Diálogo entre padres e hijos

Publicado en El Deber, 10/05/2017

La comunicación es siempre un tema delicado en la relación con nuestros hijos, sin importar la edad que estos tengan. Sin embargo, es innegable que en la adolescencia y juventud, el desafío es mayor. Los chicos no cuentan lo que les pasa, viven lo que viven, sea grato o desagradable, encerrados en una burbuja, buscan espacios de soledad con respecto a los adultos y están mucho más abiertos a su grupo de amigos que a sus padres. Es parte de un proceso evolutivo normal. El joven necesita ser menos dependiente de sus padres para construirse como adulto autónomo. Sin embargo, es una edad que puede traer grandes angustias y también grandes riesgos. Como padres, nos daría mucha paz que nuestros hijos buscaran consuelo y consejo en nuestras canas y que además, nos escucharan.

Estaba trabajando el tema de este artículo el otro día, buscando claves que transmitir para mejorar la confianza de nuestros hijos hacia nosotros, cuando el mío vio la cara de velorio que yo llevaba, me preguntó si estaba todo bien y le contesté que sí. Mentí. No me creyó, pero entendió que la causa de la pesadumbre era inconfesable. No sólo callan los hijos, pensé, callamos también los padres, para no herirlos, no preocuparlos, para cuidar nuestra intimidad, para no exceder sus capacidades de comprensión,  para no crear mal ambiente, para no ser juzgados por ellos, para no perder su amor, por miedo a dar con la confidencia, un mal ejemplo. Le pregunté a mi hija luego, por qué callaban los jóvenes. Estuvo de acuerdo en que el miedo al enojo y al castigo jugaban algún papel, sin embargo, mencionó otras cosas de mayor peso, el miedo a decepcionar, el sentir que no serán entendidos, la indiscreción de los padres, y la que ella consideraba de más peso, la vergüenza.

Si pudiéramos, usando el sentido común y el humor, compartir con nuestros hijos detalles de nuestra infancia y juventud, no sólo en nuestros aciertos, sino también en nuestros errores, frustraciones, decepciones e historias de amor, quién sabe, nos verían más humanos, menos perfectos, más como ellos, y se animarían a compartir sus tribulaciones y experiencias con más confianza.

 

Agradecer deliberadamente

Escuché por ahí que no se puede sentir infelicidad y gratitud a la vez.  Tristeza y gratitud, si, pero no infelicidad. La gratitud es el ejercicio mental voluntario de buscar y reconocer  lo lindo y bueno que está presente en nuestras vidas y experiencias.  Es un ejercicio que produce un estado emocional placentero y de paz, nos motiva, desarrolla nuestra resiliencia, compasión, generosidad, optimismo.  Cultivar una “actitud de gratitud” como hábito diario, nos hace menos dependientes de las condiciones externas para desarrollar un sentido interno de felicidad.

La realidad es un collage de experiencias  beneficiosas, neutras y también dañinas. La naturaleza del agradecimiento, tiene que ver con apreciar lo dulce, sin negar lo amargo, con abrirse a los placeres disponibles, sin resistirse al dolor. Es sobre todo cuando estamos “tomados” por la pena, que se hace difícil apreciar lo bueno que también tenemos. Muere una persona que amamos, se aleja de nosotros  alguien que nos acompañaba y alegraba los días, perdemos todo en un desastre natural o en un accidente, enfermamos de algo severo, alguien nos lastima o ante cualquier otra pérdida significativa, nuestro pensamiento encalla en el vacío y el cuerpo en el dolor. Es como si el amor se interrumpiera y al decir de Bernardo Ferrando, “el amor interrumpido se puede transformar en resentimiento”, que nos consume. La gratitud es el movimiento contrario, es el amor que no se interrumpe, ni por la presencia de situaciones adversas.

Especialmente en esas circunstancias, es cuando mejor nos hace buscar las cosas por las que estamos agradecidos en este día, los regalos de la vida, desde lo más superficial hasta lo más profundo. Traer al pensamiento todo lo que me apoya y de lo que disfruto, es el mayor calmante del dolor emocional. Agradecer deliberadamente, esa es la práctica sugerida, hacer que busques y que recibas lo bueno.

Nuestra torre de Babel

La torre de Babel es una fábula bíblica que relata el mítico nacimiento de más de 7000 idiomas diferentes en el mundo y la confusión inherente a la comunicación humana. Cuenta la tradición que originalmente había un pueblo que hablaba la misma lengua y que, pudiendo comunicarse muy bien y sabiendo cocer ladrillos al fuego, construyó una gran edificación de varios pisos que pretendía elevarse hasta el cielo. Enojándose Dios por tamaña soberbia, y temiendo que nada pudiese detenerlos dada su perfecta comunicación, decidió castigar a esos hombres confundiendo su lenguaje, haciendo que no se entendieran unos a los otros. Ese fue el fin de la construcción y del intento humano de llegar al cielo.

Cuando era chica, las películas de la confusión comunicacional de los humanos en la Torre de Babel, me divertían. Hoy en día, no veo tan graciosa la maraña de argumentos en la que nos enredamos con la gente que nos rodea. La comunicación es una facultad y una necesidad humana. Si no compartimos lo que pensamos y lo que sentimos, no logramos lo que necesitamos ni construimos algo mejor. Nada nos frustra y duele más, que no poder entendernos. Sabemos hablar y gesticular con propósito desde que tenemos dos años y hasta siendo ciegos o sordos, estamos equipados para recibir los mensajes de los otros, pero no siempre nos queremos entender, porque entendernos implica manejarnos con una lógica distinta. No se trata de que escuches mi argumento anulando el tuyo. No se trata de ceder ante tu idea ni de imponerte la mía. No eres vos “o” yo. Comunicarnos bien, se trata de vos “y” yo. No se trata de ver qué excluimos, sino de ver cómo diablos incluimos lo tuyo y lo mío, para sabernos, pero también, para construir algo nuevo que nos haga bien a vos y a mí.

Cuando sigues hablando ignorando lo que digo, cuando grito para que te calles y me escuches, cuando te digo que es estúpido lo que piensas y cuando simplemente no acusas recibo, estamos en la torre de Babel. Está dicho desde tiempos inmemoriales, vos o yo, no llegamos a ningún lado. Vos y yo, tomamos el cielo por asalto.

(Publicado en El Deber 26 04 2017)

Acoso escolar: ¿Cómo lo atendemos?

Para algunos niños, la vivencia escolar es una experiencia feliz y lamentablemente para otros, una experiencia infeliz, dolorosa. Somos una sociedad violenta y los colegios son un reflejo de la misma. El acoso escolar o bullying es una lamentable realidad.  Por acoso escolar se entiende cualquier forma de maltrato psicológico, verbal, material, físico o cibernético, que se produce entre escolares, de manera intencional, reiterada, por cierto tiempo determinado. El acoso es una especie de tortura sistemática a la que el niño o joven agresor somete a otro niño, colocado en el papel de víctima. Esta acción metódica generalmente se perpetúa gracias al silencio, la complicidad de los compañeros y la minimización del problema por los adultos (padres, docentes y administrativos).

El problema del acoso escolar está investigado en el país (ver Asociación Voces Vitales), tiene amplia cobertura de opinión en los medios, y a diario recibimos información de distintos modelos de intervención en el mundo, con interesantes niveles de éxito. Está claro que es una problemática compleja, con consecuencias negativas en el bienestar y desarrollo de toda la comunidad educativa, que genera clima de inseguridad, atenta contra los derechos básicos del estudiantado, es un factor de riesgo para la reproducción de conductas violentas y disminuye el rendimiento académico de todos los involucrados. Requiere, por tanto, una respuesta seria y controlada para detenerlo. Elaborar un protocolo que explicite una ruta de procedimientos para intervenir en esta situación, es un desafío para los colegios del país. Un protocolo define y expone  las pautas generales de detección, comunicación a Dirección, procedimiento de atención, comunicación a involucrados, medidas a seguir con cada parte, seguimiento de implementación de medidas y acciones para restaurar la convivencia.

Invitemos a que los colegios se desafíen a pensar y sistematizar la intervención institucional, a compartir los modelos y sus resultados con el resto de la comunidad, a dialogar con otros colegios, para enseñar de su experiencia y aprender de la ajena, a contribuir, con propósito y camino, a la creación de una cultura de paz, respeto y conciliación.

Quiero agua, comida y que juegues conmigo

En este cuento, George 13 (pseudónimo elegido por él), nos enseña que para el bienestar de un niño, el contacto afectivo o el compartir los juegos, es tan importante como el agua y la comida.

“Había una vez un perro que no le gustaba su familia porque siempre llegaban y le daban comida y agua y se iban para su cuarto y no jugaban con él y así era todos los días. Un día el perrito se llenó de valor y fue con todas su fuerzas contra la puerta, la rompió, se escapó y al día siguiente el perrito se arrepintió y no sabía cómo volver y después su familia lo estaba buscando, lo encontraron y de ahí en adelante, jugaron con el perrito todos los días y todos vivieron felices para siempre”. Fin.

Humanos somos

 

Mejor nos va cuando aceptamos con amor, que humanos somos y que los otros, también se enredan y sufren, como nosotros.

Sabemos lo que es sufrir. Todos hemos sentido en el cuerpo ese desagrado y ese dolor, a veces leve y otras, tan fuerte que pone nuestra vida en paréntesis. Una parte de nuestro sufrimiento es inevitable, viene de pérdidas y catástrofes que la vida trae porque quiere. Otra parte pareciera causada por nuestras propias decisiones o nuestras maneras de ser y pensar. Sea uno u otro el caso, todos sufrimos, todos nos equivocamos, todos vivimos situaciones de las que no tenemos idea cómo salir.

La compasión con nosotros mismos cuando sufrimos, hace mucha diferencia en nuestra experiencia. Compasión no significa para nada anclarse en la queja o evadir la responsabilidad de resolver los propios asuntos. Significa más bien tratarnos con calidez y cuidado, con comprensión y sobre todo, con mucho deseo de ayudarnos. Esta mirada y atención cariñosa, nos protege contra el estrés, crea una intención clara de acción, nos ayuda a recuperarnos de situaciones dolorosas, nos hace valorarnos, aprender y mejorar nuestro desempeño después de los fracasos, nos aquieta la rabia y nos deprime menos.

He hablado con mucha gente que atravesando por estos momentos difíciles, aumenta su preocupación y agitación criticándose y juzgándose negativamente por no poder o no saber cómo calmar su situación dolorosa. Yo misma lo he hecho conmigo en muchas ocasiones, sin entender que de éstas no se sale a palo, sino a fuerza de amabilidad con uno mismo. No estoy hablando de aumentar o mejorar la autoestima, porque no tiene nada que ver con eso. Mucha gente puede sin problemas, reconocer una larga lista de sus cualidades y sin embargo, sufrir o estar entrampada en situaciones dolorosas para las que no encuentra salida. Hablo del amor compasivo, de la preocupación cálida y amorosa por uno mismo, la actitud de entender las propias limitaciones y querer ayudarse.

“Me importas, te incluyo, te veo, te aprecio.”

Nadie se muere por llorar

“Nadie se muere por llorar” le contesté a un amigo que me pedía que no llore cuando ya iba por medio paquete de pañuelos.

Las personas lloramos desde que nacemos hasta que nos morimos. No todo el tiempo, pero lloramos tras haber experimentado intensas emociones, sean éstas  de tristeza, rabia, miedo o alegría. Llora el bebé que siente hambre, llora el niño que se lastima, llora la jovencita que despide a su amiga, llora el hombre que entierra a su padre, llora la señora que peleó con su hijo, llora el atleta que cruza la meta de su primer maratón, llora el joven que toma en sus brazos a su recién nacida. Vos habrás llorado también en infinidad de situaciones intensas. El llorar, es una reacción innata en nosotros, que cumple una función biológica y psicológica importante. Al parecer,  ayuda a restablecer el equilibrio hormonal en el organismo cuando los niveles de estrés son muy altos por la intensidad de la emoción. Esto explicaría su efecto relajante.  Además, socialmente, es un comportamiento que sirve para acercarnos emocionalmente a los otros. Cuando se comparten las lágrimas, las relaciones se estrechan. Esto lo saben muy bien los amigos y también los amantes.

Llorar reduce el estrés, aclara los pensamientos. Si tienes ganas de llorar, busca un lugar donde puedas hacerlo tranquilo, no reprimas ni intentes controlar las lágrimas. Eso sólo mantendría la tensión en el cuerpo y en las emociones, prolongando el malestar. Te hará bien llorar. No tiene nada que ver con ser fuerte o ser débil, hombre o mujer. Además, “siempre que llovió, paró”. Con el llanto es igual, para por sí solo, cuando ya estás bien. Sin embargo, si encuentras que estás llorando sin razón aparente, durante horas, día tras día, busca ayuda de un psicólogo o de un psiquiatra, que son los profesionales entrenados en bienestar emocional, porque podrías estar sufriendo una depresión o un trastorno de ansiedad y requieras otro tipo de atención.

50 memorables

Cuando uno cumple años, el cambio de dígito, puede ser una experiencia intensa, llena de reflexiones existenciales. Así me ha tocado el fin de semana pasado. Yo que nunca tuve ningún rollo con la idea de “hacerme grande”, hice casi un ataque de pánico el día anterior a mi cumpleaños 50. Me di cuenta que era la última vez que tenía “cuarenta y algo” y me entró una fatiga, que la cuento sólo para que no se me haga maña.

No sabiendo si para el evento cabía una fiesta o una misa, decidí fugarme a Samaipata, al medio de las montañas, con mis tres hijos, la novia de uno de ellos, mi mascota y una gran amiga que empalmó casualidades para no dejarme escapar del todo. Fue un necesario encuentro con la paz, la alegría y el amor del bueno. Qué importante es salir de la rutina, darse permiso, tomarse la molestia de hacer algo distinto, lo que sea que esté al alcance de uno. En este caso, volví después de muchos años, a un lugar al que íbamos seguido cuando mi hermana, veinteañera, hacía su año de provincia y “mis niños” eran niños de verdad. La memoria me los trajo de nuevo en cada paisaje, cada olor, cada sensación térmica. Pude escuchar sus voces y su risa de chiquillos, mientras los miraba con una taza de café frente a mí, ahora, ya grandes. Los abracé por impulso, sin que ellos sepan qué me disparaba el arrebato.

El vidrio de una pequeña ventana del baño, en la cabaña, tenía un diseño que llamó mi atención mientras me duchaba. Yo había visto ese vitral en algún lado, no sabía dónde ni cuándo. Un recuerdo siguió al otro, hasta que sentí la casa de mis abuelos, en Potosí, donde pasé mi primera infancia. Yo sé que los malos recuerdos son acaparadores de nuestra memoria, pero no se olvida tampoco, aquello donde el amor rondó. Los tiempos más memorables son aquellos en los que recibes y regalas ternura,  no hay vuelta. De esos no te olvidas, cualquier olor, sabor o paisaje, dispara su recuerdo. Para mis cuarenta y diez, me regalé tiernos recuerdos de amor. Abracé, reí y besé con la ternura más genuina que tengo, para seguir construyendo vivencias y memoria, de la buena.

Disfrutar es sano

“Lo tengo todo, pero no sé… creo que no estoy disfrutando”, me dijo.

Ser capaces de disfrutar en la vida, es una de las fortalezas emocionales más importantes. En medio de las dificultades que vivimos, disfrutar de lo disfrutable nos aligera peso y nos motiva para seguir adelante, restituye la calma en el cuerpo, fortaleciendo el ánimo y hasta el sistema inmunológico. Vivir bien tiene mucho que ver con nuestra capacidad de disfrute.

Disfrutar es vibrar con lo que nos da placer, con lo que nos interesa, nos gusta, nos da ese sentimiento de plenitud de adentro hacia afuera. Disfrutar de las cosas grandes en nuestra vida, como el nacimiento de una nieta o el retorno de un hijo que vivió mucho tiempo en el extranjero, tanto como  de las cosas chicas, una canción, el olor de  galletas recién horneadas, un chiste que por ahí nos llega, el árbol de nuestra cuadra florecido.

Sin embargo, a veces tenemos ideas que no nos permiten disfrutar. Pensamos que las responsabilidades sólo se cumplen bien con sacrificio, que si nos alegramos, somos desleales con alguien que sufre en nuestra familia, que el mundo está lleno de injusticias y violencias como para ponerse a disfrutar de una rica comida, que si disfruto, bajo la guardia y algo malo me puede pasar, que alguien cuerdo no se ríe sin control, etc, etc. Por último, a veces en el más extremo más cruel con nosotros mismos, no queremos disfrutar porque pensamos que nos han hecho tanto daño, que se tiene que notar. Como si nuestra amargura, resolviera algo en el mundo.

Disfrutar es sano.  Es bueno buscar vivir cosas lindas, aquello que se siente bien en el momento presente. Crear experiencias que puedan ser disfrutables y cuando las vivimos, tomarnos un tiempo para sentirlas y grabarlas en nosotros. Estas sensaciones lindas registradas en el cuerpo, son recursos emocionales que llevamos siempre con nosotros y hacen que esta vida sea infinitamente más llevadera.

Feliz día papá

“Un papá es el que te cuida como hace una mamá”. (Isabella, 6 años).  “Isabella, hay papás que cuidan como nadie sabe cuidar”.

FELIZ DIA PARA TODOS LOS PAPÁS QUE SE PERMITIERON LA TERNURA, que se emocionaron con la manita chiquita de su recién nacido apretando su dedo, que entre carcajadas y arcadas cambiaron pañales, que abrazaron, cucharearon, se quemaron con el agua caliente al preparar una mamadera a media noche. A los que enseñaron a nadar, limpiaron mocos,  tomaron fotos de su niño durmiendo y las subieron a Facebook. Feliz día para los que llevaron y trajeron del colegio, y se bancaron estoicos los actos cívicos. Feliz día para los que callados, pensando “lo voy a matar”, soportaron el rosario de quejas de un profesor. Para los que se cabrearon de andar veinte mil tiendas buscando “EL” par de zapatillas que finalmente le gusten;  para los que hace años no ven una película «para grandes» porque cada sábado los chicos eligen Disney.  Para los que no durmieron esperando que lleguen a casa después de una fiesta. Feliz día para los que comieron galletas duras que se pasaron en el horno; para los que sufrieron y consolaron cuando alguien les rompió el corazón, se aplazaron de año o perdieron el partido. Feliz día para los que dijeron un NO rotundo cuando cabía, y para los que lagrimearon en el desfile de graduación. Feliz día para el que no se perdió ni una sola de las competencias de gimnasia y hasta abrió un Club para que nunca falte un lugar para entrenar.

A los papás de mi familia; a los amigos de mi corazón; ¡FELIZ DÍA!. Su amor y cuidado hará gente feliz y la gente feliz, hace cosas buenas.