Ataques de pánico. Un trastorno de ansiedad

¿Ha escuchado hablar de los ataques de pánico o crisis de angustia?. Se caracterizan por una aparición repentina de miedo o de malestar intenso que dura de 5 a 10 minutos, con crisis que pueden repetirse como “oleadas” hasta durante dos horas. Los síntomas son: Palpitaciones o aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, sensación de asfixia o dificultades para respirar, dolor o molestias del tórax, temblores, sudoración, náuseas o malestar abdominal, sensación de mareo o de desmayo, escalofríos o sensación de calor, hormigueo o entumecimiento del cuerpo, miedo a “volverse loco”, miedo a morir, sensación de irrealidad o de separarse de uno mismo. Puede surgir tanto estando en un momento de calma como de ansiedad. Incluso algunos en la noche, mientras se duerme.

El ataque de pánico es uno de los trastornos de ansiedad. La ansiedad provoca la misma reacción que el miedo, pero se diferencian en que el miedo es una respuesta emocional frente a lo que consideramos una amenaza inminente, sea real o imaginaria (Por ej, miedo a la oscuridad, a un ruido, a los espacios cerrados, a un examen, etc) La ansiedad es la respuesta que anticipa una amenaza futura. La fuerte sensación de que “algo malo puede pasar” sin lograr determinar qué. Como dice A. Beck, es una intranquilidad generada por la incertidumbre, el creer que el ambiente es peligroso y que uno no tiene la capacidad o recursos para superar esos peligros.

El miedo hace que respondamos atacando, paralizándonos o retirándonos.  La ansiedad genera tensión muscular, nos pone vigilantes, cautelosos, evitativos.

La mayoría de las personas recibe el diagnóstico de “ataque de pánico” en la emergencia del hospital, al que llegan con la sensación de estar teniendo asfixia, un ataque cardíaco, parálisis de brazos, etc, que al ser revisados por el clínico, resulta ser “nada”. “El médico me dijo que no tengo nada, que vaya al psicólogo”, suele decir la gente.

¿Qué los causa?.  Por lo general, una combinación de cierto tipo de temperamento (sensible a la ansiedad, predisposición a experimentar emociones y pensamientos negativos) con situaciones vividas generadoras de extrema preocupación (conflictos en las relaciones, dificultades económicas, agresiones, muerte de seres queridos, problemas laborales, viajes, amenaza de enfermedad, cambios, etc), agravada por estilos de vida poco saludables (dormir poco, abuso de sustancias, sobre exigencia, mala alimentación, falta de ejercicio físico). Finalmente, una vez iniciadas las crisis, el miedo a que se repitan o a volver a experimentar los síntomas, desencadena más ataques.

Las crisis y los ataques de angustia, se superan. La medicación puede ayudar a calmar los síntomas incómodos inicialmente, pero no resuelve el problema. La psicoterapia es de ayuda. Es necesario escuchar nuestro sufrimiento y preocupaciones, tomar decisiones sobre situaciones de conflicto, adoptar estilos de vida más relajados y cuidadosos,  aprender a calmar la angustia con técnicas de meditación y atención plena, cuestionar las creencias que agrandan la sensación de peligro y achican nuestros recursos. Aprender a transitar la incertidumbre, confiando en que sabremos resolver de modo constructivo las situaciones desagradables que se presenten.

La diabetes en los jóvenes

Publicado en El Deber, el 07 08 2017

La diabetes es una enfermedad crónica en la que hay una presencia anormalmente alta de glucosa en sangre debido a una falla en la producción de insulina a cargo del páncreas. El tratamiento de la diabetes del Tipo 1, que es la que afecta a niños y jóvenes, requiere inyectarse dosis diarias de esta hormona en función a una medición rigurosa de los niveles de glucosa en sangre antes y después de cada comida, controlar azúcares y almidones en la alimentación y hacer ejercicio físico regularmente. El bienestar depende del comportamiento del joven y ésto no es para nada sencillo. Pincharse todos los días es estresante; restringirse en la comida, la bebida, las actividades del grupo de amigos o de la familia cuesta lo suyo. Por más explicación que el adolescente reciba, al momento del diagnóstico, sobre la enfermedad y los hábitos de vida necesarios para mantener su estado de salud a corto y largo plazo, otros factores de tipo psicológico, social y familiar suelen boicotear la adherencia al tratamiento. El joven no quiere sentirse diferente a sus amigos, quienes no siempre entienden por qué se restringe tanto y lo cuestionan o presionan. La rebeldía típica de la edad, el pensamiento mágico adolescente de “Me siento bien, no estoy enfermo, sé cuidarme solo”, gana terreno. Se añade que la familia completa puede tener hábitos y actitudes poco sanos, tomar gaseosa todos los días, sedentarismo, alimentarse mayormente a base de carbohidratos, comilonas descontroladas de fin de semana, enojos porque come unas veces e indulgencias insensatas otras.

Si tienes un hijo con diabetes, infórmate sobre los aspectos psicológicos de la enfermedad, prepárate para cambiar creencias y hábitos de todos en la familia, abre tu corazón para escuchar sentimientos de frustración y miedo, evita el autoritarismo tanto como la negligencia, transmite el concepto de responsabilidad sobre el cuidado de la salud, aprendiendo a gestionar los riesgos. La diabetes requiere que todos en la familia, vivan mejor.

Sobre preservar y cuidar

Publicado en El Deber el 26 07 2016

Siempre he admirado a las personas capaces de preservar lo que consideran importante en su vida, sea esto tiempo, energía, salud, relaciones o dinero. La sensación de protección es una de las necesidades afectivas básicas que tenemos y es difícil sentirse tranquilo ante la falta de cualquiera de estos recursos. A diferencia de lo que implica iniciar o finalizar cosas, preservar es tomar lo ya existente en la vida, nutrirlo, mantenerlo y hacerlo crecer. Hay personas conservadoras por naturaleza, otras somos como el viento, de nacimiento. Nos cuida algún tipo de providencia más que nosotros mismos.

Preservar lo importante requiere tener claro cuáles son nuestras prioridades, ser conscientes de cómo usamos nuestro tiempo, a qué le damos nuestra atención, qué nos consume, cómo protegemos nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestro sueño, nuestro dinero, qué tanto valoramos y cuidamos nuestras relaciones, nuestras opciones. Preservar es tomar decisiones y acciones que conserven y distribuyan lo que tenemos de manera que sea bueno para nosotros y los demás. Es calcular el trecho y dosificar el gasto, para llegar a la meta.

No se cómo andas en el tema de preservar lo tuyo, pero en lo personal es algo que tengo que aprender día a día. En parte sigo teniendo la creencia de que lo conservador es una camisa de fuerza que quita oxígeno y libertad en la vida y la hace muy aburrida. Ser un vendaval ha sido un viaje mucho más divertido, rápido, interesante y apasionado. Sin embargo, algunos golpes sí me han quitado lo bailado, contrariamente a lo que dice una trillada frase. Con el tiempo, siempre podemos mejorar nuestra capacidad de hacer planes y de mantenernos en ellos para que sucedan en nuestra vida las cosas importantes. Nos es útil la práctica frecuente de revisar prioridades, chequear recursos y administrar energías. Todavía, por cierta naturaleza impulsiva, no salirme del plan o no desordenarme a momentos, es algo imposible. Necesito el oxígeno de lo novedoso y de la improvisación. Por eso, entre la necesidad de libertad y la de preservarme, he acordado conmigo misma el único plan posible de cumplir en última instancia: volver a la ruta, tan pronto tome conciencia de que me fui por la tangente (por no decir otra cosa). No es perfecto, pero es mejor.

 

Sobrevivir al trauma

Publicado en El Deber el 22 07 2017

Hay experiencias tan violentas, que nos parten la vida en dos y el alma en mil pedazos. Quedamos suspendidos, penando, entre lo que nuestra vida fue antes del cataclismo y lo que no ha llegado todavía a ser. Se supone que estaremos mejor algún día, pero no sabemos cuándo terminaremos de recoger todos nuestros pedazos ni lo que seremos allá, del otro lado, una vez rearmados. Eventos como exposición a la muerte, amenaza o asalto físico real o violencia sexual, lesiones graves, ser secuestrado, torturado, encarcelado, desastres naturales o accidentes de tráfico, pueden dejarnos una sensación de inseguridad permanente, con oleadas de recuerdos angustiosos de lo vivido, involuntarios y recurrentes que aparecen durante el día en cualquier momento o mientras dormimos, en pesadillas. Angustia, sobresaltos exagerados, problemas de concentración, irritabilidad, comportamiento autodestructivo, desgano o depresión, son los síntomas característicos del llamado trastorno de estrés post traumático.

Llamamos trauma psíquico al daño o sufrimiento resultante de una experiencia que resultó muy fuerte para la persona. Afecta tanto a niños, como a adultos. En el momento traumático, reaccionamos instintivamente con sobrexcitación o con bloqueo por impotencia. Esa sensación, se registra y sella en el cuerpo y como toda memoria es corporal, ese malestar físico y psíquico, se revive una y otra vez posteriormente. Es común evitar buscar ayuda, porque es desagradable hablar y contactar con estas emociones y sensaciones, pero ayuda es justamente lo que tenemos que buscar. Ayuda de la gente que nos quiere y nos escucha bien, de grupos de apoyo, de profesionales de la salud mental. Los síntomas son esperables en circunstancias así, no son locura ni debilidad. No es fácil volver a la rutina y a tomar control de la vida propia, pero es bueno hacerlo gradualmente. Lo sucedido no es culpa de uno, ¿quién puede controlarlo todo? Hablar con alguien más de los sentimientos de culpa, rabia, miedo y frustración nos ayuda a sanar y a renacer.

Chiquilladas con Pescetti

Por alguna razón que desconozco, este poema de Luis María Pescetti, tiene una popularidad enorme entre los chiquillos que veo. Lo leen una y otra vez, a carcajadas y hacen que se los lea sin cansarse. Por alguna razón que desconozco, a mí también me encanta leerlo. Debe ser que la ternura siempre nos hace bien. Se los comparto para que lo disfruten con sus niños en esta vacación infernal … A los tíos y abuelos les paso el link del jueguito cantado Yo tengo un moco del mismo autor… una joya de cochinadita para que se rían con sus sobris y nietos (…ojo con mamá y papá).

Uh, qué lino. (Para ser leído en voz alta. Del libro Nadie te creería)

– ¿Mo me quelé?
– Chi.
– A mer…¿cuánto?
– Muto.
– ¿”Muto” o “muto muto”?
– Mutísimo…¡Achí!
– Uh, qué lino.
– ¿Y mó? ¿Me quelé?
– ¡Uh! Maquel chol.
– ¿El chol nomá?
– El chol, la luna, lasteyas, la tiela…toro. Toro, toro, toro. Achí, má que toro nel nivercho
– Uh, qué lino…Amél, namun mechito.
– Tomá…muá.
– Oto.
– Muuá.
– Oto.
– Muuuuá.
– No, oto y oto y oto.
– Muá. muá, muá. ¡Milá que te como, ¿eh?!
– Uh, qué meio, ¿cherio?
– ¡Chi! – ¿Y polqué meván comé?
– Polque choi…¡un león!
– ¡Uh, qué meio, chenor león! ¡Nome coma!
– ¡Chi! ¡La como! ¡Aaah!
– ¡No! ¡Qué meio!
– No, no tena meio, era mabloma.
– Ya ché, cho tamén era mabloma.
– ¿Tonche? ¿Te como?
– ¡Y chi!
– Am aam, ñam,ñam, qué lico, aam, ñam. Chatá. Te comí.
– ¡Uh, qué lino!
– ¿Yhora me quelés?
– Chi, muto, aquíntu pancha.
– ¿Cuánto?
– Parichempre de parichempre.
– ¡Uh, qué lino! Cho tamén.
– ¿Mamo pachear nela mano?
– Cho te chevo.
– No, achí cunto nelamano, men cherquita.
– ¿Cómo cherquita?
– Chote poyo la cabecha aquí nelhombro, y mamo nela mano. Cuntito.
– Uh, qué lino, mamo. Chí, mamo. No, pelá queme peinun poco.
– Palaqué tepeinás?
– Palachel la pelchona malina nel muno. Pala voch.
– Vochasós la pelsona malina nel muno, ¿nontendé? Cho…cho…chote quelo achí como chos. Note vachá peiná.
– Mamo, mamól.
– Mamo cocha monita.

Secretos familiares

Publicado en El Deber, 30 06 2017

Aguilar regresa a casa después de un corto viaje de trabajo y se encuentra con su mujer sentada al fondo, mirando la ventana de manera extraña. Está ahí, despierta, pero totalmente loca. Con esta escena empieza la novela “Delirio” de Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara 2004. Él no tiene idea de qué pudo haberle generado ese estado a su mujer y la historia gira en torno a su investigación sobre los hondos dolores que se esconden en su pasado. Tres generaciones con vidas como es la vida, linda, pero también con matices trágicos y difíciles de asimilar. Locura, traiciones, suicidio, enfermedades, violencia, abuso, dependencias, orientaciones sexuales, son experiencias calladas en el sistema familiar de los personajes, en base al código de las apariencias.

La Terapia familiar sistémica ofrece un gran desarrollo teórico sobre los juegos y dinámicas familiares: alianzas, coaliciones, secretos, descalificaciones, rechazo, presiones y otras formas en las que, a través de la comunicación al interior de las familias, abrimos o cerramos espacio para los demás, sus experiencias, percepciones, necesidades y deseos.

Los secretos, son aquellas vivencias cuyo contenido no se menciona y que, de acuerdo a un código familiar que no está escrito, pero todos conocen, se callan. Las razones del silencio son diversas; desde el tratarse de algo rechazado en el medio social hasta el deseo de no tomar contacto con una realidad que angustia en extremo. Sin embargo, no es una pauta que brinde beneficio a todos los miembros de la familia. Mantiene el lugar y prerrogativas de unos, anulando o excluyendo a otros; en el caso de la salud mental, alivia a unos y angustia terriblemente a otros.

“Delirio” muestra la dinámica de manera ejemplar. Un hijo cansado de ser agredido por el padre, devela un secreto de éste a la madre y ella, inventa una historia que salva a su marido, dejando al hijo completamente derrotado. “Mentira mata mentira – escribe magistralmente Restrepo – dime si no es como para volverse loco”.

Tiempo para quererse

 “Mi alma está hoy triste hasta el cuerpo. Todo yo me duelo, memoria, ojos y brazos. Hay una especie de reumatismo en todo lo que soy”. Catalina eligió estas palabras de Pessoa para contarme que estaba con penas por desamor. “La palabra feliz me pone triste”, remató.

Una amiga me preguntaba el otro día si yo, por mi oficio, sabía cómo salir victoriosa de las penas y angustias de la vida.  Convencida, le confié que la psicología me ha salvado muchas veces de vendavales emocionales, pero que claramente, no inmuniza ni contra la insensatez ni contra el dolor. Así que, no.  A veces no he sabido salir, ni mucho menos evitar entrar en los entuertos afectivos. Esta vida es siempre un desafío.

En algún momento, la tristeza es territorio habitado por todos y aun cuando nos pega duro, es posible “mantenerse bien” con ella adentro, atravesar el desasosiego con un corazón sabio que sin negar el sentimiento, brinde calidez y máximos cuidados al alma y al cuerpo. Menos zen, pero igual de atinada, entre sus consejos para “atravesar la pena”  mi madre diría: “Usted se levanta igual, hace la cama y se va a trabajar”. “Se ducha largo, se  pone crema y perfuma, aunque no tenga ganas”.  “Come sano y mueve el cuerpo”, aconsejan mis amigos, los atletas.  “Desembarga la voz, nos cuenta qué le pasa y se ríe de sus desatinos”, dirían mis amigas. “Un clavo saca otro clavo”, dirían mis amigos, con esa vana esperanza que distrae, pero no remedia. “Cambie las gafas oscuras con las que ve el mundo, por otras más claras” está escrito en manuales de autoayuda. “Dejate abrazar y apapachar mucho”, me dicen los que de verdad me quieren. “Aprovecha para interrogar tu malestar y aprender más de ti” dirían mis maestros de meditación. “Llorá todo lo que quieras, pero cuando tengas ganas de reírte, dale permiso a las carcajadas”, de mi cosecha… así le iba pasando los “tips” a Catalina cuando me preguntó si ya había escrito esta semana mi columna sobre aprender a ser feliz. Debí haberle puesto otro nombre a la bendita columna, pensé. “De esta semana no paso…es que en estos días, la palabra feliz, también me pone triste” respondí. Calma corazón. Calma.

 

Derechos de todos los tiempos

Publicado en El Deber, 31 05 2017.

En esta búsqueda de respuesta a preguntas existenciales, he estado leyendo sobre los chakras y aun sabiendo que el tema no tiene sustento científico, encontré algunas cosas provechosas.  Según el hinduismo,  los chakras  son centros de energía situados en el cuerpo. Chakram es una palabra sánscrita que significa círculo o disco. El concepto de Chakra, proveniente del sistema ancentral yóguico de la India, habla de siete discos giratorios de actividad para la recepción, asimilación y transmisión de energías vitales. Tendríamos siete chakras mayores, ubicados en correspondencia a distintos lugares de nuestra columna vertebral  y sistema endócrino.

En el camino de la lectura, me encontré con el interesante planteamiento de siete derechos fundamentales que, según afirman A. Judith y S. Vega, nos corresponden por nacimiento. Derechos  que las circunstancias de la vida pueden y suelen infringir. Infracciones estas que, por exceso o por deficiencia, bloquearían alguno o varios de nuestros chakras, generando malestar y enfermedad. Por si quiere revisar cómo anda con ellos, éstos derechos son: Derecho a tener o a recibir lo necesario para sobrevivir: alimento, vestido, salud, ambiente sano y contacto físico. Derecho a sentir y desear: permitir las emociones, dar y recibir placer deliberadamente, contacto físico, vitalidad, sexualidad, tocar y acariciar. Derecho a hacer: accionar con sentido y propósito personal, con vocación, en libertad, sin sometimiento. Derecho a amar y ser amado: paciencia, tolerancia, compasión, respeto y empatía. Derecho a decir: expresarse y ser comprendido, decir y ser escuchado. Derecho a ver: percepción y visión clara de las circunstancias, discernimiento sobre lo que se ve. Derecho a saber: información, educación y conocimiento.

La experiencia humana es tan similar, que el tema de los centros energéticos podrá ser discutido, pero que el no ejercicio de cualquiera de estos derechos, nos provoca intenso malestar y puede llegar a enfermarnos, parece cierto en todas las latitudes y épocas.

Amor de madre

Publicado en El Deber, el 24 05 2017

¿Te acuerdas esa noche en la que no pudiste decirme nada sobre tu madre? La recuerdo, busqué  su corazón abnegado y de amor incondicional, ese, el de las canciones, ahí donde yo quería, sin encontrarlo. Lo encontré donde no pensé, en la obstinada disciplina, al final buena para la vida, la avena con canela, la cama tendida, la ropa lista y las naranjas calientes en invierno. Cada madre es diferente Clarita, no te olvides que estás hablando de una mujer, que pudo o no haber sido querida, educada, cuidada, atendida; una mujer, un ser humano, que puede sentirse estable con los dos pies sobre la tierra o en equilibrio precario, a punto de caer al vacío. La vida es a veces dura y difícil. Tener un hijo no te redime de tu historia ni te salva de los genes, que mucho determinan tu estado mental y tus maneras de estar en el mundo y para los otros.

¿Te acuerdas del chiquillo que te contaba que su mami era rebuena, pero tenía una pizca de maldad?, reímos imaginando una chinela dotada de tecnología de vuelo independiente, teledirigida directo a impactar al objetivo… y bueno… es difícil ser la madre perfecta. Isabel Allende en una de sus novelas dice que en algo hay que traumar a los niños, para que sean adultos interesantes. Digamos que si la tuya vino dotada de sólo una pizca de vileza, pero ha sido capaz de cuidarte, darte autonomía, confiar en que puedes saltar los charcos y mantenerse a tu lado aunque ames a otra persona u otro lugar que no sea su propio chaco, has tenido una madre lo más cerca posible a lo perfecto; si además te mimó y besuqueó, conociste el amor de una diosa.

¿Existirá tanto amor? ¿Recuerdas cuando escuchamos que ninguna madre es más feliz que el más infeliz de sus hijos? Nos impactó la crudeza de saber que el dolor de un hijo lacera. Hay madres sufriendo lo indecible ahora mismo. En esas horribles situaciones, de enfermedad, agresión y muerte, las madres dejamos de ser diosas y lloramos nuestra humana impotencia. Nos interrumpió la charla tu hijo, que salía de tu casa como un vendaval. Te besó. Ese amor sí existe, dijiste cerrando la noche.

Arte nuestro

Publicado en El Deber, 17 05 2017

El acto de crear o de producir algo que no existía antes es particularmente humano. Como especie –dice Mercedes Gysin-Capdevida– necesitamos crear; tenemos aptitud para inventar, producir, transformar, como condición natural. “…El ser humano crea su mundo, en el mundo. No hay, pues, un ser humano carente de creatividad”. Desde tiempos ancestrales transformamos nuestro entorno, lo enriquecemos, pintamos, adornamos, inventamos melodías y contamos historias.

Con la palabra, la imagen, el sonido, el objeto y el cuerpo expresamos, de forma muy particular, los sentimientos de pena, duelo, alegría; resaltamos lo que nos agrada o nos desagrada; lo que deseamos y lo que rechazamos. En las obras de arte, dice Hegel, están depositados los más íntimos pensamientos y las más ricas intuiciones de los pueblos. No sé si tanto así de los pueblos, con seguridad los del artista. Pienso que este, en tanto productor de una pregunta novedosa, está mucho más allá de su pueblo. Es tan grande la fuerza de una pieza artística, que franquea fronteras, lenguas y épocas. La Venus, de Willendorf; L´homme qui marche, de Giacometti; El Grito, de Munch; El Taj Mahal; la foto del niño acechado por un buitre, de Kevin Carter; la obra de teatro Romeo y Julieta; la novela El Quijote, de Cervantes, son algunos ejemplos de la trascendencia en geografía, idioma y tiempo del arte. La pieza es el símbolo; el alma humana, lo simbolizado.

Toda obra de arte es un intento de comunicar. Una actividad en la que trabajo y juego son lo mismo. La terapia con niños me encanta. Cuando sacan la caja de juguetes, crean su mundo, en el mundo. Lo inventan, como les gustaría que sea. Cuando adultos, estamos en silencio frente a una obra de arte, sea foto, teatro, danza, poesía o novela, disparamos un recuerdo; algo de lo vivido se nos mueve adentro y, a la vez, recibimos una propuesta, una novedad, una manera diferente y más estética de hacer o de ser. Aún más, recibimos una confrontación, una pregunta, que induce a crear en nuestra vida escenarios más vitales.