El desafío de entendernos

Publicado en El Deber, el 29 de abril, 2020

 “¿La segunda parte de la cuarentena viene con los mismos actores? Estoy teniendo problemas con parte del elenco”, decía uno de los memes que nos hicieron reír en estos días inéditos. Puertas adentro de la casa, cada grupo familiar tiene maneras muy propias de interactuar.  Algunos la están pasando bien, sin mayores sobresaltos, y otros están con la paciencia menguante, la aorta reventando  o como quieran llamarle. Enojados o sufriendo por la comunicación tirante y conflictiva que están experimentando entre sí. Comunicación que probablemente, ya es habitual desde hace mucho tiempo; pero que en el encierro, no cuenta con distracciones que atenúen su efecto.

Como en un laboratorio, esta cuarentena nos permite observar cómo somos con las personas que tenemos cerca, cómo nos hablamos, cómo nos tratamos. Las personas comunicamos pensamientos y también afectos a través del lenguaje, compuesto de palabras y también de gestos, movimientos y posturas corporales. Como ya lo han dicho los teóricos de la comunicación humana, toda conducta es comunicación. No hay manera de no comunicar. Aunque estemos callados, algo comunicamos con nuestro silencio. Entre aquellas cosas que comunicamos consciente o inconscientemente, está el afecto, el  tipo de relación que tenemos o queremos tener con la otra persona. No es lo mismo acompañar un “hola” con una mirada directa, que con los ojos mirando al piso, o perdidos en el horizonte a través de una ventana.

Virginia Satir, una de las principales figuras de la terapia familiar,  observó el malestar que se genera en las relaciones cuando nuestras palabras dicen una cosa y nuestros gestos y actitudes dicen otra. Es el famoso “si, pero no”. Te comprometes amablemente  a  secar los platos; pero no lo haces; y no precisamente por olvido.  Te dicen “te escucho”; pero siguen respondiendo mensajes en el celular mientras hablas. Satir le llama “doble mensaje” a estas incongruencias e identifica cuatro modalidades:  Está quien apacigua (para evitar que el otro se enoje); quien acusa (para responsabilizar al otro y pasar de acusado a acusador); quien calcula (usando grandes conceptos intelectuales para enmascarar vulnerabilidad) y quien distrae (ignorando situaciones que se perciben amenazantes, así se desvanecen en el tiempo). Satir observa  que las usamos  en nuestra comunicación, cuando tememos herir los sentimientos del otro o sus represalias, sentimos miedo a que se termine la relación, cuando no queremos condicionar al otro; pero también cuando no le otorgamos ninguna importancia a la relación. En cualquier caso, el resultado es una gran carga de malestar.

¿Ser directo es tan difícil?. Parece que sí. Está claro que lo es menos para quienes tienen una buena relación. Escucharnos más y mejor, generar bienestar en la convivencia, siguen siendo nobles y deseables propósitos para los que hace falta una fuerte dosis de valentía.

¿Te está costando dormir?

¿También a vos te está costando dormir en esta cuarentena? Nos está pasando a muchos. Nos acostamos y damos mil vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, unos se duermen enseguida; pero se despiertan muy temprano en la madrugada y no pueden volver a dormir. Otros se despiertan varias veces en la noche, por breves momentos, con el corazón a mil, con ansiedad. En estas condiciones de incertidumbre, peligro e impotencia, habría que estar totalmente escindido de la realidad, para no perder, en algo o en mucho, el sueño. Sin embargo, es vital mantenernos lo más sanos posible, física y mentalmente; así que, aunque no logremos dormir toda la noche, es posible descansar mejor el cuerpo y la mente. ¿Cómo?

La situación de largo encierro en nuestra casa, cambia nuestros hábitos. Nuestro contacto con el sol y el aire fresco se ha reducido, lo mismo que la actividad física fuera del hogar. En casa, estamos dividiendo nuestra atención entre varias actividades que atendemos de manera simultánea: la comida, los mensajes y requerimientos del trabajo, las conferencias online con amigos y familia, barrer, lavar la ropa, revisar redes, leer noticias, hacer el pedido al súper o salir, porque te toca, al mercadito, etc; cosas que hacemos siempre, pero en horarios designados para ello, en espacios distintos y con mayores niveles de ayuda. Además, como no vamos a salir de casa, a veces nos quedamos con ropa de dormir todo el día o hacemos muchas de nuestras actividades desde la cama o desde el sofá. Nuestras fichas están desordenadas y el cerebro se altera en sus ritmos.

Además del cambio de hábitos (que termina alterando nuestro cerebro y sueño), existe otro asunto de mayor peso todavía: La preocupación. Los pensamientos “terroristas”, que aprovechan la noche para angustiarnos como hacían nuestros fantasmas de infancia: “¿y si me contagio?”, “¿y si muero ahogado?”, “¿y si no tenemos de qué vivir?”, “¿y si me despiden?”, “¿y si no puedo pagar el crédito?”, “¿y si no tengo remedios en casa?”, “¿y si tengo que cerrar el negocio?”, “y si nos enfermamos todos en casa?”, etc, etc. La preocupación es hija de la incertidumbre y de la percepción de peligro. Los fantasmas que nos asaltan de noche, pueden llegar a ser situaciones a enfrentar el día de mañana, con mucha valentía; pero a las tres de la mañana es improbable resolverlas.

¿Ayuda si nos hacemos una rutina que ayude a regularizar los ritmos fisiológicos de sueño? Sí, ayuda mucho. Quizás quieras usar la noche para dormir y el día para estar activa/o; salir de la cama temprano y no volver a ella hasta la hora de acostarte; exponerte al sol y al aire de la mañana, definir horarios o momentos del día para tu higiene personal, la limpieza de la casa, la preparación de alimentos, el trabajo, el ejercicio físico, tu entretenimiento, información y tu descanso. Quizás quieras limitar tu tiempo en redes sociales y tu exposición a las noticias intranquilizadoras en horarios nocturnos e ir bajando el ritmo al acercarte a la hora de dormir con actividades más relajantes, música suave, alguna película, novela, lo que funcione para relajar tu cuerpo y distraer tu mente.

¿Con tener rutinas más sanas es suficiente? No, no lo es. Una rutina sana es necesaria; pero no es suficiente. Para dormir mejor en la noche, hay cosas que talvez sea necesario que resuelvas durante el día; pero no lo has hecho todavía, porque son cosas que quizá te provocan miedo, desconcierto o desagrado. Los fantasmas que nos agobian de noche, son aquellos a los que silenciamos de día. Aquellos problemas que pusimos bajo la alfombra con un “no quiero pensar en eso”, porque me asusta, no sé cómo resolverlo, o no me gusta lo que tengo que hacer para resolverlo. En toda situación crítica, hay mucho que está fuera de nuestro control, que no podemos transformar y sólo toca aceptar con humildad, cesando la lucha interna. Sin embargo, hay otras cosas que podemos remediar con ayuda de otros: problemas concretos, dificultades financieras, falta de medicamentos, de alimentos, quién vaya a cobrar un dinero al banco por mí, etc.

Si llevas noches sin poder dormir, con angustia, talvez quieras anotar la mañana siguiente, en una hoja de papel, tus miedos y preocupaciones nocturnos, y hacer una lista de posibles soluciones para cada uno, incluyendo en esa lista el hablar, desahogarte, consultar sugerencias y pedir ayuda a la gente que te quiere y a cualquier organización o institución que te pueda ayudar. Talvez sea necesario aprender habilidades que no tenemos; por ejemplo, hablar de nuestros problemas, consultar, pedir ayuda para temas que han sido nuestra responsabilidad, a nuestra pareja, nuestros hijos, amigos, a la familia o a personas extrañas que entiendan del asunto. Este es un tiempo en el que vamos a necesitarnos entre todos. Vamos a dar de nosotros y en muchos casos, tendremos que aprender a pedir y recibir.

Ser autosuficiente no es resolver todo sola o solo. Es proveerte de las personas y recursos que pueden ayudarte a resolver los problemas. No tenemos que estar solos en esto. ¡Un abrazo!

 

El mundo emocional de los profesores

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 35, octubre-diciembre de 2017)

“Contame cómo son tus profesores” le pedí a Camila el otro día en el consultorio. “El de matemáticas es muy malo. Afuera del curso, con los otros profes, es hecho el chistoso, pero en el curso, se enoja mucho con los compañeros que no pueden hacer los ejercicios. Los saca a la pizarra y les grita. Cuenta  ¡A la una!, ¡A las dos!, y ¡A las tres! ¡A su banco, punto en contra!”. “La de religión es buena, pero hacemos lo que nos da la gana en su clase. Le decimos Botitas, porque tiene unas botas chistosas. Pobre, la hacemos llorar”. “Al de sociales, no le importa nada. Nos pide que abramos el libro, leamos y contestemos las preguntas del capítulo. Las revisa en su mesa. Nos deja escuchar música si estamos callados. El revisa su Facebook en su mesa toda la hora y nos corrige de a uno, pero no enseña”. “El profesor de ciencias es el rey de los amargados. Su frase es ¡Son unos mediocres!, jamás sonríe y habla dentro de su boca”. “A la de física la queremos mucho y en su clase cuando explica la escuchamos, le entendemos bien, nos vuelve a explicar a cada uno cuando lo necesitamos y siempre la buscamos cuando tenemos problemas en el curso o ella se da cuenta si hemos peleado con nuestros padres o terminado con nuestro cortejo, se acerca y nos pregunta. Estoy aquí porque ella se dio cuenta que me estaba cortando con la cuchilla de mi tajador y les dijo a mis padres”.

Qué difícil es la tarea del docente, pensaba yo mientras escuchaba a Camila. Uno tiene un contenido de materia para enseñar, que es el currículo, tiene métodos y herramientas didácticas, pero enseñar no es sólo transmitir conocimiento académico. El docente está frente a niños y jóvenes que pasan con él seis horas o  más cada día, como doscientos días al año, por 14 años. Se quiera o no, en este tiempo se transmiten y se forman competencias para la vida. El trabajo del docente consiste en interacciones, relaciones personales y comunicación. Más allá de los temas del currículo y los métodos, el docente enfrenta cada día problemas que no son de aprendizaje, pero lo afectan: inasistencia, falta de interés y motivación de los estudiantes, conductas agresivas, inadecuadas relaciones interpersonales y otras situaciones que generan un ambiente que no favorecen su labor ni su estabilidad emocional. Debe tomar en cuenta tanto las capacidades generales y específicas de aprendizaje de sus alumnos, como sus habilidades socioafectivas.  Como si esto fuera poco, el docente enfrenta también otras fuentes de estrés en el trabajo: la relación con los padres, con los colegas y con los directivos, que no pocas veces resultan siendo muy conflictivas. ¿Con quién habla el docente de las emociones difíciles y los desafíos personales que le genera el trabajo?. “No es fácil, me decía un profesor, se supone que estar al mando de niños y muchachos requiere estabilidad emocional. Hablar de problemas psicológicos es casi una declaración de incompetencia”. “tenemos como cualquier otro ser humano, miles de problemas afuera, en casa, con nuestras familias. Vivimos crisis como cualquiera, de salud, nos divorciamos y sufrimos, muerte de seres queridos, hijos con problemas, quiebras económicas, problemas con la ley…y todo eso debe quedar afuera del colegio, no se debe ni notar, no debe afectar, pero sí afecta y sólo nos entendemos entre algunos colegas”. El estrés generado por las condiciones intrínsecas de la labor docente como por las problemáticas particulares de vida externa generan tanto problemas físicos como psicológicos. A nivel físico, son comunes los problemas cardiovasculares, respiratorios, lumbalgias, cervicalgias, úlceras, etc. A nivel psicológico, ansiedad, insatisfacción laboral, baja de productividad, desarrollo de rutinas del mínimo esfuerzo y disfrute, ausentismo, depresión, adicciones, entre otros. Estos problemas, afectan tanto la salud y calidad de vida del docente, como su desempeño laboral.

El cuidado de la salud mental del docente requiere ser mirado con más interés, primero, porque es un derecho humano y los docentes son seres humanos, con sueños, familias, presiones, emociones, modos de pensar y circunstancias humanas. En segundo lugar, pero no menos importante, porque la educación de nuestras juventudes depende en gran parte de su manera de ser (ojo, no dije de cuánto sabe). Un profesor que no se siente bien o que no lidia constructivamente con las dificultades de la vida, tiene menor tolerancia a la frustración, agrede en distintas formas, evita responsabilidades, oscila entre el autoritarismo y la gran permisividad, es hipersensible a las circunstancias y se conduce de forma tal en el aula que perjudica el aprovechamiento y motivación de los alumnos. Además, no se siente bien.

Daniel Goleman a lo largo de su obra, habla de la inteligencia emocional y del desarrollo de competencias en esta área. Sugiere la formación de los docentes en habilidades como la conciencia de uno mismo o capacidad de reconocer las emociones propias y la necesidad personal de donde surgen, la autoregulación o manejo adecuado de las emociones para facilitar la tarea y evitar que se conviertan en un obstáculo, la motivación o la claridad de nuestros propósitos mayores, que nos ayuda a perseguir nuestros objetivos de manera más eficaz y perseverar a pesar de los contratiempos, la empatía que nos permite entender e importarnos por las emociones y necesidades de los demás, las habilidades sociales o la capacidad de relacionarnos fluidamente con los otros y el sentido de alta estima y competencia, que no es más (ni menos) que la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

El docente debiera tener  las oportunidades para desarrollar estas competencias tanto en su período de formación inicial, como a lo largo de su carrera, en formación continua, pero fundamentalmente, el  interés por trabajarse personalmente debe surgir de él mismo, de un compromiso propio, una decisión de mejorar su calidad de vida tomando en cuenta su mente; es decir, lo que piensa y siente en la vida, que es su recurso más importante. Hoy en día, asistir a talleres de desarrollo personal es una opción cada vez más válida, consultar con un psicólogo cada vez más accesible, atenderse por adicciones, depresión o ansiedad con un psiquiatra es posible. Se puede estar  y trabajar mejor. Sigmund Freud definió la salud como la capacidad de amar y trabajar.  Si pensamos en nuestros pensamientos y emociones como en una especie de jardín, debemos aprender a cultivar en él, las más bellas flores.

Obesidad, la compulsión por la comida

El otro día me preguntaban sobre la obesidad, de si el problema del malestar con la misma es o no sólo una cuestión de estereotipos sociales con respecto a las figuras físicas ideales. Valga dejar por sentado que todos somos merecedores de amor y respeto al margen de cualquier característica física. Por supuesto que el malestar no es sólo por eso. Hay una cuestión de salud, de comodidad, de satisfacción personal relacionada con el peso.

No poder sentarse  cómodamente en un asiento o caminar sin fatigarse a los diez pasos, sufrir dolores de rodillas, cadera, articulaciones, problemas cardiovasculares y otros contratiempos de salud generados por el sobrepeso disminuyen la calidad de vida y ponen en riesgo la misma. Igualmente, existen factores de tipo emocional y de comportamiento  determinantes de nuestras compulsiones y si hay sobrepeso es porque tenemos una manera de comer compulsiva.

Si comemos grandes cantidades y volúmenes de comida  sin tener hambre, sabiendo que nos hace mal, pero sin poder evitarlo,  quiere decir que estamos usando la comida como una droga, para anestesiarnos de cualquier situación que estemos viviendo que nos genere sentimientos y sensaciones físicas de incomodidad o desagrado. Comida para calmar el nerviosismo y la ansiedad, comida para calmar el aburrimiento, comida para calmar la tristeza, comida para calmar el dolor por el rechazo, comida para calmar la soledad, comida para calmar el deseo, comida para calmar la angustia, comida para cambiar las emociones que se nos generan frente a cualquier contratiempo o carencia. Bajar de peso es importante, pero no es lo único que hay que resolver. Es deseable aprender a lidiar con la carencia, con las sensaciones desagradables en el cuerpo que finalmente, vienen y van.

La vida por otro lado, tiene cosas lindas, pero también mucho de lo que no nos acomoda y que nos genera vacío, cuando no intenso dolor. Es inevitable. Anestesiarnos comiendo compulsivamente sólo le añade más dificultades a nuestra existencia. Busquemos mirar  y hablar de aquello que nos duele. Vamos a aceptar lo inevitable y continuar despiertos para aprovechar  lo disfrutable en el aquí y ahora, pero de lo que nos hace bien. Geneen Roth, autora de “Cuando la comida sustituye al amor” dice: “El peso es lo que sucede cuando usas la comida para allanarte la vida”. Es paradójico, pero moverse del malestar hacia el bienestar, requiere muchas veces saber vivir con la carencia.

Relaciones nutritivas

“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.

Seguridad, satisfacción y conexión

Ayer, durante mi trote acostumbrado en el parque de siempre, al pasar alcancé a escuchar la discusión de una pareja que estaba sentada en uno de los bancos: “¿Qué necesitas?”, le preguntaba él con impaciencia. “Lo que siempre te pido”, le contestaba ella. “¿Pero qué?” volvía a preguntar él. Cinco trancos más allá ya había “perdido señal” de su conversación, pero me imaginé que no hablaban de ropa o comida, sino de necesidades afectivas. Me quedé pensando, ¿qué necesitamos las personas a nivel emocional para sentirnos bien?.  Me gusta Hanson, cuando dice: Seguridad, satisfacción y conexión.

La sensación de seguridad es muy básica y se relaciona con nuestra sobrevivencia. Nos sentimos fuertes, protegidos, relajados y calmados cuando lidiamos bien con las amenazas y desafíos de la vida. Sin embargo,  a veces vivimos circunstancias “peligrosas”, en el trabajo, en alguna relación, con la salud, de tipo legal, etc., que pueden hacernos sentir amenazados, con un alto grado de ansiedad, enojo e impotencia. Además, si somos de temperamento sensible, ansioso e irritable, mantenemos el cuerpo en alarma permanente,  amplificando la sensación de desprotección y peligro.

La necesidad de satisfacción tiene que ver con el disfrute de la vida, en lo grande y en lo chico. Si está cubierta, nos sentimos agradecidos, contentos y exitosos, pero hay períodos en que nos sentimos decepcionados, frustrados, con falta de disfrute. Nos pasa cuando lidiamos con grandes pérdidas en la vida o con grandes obstáculos que impiden el alcance de nuestros objetivos.

La necesidad de conexión se satisface cuando nos sentimos bien en la mayoría de nuestras relaciones, cuando nos sabemos incluidos, vistos, apreciados y amados la mayor parte del tiempo. La inseguridad y conflicto en las relaciones genera dolor. La sensación de rechazo, de ser dejado de lado o maltratado por otros, duele, además de generar sentimientos de celos, envidia o inadecuación personal

Buscar seguridad, satisfacción y conexión en la vida, es esencial. Es bueno mirar de cuál de ellas nos tenemos que encargar un poco más. Para sentirnos más seguros, decidir cuidarnos, aprender a calmarnos, desarrollar coraje para enfrentar y resolver problemas. La gratitud, motivación y aspiración, son herramientas que nos apoyan a lograr satisfacción en el día a día. Finalmente, pero no en último lugar, afinamos la conexión cuando desarrollamos la confianza, la intimidad y el servicio a los demás. ¿Qué necesitaría la chica del parque?.

Refugio de paz

Hace varios años, en un seminario de desarrollo personal que tomé, hicimos un ejercicio de visualización en el que creábamos con la mente, un lugar especial. Poníamos en él todos los elementos que nos hacían sentir protegidos, nos conectaban con gente querida, nos divertían y nos inspiraban.

Mi atención es muy dispersa, fue de verdad un desafío mantenerme en el ejercicio, a ojos cerrados, de pie, pero en movimiento en medio de un salón, “construyendo” este espacio imaginario. Nunca pensé entonces, que ese lugar iba a ser mi refugio mental los próximos años. Vuelvo a él cada vez que la confusión, la incertidumbre, el dolor, la duda y la inquietud saturan mi mente. Es una práctica meditativa, dinámica. Me conforta, me conecta con mis mayores niveles de conciencia, me inspira. Siempre me ayuda.

La sensación de refugio interno es uno de los recursos emocionales más importantes que podemos desarrollar. Como es una sensación, la creamos poniendo nuestra atención o trayendo a nuestra mente algo que sea una fuente de protección, que nos haga sentir nutridos, que nos levante el ánimo, que nos inspire.

¿En qué hallas refugio?: “En la naturaleza y todas sus expresiones”, “en el silencio”, “en la música”, “en su abrazo largo y apretado”, “en la sabiduría expresada en los libros”, “en la oración”, “en las largas caminatas conversando con mi amiga”, “en la fotografía”, “en la danza”, “en la imagen de mi niño durmiendo”, “en el olor de la cocina de mi abuela”, “en los ojos mansos de mi esposo”, “en su recuerdo”, “en el amor que siento». Para cada uno de nosotros, es una persona, una vivencia, un lugar particular. Encontrarlo, saborearlo, internalizarlo diariamente, nos ayuda a reponer fuerzas y mirar al horizonte con mayor serenidad.

¿Es fácil para vos traer a tu mente cosas que te den la sensación de protección, te conforten, alimenten e inspiren?. ¿En qué hallas refugio?.

Sobre preservar y cuidar

Publicado en El Deber el 26 07 2016

Siempre he admirado a las personas capaces de preservar lo que consideran importante en su vida, sea esto tiempo, energía, salud, relaciones o dinero. La sensación de protección es una de las necesidades afectivas básicas que tenemos y es difícil sentirse tranquilo ante la falta de cualquiera de estos recursos. A diferencia de lo que implica iniciar o finalizar cosas, preservar es tomar lo ya existente en la vida, nutrirlo, mantenerlo y hacerlo crecer. Hay personas conservadoras por naturaleza, otras somos como el viento, de nacimiento. Nos cuida algún tipo de providencia más que nosotros mismos.

Preservar lo importante requiere tener claro cuáles son nuestras prioridades, ser conscientes de cómo usamos nuestro tiempo, a qué le damos nuestra atención, qué nos consume, cómo protegemos nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestro sueño, nuestro dinero, qué tanto valoramos y cuidamos nuestras relaciones, nuestras opciones. Preservar es tomar decisiones y acciones que conserven y distribuyan lo que tenemos de manera que sea bueno para nosotros y los demás. Es calcular el trecho y dosificar el gasto, para llegar a la meta.

No se cómo andas en el tema de preservar lo tuyo, pero en lo personal es algo que tengo que aprender día a día. En parte sigo teniendo la creencia de que lo conservador es una camisa de fuerza que quita oxígeno y libertad en la vida y la hace muy aburrida. Ser un vendaval ha sido un viaje mucho más divertido, rápido, interesante y apasionado. Sin embargo, algunos golpes sí me han quitado lo bailado, contrariamente a lo que dice una trillada frase. Con el tiempo, siempre podemos mejorar nuestra capacidad de hacer planes y de mantenernos en ellos para que sucedan en nuestra vida las cosas importantes. Nos es útil la práctica frecuente de revisar prioridades, chequear recursos y administrar energías. Todavía, por cierta naturaleza impulsiva, no salirme del plan o no desordenarme a momentos, es algo imposible. Necesito el oxígeno de lo novedoso y de la improvisación. Por eso, entre la necesidad de libertad y la de preservarme, he acordado conmigo misma el único plan posible de cumplir en última instancia: volver a la ruta, tan pronto tome conciencia de que me fui por la tangente (por no decir otra cosa). No es perfecto, pero es mejor.

 

Sobrevivir al trauma

Publicado en El Deber el 22 07 2017

Hay experiencias tan violentas, que nos parten la vida en dos y el alma en mil pedazos. Quedamos suspendidos, penando, entre lo que nuestra vida fue antes del cataclismo y lo que no ha llegado todavía a ser. Se supone que estaremos mejor algún día, pero no sabemos cuándo terminaremos de recoger todos nuestros pedazos ni lo que seremos allá, del otro lado, una vez rearmados. Eventos como exposición a la muerte, amenaza o asalto físico real o violencia sexual, lesiones graves, ser secuestrado, torturado, encarcelado, desastres naturales o accidentes de tráfico, pueden dejarnos una sensación de inseguridad permanente, con oleadas de recuerdos angustiosos de lo vivido, involuntarios y recurrentes que aparecen durante el día en cualquier momento o mientras dormimos, en pesadillas. Angustia, sobresaltos exagerados, problemas de concentración, irritabilidad, comportamiento autodestructivo, desgano o depresión, son los síntomas característicos del llamado trastorno de estrés post traumático.

Llamamos trauma psíquico al daño o sufrimiento resultante de una experiencia que resultó muy fuerte para la persona. Afecta tanto a niños, como a adultos. En el momento traumático, reaccionamos instintivamente con sobrexcitación o con bloqueo por impotencia. Esa sensación, se registra y sella en el cuerpo y como toda memoria es corporal, ese malestar físico y psíquico, se revive una y otra vez posteriormente. Es común evitar buscar ayuda, porque es desagradable hablar y contactar con estas emociones y sensaciones, pero ayuda es justamente lo que tenemos que buscar. Ayuda de la gente que nos quiere y nos escucha bien, de grupos de apoyo, de profesionales de la salud mental. Los síntomas son esperables en circunstancias así, no son locura ni debilidad. No es fácil volver a la rutina y a tomar control de la vida propia, pero es bueno hacerlo gradualmente. Lo sucedido no es culpa de uno, ¿quién puede controlarlo todo? Hablar con alguien más de los sentimientos de culpa, rabia, miedo y frustración nos ayuda a sanar y a renacer.