“Mi alumna está seriamente enferma”

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 24, febrero-marzo de 2015)

 

Jacqueline y Jennifer son dos adolescentes que conocí en el Hospital Oncológico de Santa Cruz, lugar en el que apoyo con atención psicológica a pacientes asistidos por una de las tantas organizaciones de beneficencia.  Jeniffer tiene 14 años, el pelo negro, en trenza larga hasta la cintura. El día que la conocí, estaba internada, con suero, sentada en la cama, con la mirada clavada en el piso, la boca cerrada en gesto serio. Una cicatriz en la muñeca, escondiendo una historia dolorosa.

Jacqueline tiene 16 años, casi no habla, pero sonríe todo el tiempo y tiene una mirada entre tímida y traviesa.

Ambas tienen leucemia y acababan de recibir su diagnóstico hacía poco, Jacqueline dos meses y Jennifer dos días.

Me pidieron que hablara con Jennifer; mejor dicho, que lograra que ella hable, porque desde que le dijeron lo que tiene, no abre la boca y está con llagas en la lengua que no pueden sanar a boca cerrada.

Jacqueline se fue del hospital tras recibir su diagnóstico y el día que la vi, era el día en que volvió a aparecer por ahí, después de dos meses, algo más enferma.

Me di un espacio para hablar con las dos, por separado. En la atención psicológica, invitar a la palabra requiere que uno hable poco y escuche mucho. Recuerdo que le pregunté ¿a qué le tienes miedo? y su respuesta fue «a morirme…a quedarme pelona (calva)».

Jacqueline sin embargo, no pudo emitir palabra, paradójicamente, sin dejar de sonreir. Como dice una canción de Joaquín Sabina, “su sonrisa era una lágrima equivocada”. Su mamá me contó que no vinieron más porque ella tiene mucho miedo de la enfermedad y del tratamiento, que la niña no quiere venir.

Hace relativamente poco tiempo que voy al Oncológico, aún así, hemos logrado conformar un grupo de apoyo para adolescentes/jóvenes pacientes. Al igual que las historias de Jennifer y Jacqueline, hay otras de chicos más avanzados en su tratamiento. Cada una es distinta, pero todas se parecen en que son historias de gran valentía, tanto de los chicos, como de sus padres y hermanos. Son historias de amor, porque frente a la angustia y la desesperación, se movilizan los doctores, las asistentes sociales, distintas organizaciones civiles de apoyo, los vecinos, los compañeros, profesores y los padres de familia de los colegios, para juntar dinero, acompañar, asistir de alguna forma a quien lo necesita. La mamá de Jacqueline me cuenta que no sabe cómo, pero en los momentos de mayor necesidad, siempre aparece una mano generosa para ayudar a pagar los análisis, la receta o por último, el pasaje para el transporte de ida y vuelta al hospital.

Hoy me encontré con Jacqueline nuevamente. Salió de internación hacen quince días y le tocaba su control. Aún está débil, así que no puede iniciar su tercera quimioterapia. Tiene que hacer quimios durante dos años. Hoy sí habló, me contó su frustración y dolor porque la han retirado en el colegio, por sus ausencias. Después de casi dos meses de no poder ir a clases, por debilidad, por cuidarse de no contagiarse de otros, por haber estado internada y en ocasiones, por vergüenza de que la vean hinchada, finalmente el lunes pasado, se sintió con el entusiasmo de volver a su colegio, a ver a sus amigos y retomar sus estudios. Entró y disfrutó de una mañana de reencuentros y de retorno a la normalidad. Sin embargo, a la salida, la abordó su profesora para darle la mala noticia del retiro, que le cayó como un golpe tan duro como fue el de su diagnóstico, porque está en la pre-promo y se graduaba el año que viene, con chicos que han sido sus compañeros toda la secundaria.
«Lloré todo el día» me cuenta, «quise hablar con la Directora y me dijo que no había remedio, ya las notas estaban enviadas y habían hecho mi retiro, que ya no podía volver el martes».

Se entiende que las instituciones educativas están regidas por una serie de reglamentos que guían las decisiones que se toman en el proceso educativo, y esperamos que existan derechos legales elementales que protejan la permanencia de Jacqueline en el sistema educativo. Sin embargo, nunca los reglamentos ni las burocracias serán más beneficiosos que el cariño y siempre éste será más inteligente que cualquier obstáculo. Más allá de las obligaciones legales, hay muchas cosas que se pueden hacer para que el colegio de un chico, sea un sostén positivo y amoroso en su recuperación y revitalización.

Como profesor/a, usted puede ayudar a su estudiante a mantenerse al día con las tareas escolares lo más posible y planificar su regreso al colegio.
Planifique con anticipación. Averigüe con los padres cuánto tiempo faltará al colegio su alumno, y si el tratamiento interferirá con su concentración, la tarea o las fechas de entrega de trabajos.

Es posible que sea necesario establecer un horario reducido o cambiar las fechas de trabajos y exámenes. Con su ayuda, se pueden encontrar soluciones flexibles también a otras necesidades, por ejemplo, realizar modificaciones físicas que ayuden al niño a desplazarse por el edificio y acceder a los cursos y a los baños. Se puede también ayudar a encontrar una persona que lo asista.

Los dos tipos más comunes de apoyo educacional en estos casos, son las clases en la propia casa o en la habitación hospitalaria. La enseñanza en la habitación del joven se suele ofrecer a los chicos que están muy enfermos y no pueden salir de sus habitaciones para asistir a clases o que tienen su sistema inmunológico muy comprometido como consecuencia de la quimioterapia. Visitar a su alumno/a dos veces por semana o turnarse con otro profesor designado, puede hacer posible esta asistencia. De todos modos, recuerde que lo más importante es la mejoría del joven. Por lo tanto, sea realista en cuanto a lo que puede realmente hacer. La ansiedad por presiones escolares puede afectar su recuperación. Piense siempre en dar más que en exigir y flexibilícese.

Ayudar a mantenerse el contacto con los compañeros y los otros maestros puede ayudar a su alumno a sentir cierta normalidad e inclusión durante este momento tan difícil.

Cualquier servicio electrónico que permita mandar mensajes a sus amigos puede ayudarlos a sentir que siguen en contacto. Además, pídales a los colegas profesores que alienten a los compañeros de curso a enviar cartas, correo electrónico, mensajes instantáneos, cartulinas con fotos, mensajes de ánimo y cariño escritos. Puede colocar en el curso, una caja donde los compañeros y los maestros dejen cartas o fotos.

Organice visitas de los compañeros si el médico lo autoriza y su estudiante lo desea. Invítenlo a las fiestas del colegio, a los eventos deportivos u otros eventos sociales.

Mantener al estudiante conectado con el colegio es de gran beneficio cognitivo, psicológico, social y académico para su estudiante, además de permitir que la transición de regreso al colegio después del tratamiento sea más fácil. Recuerde, lo único que necesita para hacer una gran diferencia en la vida de su alumno/a, es cariño, flexibilidad y creatividad.

 

Relaciones nutritivas

“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.

Seguridad, satisfacción y conexión

Ayer, durante mi trote acostumbrado en el parque de siempre, al pasar alcancé a escuchar la discusión de una pareja que estaba sentada en uno de los bancos: “¿Qué necesitas?”, le preguntaba él con impaciencia. “Lo que siempre te pido”, le contestaba ella. “¿Pero qué?” volvía a preguntar él. Cinco trancos más allá ya había “perdido señal” de su conversación, pero me imaginé que no hablaban de ropa o comida, sino de necesidades afectivas. Me quedé pensando, ¿qué necesitamos las personas a nivel emocional para sentirnos bien?.  Me gusta Hanson, cuando dice: Seguridad, satisfacción y conexión.

La sensación de seguridad es muy básica y se relaciona con nuestra sobrevivencia. Nos sentimos fuertes, protegidos, relajados y calmados cuando lidiamos bien con las amenazas y desafíos de la vida. Sin embargo,  a veces vivimos circunstancias “peligrosas”, en el trabajo, en alguna relación, con la salud, de tipo legal, etc., que pueden hacernos sentir amenazados, con un alto grado de ansiedad, enojo e impotencia. Además, si somos de temperamento sensible, ansioso e irritable, mantenemos el cuerpo en alarma permanente,  amplificando la sensación de desprotección y peligro.

La necesidad de satisfacción tiene que ver con el disfrute de la vida, en lo grande y en lo chico. Si está cubierta, nos sentimos agradecidos, contentos y exitosos, pero hay períodos en que nos sentimos decepcionados, frustrados, con falta de disfrute. Nos pasa cuando lidiamos con grandes pérdidas en la vida o con grandes obstáculos que impiden el alcance de nuestros objetivos.

La necesidad de conexión se satisface cuando nos sentimos bien en la mayoría de nuestras relaciones, cuando nos sabemos incluidos, vistos, apreciados y amados la mayor parte del tiempo. La inseguridad y conflicto en las relaciones genera dolor. La sensación de rechazo, de ser dejado de lado o maltratado por otros, duele, además de generar sentimientos de celos, envidia o inadecuación personal

Buscar seguridad, satisfacción y conexión en la vida, es esencial. Es bueno mirar de cuál de ellas nos tenemos que encargar un poco más. Para sentirnos más seguros, decidir cuidarnos, aprender a calmarnos, desarrollar coraje para enfrentar y resolver problemas. La gratitud, motivación y aspiración, son herramientas que nos apoyan a lograr satisfacción en el día a día. Finalmente, pero no en último lugar, afinamos la conexión cuando desarrollamos la confianza, la intimidad y el servicio a los demás. ¿Qué necesitaría la chica del parque?.

Refugio de paz

Hace varios años, en un seminario de desarrollo personal que tomé, hicimos un ejercicio de visualización en el que creábamos con la mente, un lugar especial. Poníamos en él todos los elementos que nos hacían sentir protegidos, nos conectaban con gente querida, nos divertían y nos inspiraban.

Mi atención es muy dispersa, fue de verdad un desafío mantenerme en el ejercicio, a ojos cerrados, de pie, pero en movimiento en medio de un salón, “construyendo” este espacio imaginario. Nunca pensé entonces, que ese lugar iba a ser mi refugio mental los próximos años. Vuelvo a él cada vez que la confusión, la incertidumbre, el dolor, la duda y la inquietud saturan mi mente. Es una práctica meditativa, dinámica. Me conforta, me conecta con mis mayores niveles de conciencia, me inspira. Siempre me ayuda.

La sensación de refugio interno es uno de los recursos emocionales más importantes que podemos desarrollar. Como es una sensación, la creamos poniendo nuestra atención o trayendo a nuestra mente algo que sea una fuente de protección, que nos haga sentir nutridos, que nos levante el ánimo, que nos inspire.

¿En qué hallas refugio?: “En la naturaleza y todas sus expresiones”, “en el silencio”, “en la música”, “en su abrazo largo y apretado”, “en la sabiduría expresada en los libros”, “en la oración”, “en las largas caminatas conversando con mi amiga”, “en la fotografía”, “en la danza”, “en la imagen de mi niño durmiendo”, “en el olor de la cocina de mi abuela”, “en los ojos mansos de mi esposo”, “en su recuerdo”, “en el amor que siento». Para cada uno de nosotros, es una persona, una vivencia, un lugar particular. Encontrarlo, saborearlo, internalizarlo diariamente, nos ayuda a reponer fuerzas y mirar al horizonte con mayor serenidad.

¿Es fácil para vos traer a tu mente cosas que te den la sensación de protección, te conforten, alimenten e inspiren?. ¿En qué hallas refugio?.

Ataques de pánico. Un trastorno de ansiedad

¿Ha escuchado hablar de los ataques de pánico o crisis de angustia?. Se caracterizan por una aparición repentina de miedo o de malestar intenso que dura de 5 a 10 minutos, con crisis que pueden repetirse como “oleadas” hasta durante dos horas. Los síntomas son: Palpitaciones o aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, sensación de asfixia o dificultades para respirar, dolor o molestias del tórax, temblores, sudoración, náuseas o malestar abdominal, sensación de mareo o de desmayo, escalofríos o sensación de calor, hormigueo o entumecimiento del cuerpo, miedo a “volverse loco”, miedo a morir, sensación de irrealidad o de separarse de uno mismo. Puede surgir tanto estando en un momento de calma como de ansiedad. Incluso algunos en la noche, mientras se duerme.

El ataque de pánico es uno de los trastornos de ansiedad. La ansiedad provoca la misma reacción que el miedo, pero se diferencian en que el miedo es una respuesta emocional frente a lo que consideramos una amenaza inminente, sea real o imaginaria (Por ej, miedo a la oscuridad, a un ruido, a los espacios cerrados, a un examen, etc) La ansiedad es la respuesta que anticipa una amenaza futura. La fuerte sensación de que “algo malo puede pasar” sin lograr determinar qué. Como dice A. Beck, es una intranquilidad generada por la incertidumbre, el creer que el ambiente es peligroso y que uno no tiene la capacidad o recursos para superar esos peligros.

El miedo hace que respondamos atacando, paralizándonos o retirándonos.  La ansiedad genera tensión muscular, nos pone vigilantes, cautelosos, evitativos.

La mayoría de las personas recibe el diagnóstico de “ataque de pánico” en la emergencia del hospital, al que llegan con la sensación de estar teniendo asfixia, un ataque cardíaco, parálisis de brazos, etc, que al ser revisados por el clínico, resulta ser “nada”. “El médico me dijo que no tengo nada, que vaya al psicólogo”, suele decir la gente.

¿Qué los causa?.  Por lo general, una combinación de cierto tipo de temperamento (sensible a la ansiedad, predisposición a experimentar emociones y pensamientos negativos) con situaciones vividas generadoras de extrema preocupación (conflictos en las relaciones, dificultades económicas, agresiones, muerte de seres queridos, problemas laborales, viajes, amenaza de enfermedad, cambios, etc), agravada por estilos de vida poco saludables (dormir poco, abuso de sustancias, sobre exigencia, mala alimentación, falta de ejercicio físico). Finalmente, una vez iniciadas las crisis, el miedo a que se repitan o a volver a experimentar los síntomas, desencadena más ataques.

Las crisis y los ataques de angustia, se superan. La medicación puede ayudar a calmar los síntomas incómodos inicialmente, pero no resuelve el problema. La psicoterapia es de ayuda. Es necesario escuchar nuestro sufrimiento y preocupaciones, tomar decisiones sobre situaciones de conflicto, adoptar estilos de vida más relajados y cuidadosos,  aprender a calmar la angustia con técnicas de meditación y atención plena, cuestionar las creencias que agrandan la sensación de peligro y achican nuestros recursos. Aprender a transitar la incertidumbre, confiando en que sabremos resolver de modo constructivo las situaciones desagradables que se presenten.

La diabetes en los jóvenes

Publicado en El Deber, el 07 08 2017

La diabetes es una enfermedad crónica en la que hay una presencia anormalmente alta de glucosa en sangre debido a una falla en la producción de insulina a cargo del páncreas. El tratamiento de la diabetes del Tipo 1, que es la que afecta a niños y jóvenes, requiere inyectarse dosis diarias de esta hormona en función a una medición rigurosa de los niveles de glucosa en sangre antes y después de cada comida, controlar azúcares y almidones en la alimentación y hacer ejercicio físico regularmente. El bienestar depende del comportamiento del joven y ésto no es para nada sencillo. Pincharse todos los días es estresante; restringirse en la comida, la bebida, las actividades del grupo de amigos o de la familia cuesta lo suyo. Por más explicación que el adolescente reciba, al momento del diagnóstico, sobre la enfermedad y los hábitos de vida necesarios para mantener su estado de salud a corto y largo plazo, otros factores de tipo psicológico, social y familiar suelen boicotear la adherencia al tratamiento. El joven no quiere sentirse diferente a sus amigos, quienes no siempre entienden por qué se restringe tanto y lo cuestionan o presionan. La rebeldía típica de la edad, el pensamiento mágico adolescente de “Me siento bien, no estoy enfermo, sé cuidarme solo”, gana terreno. Se añade que la familia completa puede tener hábitos y actitudes poco sanos, tomar gaseosa todos los días, sedentarismo, alimentarse mayormente a base de carbohidratos, comilonas descontroladas de fin de semana, enojos porque come unas veces e indulgencias insensatas otras.

Si tienes un hijo con diabetes, infórmate sobre los aspectos psicológicos de la enfermedad, prepárate para cambiar creencias y hábitos de todos en la familia, abre tu corazón para escuchar sentimientos de frustración y miedo, evita el autoritarismo tanto como la negligencia, transmite el concepto de responsabilidad sobre el cuidado de la salud, aprendiendo a gestionar los riesgos. La diabetes requiere que todos en la familia, vivan mejor.

Sobre preservar y cuidar

Publicado en El Deber el 26 07 2016

Siempre he admirado a las personas capaces de preservar lo que consideran importante en su vida, sea esto tiempo, energía, salud, relaciones o dinero. La sensación de protección es una de las necesidades afectivas básicas que tenemos y es difícil sentirse tranquilo ante la falta de cualquiera de estos recursos. A diferencia de lo que implica iniciar o finalizar cosas, preservar es tomar lo ya existente en la vida, nutrirlo, mantenerlo y hacerlo crecer. Hay personas conservadoras por naturaleza, otras somos como el viento, de nacimiento. Nos cuida algún tipo de providencia más que nosotros mismos.

Preservar lo importante requiere tener claro cuáles son nuestras prioridades, ser conscientes de cómo usamos nuestro tiempo, a qué le damos nuestra atención, qué nos consume, cómo protegemos nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestro sueño, nuestro dinero, qué tanto valoramos y cuidamos nuestras relaciones, nuestras opciones. Preservar es tomar decisiones y acciones que conserven y distribuyan lo que tenemos de manera que sea bueno para nosotros y los demás. Es calcular el trecho y dosificar el gasto, para llegar a la meta.

No se cómo andas en el tema de preservar lo tuyo, pero en lo personal es algo que tengo que aprender día a día. En parte sigo teniendo la creencia de que lo conservador es una camisa de fuerza que quita oxígeno y libertad en la vida y la hace muy aburrida. Ser un vendaval ha sido un viaje mucho más divertido, rápido, interesante y apasionado. Sin embargo, algunos golpes sí me han quitado lo bailado, contrariamente a lo que dice una trillada frase. Con el tiempo, siempre podemos mejorar nuestra capacidad de hacer planes y de mantenernos en ellos para que sucedan en nuestra vida las cosas importantes. Nos es útil la práctica frecuente de revisar prioridades, chequear recursos y administrar energías. Todavía, por cierta naturaleza impulsiva, no salirme del plan o no desordenarme a momentos, es algo imposible. Necesito el oxígeno de lo novedoso y de la improvisación. Por eso, entre la necesidad de libertad y la de preservarme, he acordado conmigo misma el único plan posible de cumplir en última instancia: volver a la ruta, tan pronto tome conciencia de que me fui por la tangente (por no decir otra cosa). No es perfecto, pero es mejor.

 

Sobrevivir al trauma

Publicado en El Deber el 22 07 2017

Hay experiencias tan violentas, que nos parten la vida en dos y el alma en mil pedazos. Quedamos suspendidos, penando, entre lo que nuestra vida fue antes del cataclismo y lo que no ha llegado todavía a ser. Se supone que estaremos mejor algún día, pero no sabemos cuándo terminaremos de recoger todos nuestros pedazos ni lo que seremos allá, del otro lado, una vez rearmados. Eventos como exposición a la muerte, amenaza o asalto físico real o violencia sexual, lesiones graves, ser secuestrado, torturado, encarcelado, desastres naturales o accidentes de tráfico, pueden dejarnos una sensación de inseguridad permanente, con oleadas de recuerdos angustiosos de lo vivido, involuntarios y recurrentes que aparecen durante el día en cualquier momento o mientras dormimos, en pesadillas. Angustia, sobresaltos exagerados, problemas de concentración, irritabilidad, comportamiento autodestructivo, desgano o depresión, son los síntomas característicos del llamado trastorno de estrés post traumático.

Llamamos trauma psíquico al daño o sufrimiento resultante de una experiencia que resultó muy fuerte para la persona. Afecta tanto a niños, como a adultos. En el momento traumático, reaccionamos instintivamente con sobrexcitación o con bloqueo por impotencia. Esa sensación, se registra y sella en el cuerpo y como toda memoria es corporal, ese malestar físico y psíquico, se revive una y otra vez posteriormente. Es común evitar buscar ayuda, porque es desagradable hablar y contactar con estas emociones y sensaciones, pero ayuda es justamente lo que tenemos que buscar. Ayuda de la gente que nos quiere y nos escucha bien, de grupos de apoyo, de profesionales de la salud mental. Los síntomas son esperables en circunstancias así, no son locura ni debilidad. No es fácil volver a la rutina y a tomar control de la vida propia, pero es bueno hacerlo gradualmente. Lo sucedido no es culpa de uno, ¿quién puede controlarlo todo? Hablar con alguien más de los sentimientos de culpa, rabia, miedo y frustración nos ayuda a sanar y a renacer.

Chiquilladas con Pescetti

Por alguna razón que desconozco, este poema de Luis María Pescetti, tiene una popularidad enorme entre los chiquillos que veo. Lo leen una y otra vez, a carcajadas y hacen que se los lea sin cansarse. Por alguna razón que desconozco, a mí también me encanta leerlo. Debe ser que la ternura siempre nos hace bien. Se los comparto para que lo disfruten con sus niños en esta vacación infernal … A los tíos y abuelos les paso el link del jueguito cantado Yo tengo un moco del mismo autor… una joya de cochinadita para que se rían con sus sobris y nietos (…ojo con mamá y papá).

Uh, qué lino. (Para ser leído en voz alta. Del libro Nadie te creería)

– ¿Mo me quelé?
– Chi.
– A mer…¿cuánto?
– Muto.
– ¿”Muto” o “muto muto”?
– Mutísimo…¡Achí!
– Uh, qué lino.
– ¿Y mó? ¿Me quelé?
– ¡Uh! Maquel chol.
– ¿El chol nomá?
– El chol, la luna, lasteyas, la tiela…toro. Toro, toro, toro. Achí, má que toro nel nivercho
– Uh, qué lino…Amél, namun mechito.
– Tomá…muá.
– Oto.
– Muuá.
– Oto.
– Muuuuá.
– No, oto y oto y oto.
– Muá. muá, muá. ¡Milá que te como, ¿eh?!
– Uh, qué meio, ¿cherio?
– ¡Chi! – ¿Y polqué meván comé?
– Polque choi…¡un león!
– ¡Uh, qué meio, chenor león! ¡Nome coma!
– ¡Chi! ¡La como! ¡Aaah!
– ¡No! ¡Qué meio!
– No, no tena meio, era mabloma.
– Ya ché, cho tamén era mabloma.
– ¿Tonche? ¿Te como?
– ¡Y chi!
– Am aam, ñam,ñam, qué lico, aam, ñam. Chatá. Te comí.
– ¡Uh, qué lino!
– ¿Yhora me quelés?
– Chi, muto, aquíntu pancha.
– ¿Cuánto?
– Parichempre de parichempre.
– ¡Uh, qué lino! Cho tamén.
– ¿Mamo pachear nela mano?
– Cho te chevo.
– No, achí cunto nelamano, men cherquita.
– ¿Cómo cherquita?
– Chote poyo la cabecha aquí nelhombro, y mamo nela mano. Cuntito.
– Uh, qué lino, mamo. Chí, mamo. No, pelá queme peinun poco.
– Palaqué tepeinás?
– Palachel la pelchona malina nel muno. Pala voch.
– Vochasós la pelsona malina nel muno, ¿nontendé? Cho…cho…chote quelo achí como chos. Note vachá peiná.
– Mamo, mamól.
– Mamo cocha monita.

Secretos familiares

Publicado en El Deber, 30 06 2017

Aguilar regresa a casa después de un corto viaje de trabajo y se encuentra con su mujer sentada al fondo, mirando la ventana de manera extraña. Está ahí, despierta, pero totalmente loca. Con esta escena empieza la novela “Delirio” de Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara 2004. Él no tiene idea de qué pudo haberle generado ese estado a su mujer y la historia gira en torno a su investigación sobre los hondos dolores que se esconden en su pasado. Tres generaciones con vidas como es la vida, linda, pero también con matices trágicos y difíciles de asimilar. Locura, traiciones, suicidio, enfermedades, violencia, abuso, dependencias, orientaciones sexuales, son experiencias calladas en el sistema familiar de los personajes, en base al código de las apariencias.

La Terapia familiar sistémica ofrece un gran desarrollo teórico sobre los juegos y dinámicas familiares: alianzas, coaliciones, secretos, descalificaciones, rechazo, presiones y otras formas en las que, a través de la comunicación al interior de las familias, abrimos o cerramos espacio para los demás, sus experiencias, percepciones, necesidades y deseos.

Los secretos, son aquellas vivencias cuyo contenido no se menciona y que, de acuerdo a un código familiar que no está escrito, pero todos conocen, se callan. Las razones del silencio son diversas; desde el tratarse de algo rechazado en el medio social hasta el deseo de no tomar contacto con una realidad que angustia en extremo. Sin embargo, no es una pauta que brinde beneficio a todos los miembros de la familia. Mantiene el lugar y prerrogativas de unos, anulando o excluyendo a otros; en el caso de la salud mental, alivia a unos y angustia terriblemente a otros.

“Delirio” muestra la dinámica de manera ejemplar. Un hijo cansado de ser agredido por el padre, devela un secreto de éste a la madre y ella, inventa una historia que salva a su marido, dejando al hijo completamente derrotado. “Mentira mata mentira – escribe magistralmente Restrepo – dime si no es como para volverse loco”.