Nadie se muere por llorar

“Nadie se muere por llorar” le contesté a un amigo que me pedía que no llore cuando ya iba por medio paquete de pañuelos.

Las personas lloramos desde que nacemos hasta que nos morimos. No todo el tiempo, pero lloramos tras haber experimentado intensas emociones, sean éstas  de tristeza, rabia, miedo o alegría. Llora el bebé que siente hambre, llora el niño que se lastima, llora la jovencita que despide a su amiga, llora el hombre que entierra a su padre, llora la señora que peleó con su hijo, llora el atleta que cruza la meta de su primer maratón, llora el joven que toma en sus brazos a su recién nacida. Vos habrás llorado también en infinidad de situaciones intensas. El llorar, es una reacción innata en nosotros, que cumple una función biológica y psicológica importante. Al parecer,  ayuda a restablecer el equilibrio hormonal en el organismo cuando los niveles de estrés son muy altos por la intensidad de la emoción. Esto explicaría su efecto relajante.  Además, socialmente, es un comportamiento que sirve para acercarnos emocionalmente a los otros. Cuando se comparten las lágrimas, las relaciones se estrechan. Esto lo saben muy bien los amigos y también los amantes.

Llorar reduce el estrés, aclara los pensamientos. Si tienes ganas de llorar, busca un lugar donde puedas hacerlo tranquilo, no reprimas ni intentes controlar las lágrimas. Eso sólo mantendría la tensión en el cuerpo y en las emociones, prolongando el malestar. Te hará bien llorar. No tiene nada que ver con ser fuerte o ser débil, hombre o mujer. Además, “siempre que llovió, paró”. Con el llanto es igual, para por sí solo, cuando ya estás bien. Sin embargo, si encuentras que estás llorando sin razón aparente, durante horas, día tras día, busca ayuda de un psicólogo o de un psiquiatra, que son los profesionales entrenados en bienestar emocional, porque podrías estar sufriendo una depresión o un trastorno de ansiedad y requieras otro tipo de atención.

50 memorables

Cuando uno cumple años, el cambio de dígito, puede ser una experiencia intensa, llena de reflexiones existenciales. Así me ha tocado el fin de semana pasado. Yo que nunca tuve ningún rollo con la idea de “hacerme grande”, hice casi un ataque de pánico el día anterior a mi cumpleaños 50. Me di cuenta que era la última vez que tenía “cuarenta y algo” y me entró una fatiga, que la cuento sólo para que no se me haga maña.

No sabiendo si para el evento cabía una fiesta o una misa, decidí fugarme a Samaipata, al medio de las montañas, con mis tres hijos, la novia de uno de ellos, mi mascota y una gran amiga que empalmó casualidades para no dejarme escapar del todo. Fue un necesario encuentro con la paz, la alegría y el amor del bueno. Qué importante es salir de la rutina, darse permiso, tomarse la molestia de hacer algo distinto, lo que sea que esté al alcance de uno. En este caso, volví después de muchos años, a un lugar al que íbamos seguido cuando mi hermana, veinteañera, hacía su año de provincia y “mis niños” eran niños de verdad. La memoria me los trajo de nuevo en cada paisaje, cada olor, cada sensación térmica. Pude escuchar sus voces y su risa de chiquillos, mientras los miraba con una taza de café frente a mí, ahora, ya grandes. Los abracé por impulso, sin que ellos sepan qué me disparaba el arrebato.

El vidrio de una pequeña ventana del baño, en la cabaña, tenía un diseño que llamó mi atención mientras me duchaba. Yo había visto ese vitral en algún lado, no sabía dónde ni cuándo. Un recuerdo siguió al otro, hasta que sentí la casa de mis abuelos, en Potosí, donde pasé mi primera infancia. Yo sé que los malos recuerdos son acaparadores de nuestra memoria, pero no se olvida tampoco, aquello donde el amor rondó. Los tiempos más memorables son aquellos en los que recibes y regalas ternura,  no hay vuelta. De esos no te olvidas, cualquier olor, sabor o paisaje, dispara su recuerdo. Para mis cuarenta y diez, me regalé tiernos recuerdos de amor. Abracé, reí y besé con la ternura más genuina que tengo, para seguir construyendo vivencias y memoria, de la buena.

Disfrutar es sano

“Lo tengo todo, pero no sé… creo que no estoy disfrutando”, me dijo.

Ser capaces de disfrutar en la vida, es una de las fortalezas emocionales más importantes. En medio de las dificultades que vivimos, disfrutar de lo disfrutable nos aligera peso y nos motiva para seguir adelante, restituye la calma en el cuerpo, fortaleciendo el ánimo y hasta el sistema inmunológico. Vivir bien tiene mucho que ver con nuestra capacidad de disfrute.

Disfrutar es vibrar con lo que nos da placer, con lo que nos interesa, nos gusta, nos da ese sentimiento de plenitud de adentro hacia afuera. Disfrutar de las cosas grandes en nuestra vida, como el nacimiento de una nieta o el retorno de un hijo que vivió mucho tiempo en el extranjero, tanto como  de las cosas chicas, una canción, el olor de  galletas recién horneadas, un chiste que por ahí nos llega, el árbol de nuestra cuadra florecido.

Sin embargo, a veces tenemos ideas que no nos permiten disfrutar. Pensamos que las responsabilidades sólo se cumplen bien con sacrificio, que si nos alegramos, somos desleales con alguien que sufre en nuestra familia, que el mundo está lleno de injusticias y violencias como para ponerse a disfrutar de una rica comida, que si disfruto, bajo la guardia y algo malo me puede pasar, que alguien cuerdo no se ríe sin control, etc, etc. Por último, a veces en el más extremo más cruel con nosotros mismos, no queremos disfrutar porque pensamos que nos han hecho tanto daño, que se tiene que notar. Como si nuestra amargura, resolviera algo en el mundo.

Disfrutar es sano.  Es bueno buscar vivir cosas lindas, aquello que se siente bien en el momento presente. Crear experiencias que puedan ser disfrutables y cuando las vivimos, tomarnos un tiempo para sentirlas y grabarlas en nosotros. Estas sensaciones lindas registradas en el cuerpo, son recursos emocionales que llevamos siempre con nosotros y hacen que esta vida sea infinitamente más llevadera.

Feliz día papá

“Un papá es el que te cuida como hace una mamá”. (Isabella, 6 años).  “Isabella, hay papás que cuidan como nadie sabe cuidar”.

FELIZ DIA PARA TODOS LOS PAPÁS QUE SE PERMITIERON LA TERNURA, que se emocionaron con la manita chiquita de su recién nacido apretando su dedo, que entre carcajadas y arcadas cambiaron pañales, que abrazaron, cucharearon, se quemaron con el agua caliente al preparar una mamadera a media noche. A los que enseñaron a nadar, limpiaron mocos,  tomaron fotos de su niño durmiendo y las subieron a Facebook. Feliz día para los que llevaron y trajeron del colegio, y se bancaron estoicos los actos cívicos. Feliz día para los que callados, pensando “lo voy a matar”, soportaron el rosario de quejas de un profesor. Para los que se cabrearon de andar veinte mil tiendas buscando “EL” par de zapatillas que finalmente le gusten;  para los que hace años no ven una película «para grandes» porque cada sábado los chicos eligen Disney.  Para los que no durmieron esperando que lleguen a casa después de una fiesta. Feliz día para los que comieron galletas duras que se pasaron en el horno; para los que sufrieron y consolaron cuando alguien les rompió el corazón, se aplazaron de año o perdieron el partido. Feliz día para los que dijeron un NO rotundo cuando cabía, y para los que lagrimearon en el desfile de graduación. Feliz día para el que no se perdió ni una sola de las competencias de gimnasia y hasta abrió un Club para que nunca falte un lugar para entrenar.

A los papás de mi familia; a los amigos de mi corazón; ¡FELIZ DÍA!. Su amor y cuidado hará gente feliz y la gente feliz, hace cosas buenas.

Dejá de darte manija

¿Conoces la expresión “Dejá de darte manija”?. Tengo una amiga que cada vez que empiezo a “rumiarle” mis penas o preocupaciones, me la repite con una paciencia de santa. Tiene razón. Aquello en lo que ponemos nuestra atención, se refuerza. No en vano, las prácticas de meditación orientales, que tienen más de 2,500 años de tradición, se centran en entrenar la capacidad de regular a voluntad la atención, como una forma de alcanzar mayor bienestar físico y mental. Enseñando a traer al momento presente, el foco de nuestra atención cuando ésta se fuga a recuerdos dolorosos del pasado o cuando se dispara a un futuro incierto y amenazante. Es traer, con conciencia de amor y cuidado, la mente al cuerpo.

“A veces, cuando no puedo más de la angustia, tomo un vaso de agua, me siento en un lugar cómodo, me aquieto y simplemente presto atención a mi respiración, sin forzar nada. No me preocupo de que mis pensamientos vuelen, pero me ocupo de traer mi atención, de nuevo a mi respiración. Mi cabeza y mi cuerpo, se van calmando.”

“Cuando la tristeza me llega, lloro a mares y en el momento en que el llanto me da un respiro, pongo una mano en el pecho y simplemente atiendo a mi respiración. Observo lo que pienso, pero no me engancho con ningún pensamiento. Lo hago por diez a quince minutos, tampoco es tanto, pero me ayuda mucho…a entender las cosas de una forma que me de paz”.

Una carta para mi hija

En dos semanas más, cumplirás los dieciocho, niña mía. Tengo en la memoria tu imagen, bebé, recostada de espaldas, brazos abiertos, manitas en puño, dormida en mi cama, sobre la colcha de franela que también usaron tus hermanos. Yo te miraba sintiendo por tercera vez en la vida, ese miedo ancestral que sentimos las mamás, cuando reparamos en la vulnerabilidad de nuestras crías pequeñas. Sentí miedo a morirme, pero no por mí, sino por vos. No dormí toda la noche pensando en qué sería de ustedes tres si yo les faltara. La mente tiene esa manía de dar vueltas evaluando probables amenazas. Es una cuestión de supervivencia. Así estamos más alertas y cuidadosos. Pero ya ves, fue un insomnio tonto. Los años han pasado y aquí sigo bien viva, teniendo que cuidar de ustedes cada vez menos. He vivido momentos sublimes, pero también varios desvelos, ansiedades y angustias. La preocupación es como un pulpo que toma tu mente e inquieta tu cuerpo. No te suelta hasta que algo se resuelve. He tenido la preocupación de la buena, aquella que me ha permitido mirar y solucionar problemas sin quitarme mucho el sueño y también he pasado de la mala, aquella en la que el miedo me inundaba y no me dejaba descansar ni pensar con claridad. Esa, mi niña, hay que aprender a manejarla, porque más allá de perturbar, no sirve para nada. La vas a tener alguna vez, aunque yo quisiera que no. Cuando la tengas, busca alguien de confianza con quien hablar. Hazlo rápido, no demores. La angustia se va cuando se la saca del pecho, y dos cabezas piensan mejor que una. Siempre hay solución, y aún en la peor de las circunstancias, una vez en el baile, se disipa el miedo y uno descubre que había sido capaz de bailar al son. No repares en pedir ayuda. Las personas que te quieren son tu recurso más valioso y te sorprenderá gente nueva en tu camino para darte una mano. Confía en tus conocimientos y mantente dispuesta a aprender aquello que no sabes. En tu corazón, conecta con ese lugar en el que habita la calma, el humor y la confianza, retírate ahí a descansar y desde allí, niña-mujer, sal al mundo.

Aprender a ser feliz

¿Crees que se puede aprender a ser feliz?, ¿a sentir placer, gratitud, vitalidad frente a la vida?.

Estoy convencida de que se puede. Elegir por uno, es un aprendizaje. Cuidarse, aun en medio del dolor, también. Se aprende a calmar el alma, se aprende la compasión, se aprende el coraje, la disciplina, la irreverencia, la risa. Se aprende a dejarse querer y se aprende a quererse.

La felicidad es un estado y una actitud de abrazar la vida, una inclinación a participar de la existencia con curiosidad y ganas. Sin embargo, esta vida nos desafía, a la par de alegrías, nos da dolor. Sufrimos pérdidas de seres amados, rupturas amorosas, problemas de salud, laborales, financieros, hijos que sufren, relaciones difíciles, etc. Enfrentamos bien estos desafíos cuando nos encuentran fuertes, otras veces nos encuentran vulnerables por alguna experiencia previa. Un gran desafío, en un momento de vulnerabilidad, nos provoca mucho y largo sufrimiento si no tenemos los recursos mentales del discernimiento, la calma, el valor, el entusiasmo necesarios para hacerle frente.

Nadie los tiene siempre. Decidir cultivarlos es una forma de trabajar por la felicidad nuestra. Sin embargo, es bueno empezar por algo más básico, como abrir el alma, desarrollar el hábito de apreciar y tomar lo bueno de la vida a través de los sentidos. Apreciar, buscar activamente, lo bueno que nos rodea. La risa de mis hijos, la alegría de una amiga, la bruma entre los árboles al amanecer, el olor de su perfume, el sabor del achachairú, la ternura de un abrazo, el placer de bailar, son algunas de las cosas que disfruto. Las tuyas seguramente serán otras. ¿Cuáles son?, ¿Las registras y las buscas durante el día?.

Como los rieles del tren

Todos los años, con mi grupo de amigas, celebramos Navidad y fin de año con una cena que tiene la mística de los ritos de cierre y apertura. Como todas las nuestras, es una reunión irreverente, con mucha risa, abrazo y cariño. Hace un par de años, se les ocurrió aprovechar el junte para desafiar al destino y escribir los deseos para el próximo año. Yo había hecho el ejercicio años anteriores y siempre había sentido cierto desasosiego al leer mi hoja 12 meses después. Normalmente, casi nada se había cumplido. La vida había sido rebelde a mis ilusiones o yo misma había perdido interés en alguno de los deseos al poco tiempo de escribirlo. El caso es que este tufo a decepción hizo que me negara a escribir deseos en aquella oportunidad y mi hoja quedó en blanco.

Las experiencias de la vida no siempre se ajustan a nuestros deseos. Son tanto agradables como desagradables y van como los rieles del tren, corriendo en paralelo. Alguna vez leí el testimonio de un escritor, cuyo nombre no registré en esa entonces, que desarrollaba este concepto. Un lunes recibía la noticia del récord de ventas de su primer libro publicado y ese mismo lunes se apagaba la vida de su esposa en el hospital, tras llevar más de un año enferma. Me conmovió su relato. Ambos esperaban el éxito del libro, pero la noticia, frente al trágico suceso, quedó como una ironía de la vida. Sin eventos tan extremos, lidiamos a diario, de manera paralela, con las buenas y con las malas. Simplemente, la vida es así.

Hace unos días, celebramos con mis amigas la reunión anual. Este año ninguna quiso escribir deseos; priorizamos la charla y los chistes antes que la ‘soñadera’. Viviremos lo que venga, dijo una de ellas. Estaremos ahí para acompañarnos, compartiendo lo bonito que alcancemos y que nos regale la vida. Cuando nos toque lidiar con los obstáculos y la desdicha, estaremos también ahí para escucharnos, darnos fuerza y una buena mano de ayuda. ¿Qué más regalo que ese? Tenemos con quien reír y con quién llorar; de amigos, la hoja está llena.

¿Dónde está la cura?

Llevo algo más de 30 años tratando de entender el sufrimiento emocional humano, el mío y el ajeno. Entender para aliviarlo. Empecé mi carrera con la convicción de que comprender los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas, sus predisponentes y condicionantes, me darían la clave. Un año antes de terminar la universidad, me di cuenta de que me había metido en un berenjenal. La conducta humana estaba influida por múltiples causas, era por demás compleja y la sicología, con todas sus pretensiones de ciencia, no llegaba a explicarla y mucho menos controlarla, ni siquiera desde aquellas vertientes que mejor cumplían con el método científico.

Experimentar dolor en la vida es inevitable. Sufrimos pérdidas en el camino, golpes que nos hieren tanto o más que las heridas físicas y para estas llagas emocionales, es también necesario un tiempo de cuidados para sanar y cicatrizar. Pero los humanos, no pocas veces, hacemos algo muy paradójico con nuestro dolor. En el intento de escapar del mismo, tomamos opciones que traen más problemas a nuestra vida. Abusamos de sustancias, desarrollamos trastornos alimenticios, adicciones, agredimos a otros o a nosotros mismos y un sinfín de otras formas originales de escape que nos aseguran un padecimiento de largo aliento. No hacemos esto por idiotas. Lo hacemos porque hemos asociado cualquiera de estas acciones con alivio inmediato y porque creemos que no podemos soportar el dolor que cargamos por tiempo indefinido.

Nadie sufre por elección. Lo paradójico del ser humano es que sufre en un intento fallido de evitar dolor. Nuestro mapa mental, la historia que nos contamos acerca de nosotros mismos en este mundo, determina de gran manera la trampa en la que nos metemos; esa trampa en la que el remedio es peor que la enfermedad. Todos nos metemos, solo que con sello personal. También salimos y esa es otra de las grandes y misteriosas maravillas. Salimos cuestionando certezas personales, mirando desde otras perspectivas y creando opciones diferentes y originales en nuestra vida. A pura filosofía y arte, pensando y haciendo algo distinto