fuente de protección, que nos haga sentir nutridos, que nos levante el ánimo, que nos inspire.

¿En qué hallas refugio?: “En la naturaleza y todas sus expresiones”, “en el silencio”, “en la música”, “en su abrazo largo y apretado”, “en la sabiduría expresada en los libros”, “en la oración”, “en las largas caminatas conversando con mi amiga”, “en la fotografía”, “en la danza”, “en la imagen de mi niño durmiendo”, “en el olor de la cocina de mi abuela”, “en los ojos mansos de mi esposo”, “en su recuerdo”, “en el amor que siento». Para cada uno de nosotros, es una persona, una vivencia, un lugar particular. Encontrarlo, saborearlo, internalizarlo diariamente, nos ayuda a reponer fuerzas y mirar al horizonte con mayor serenidad.

¿Es fácil para vos traer a tu mente cosas que te den la sensación de protección, te conforten, alimenten e inspiren?. ¿En qué hallas refugio?.