Seguridad, satisfacción y conexión

Ayer, durante mi trote acostumbrado en el parque de siempre, al pasar alcancé a escuchar la discusión de una pareja que estaba sentada en uno de los bancos: “¿Qué necesitas?”, le preguntaba él con impaciencia. “Lo que siempre te pido”, le contestaba ella. “¿Pero qué?” volvía a preguntar él. Cinco trancos más allá ya había “perdido señal” de su conversación, pero me imaginé que no hablaban de ropa o comida, sino de necesidades afectivas. Me quedé pensando, ¿qué necesitamos las personas a nivel emocional para sentirnos bien?.  Me gusta Hanson, cuando dice: Seguridad, satisfacción y conexión.

La sensación de seguridad es muy básica y se relaciona con nuestra sobrevivencia. Nos sentimos fuertes, protegidos, relajados y calmados cuando lidiamos bien con las amenazas y desafíos de la vida. Sin embargo,  a veces vivimos circunstancias “peligrosas”, en el trabajo, en alguna relación, con la salud, de tipo legal, etc., que pueden hacernos sentir amenazados, con un alto grado de ansiedad, enojo e impotencia. Además, si somos de temperamento sensible, ansioso e irritable, mantenemos el cuerpo en alarma permanente,  amplificando la sensación de desprotección y peligro.

La necesidad de satisfacción tiene que ver con el disfrute de la vida, en lo grande y en lo chico. Si está cubierta, nos sentimos agradecidos, contentos y exitosos, pero hay períodos en que nos sentimos decepcionados, frustrados, con falta de disfrute. Nos pasa cuando lidiamos con grandes pérdidas en la vida o con grandes obstáculos que impiden el alcance de nuestros objetivos.

La necesidad de conexión se satisface cuando nos sentimos bien en la mayoría de nuestras relaciones, cuando nos sabemos incluidos, vistos, apreciados y amados la mayor parte del tiempo. La inseguridad y conflicto en las relaciones genera dolor. La sensación de rechazo, de ser dejado de lado o maltratado por otros, duele, además de generar sentimientos de celos, envidia o inadecuación personal

Buscar seguridad, satisfacción y conexión en la vida, es esencial. Es bueno mirar de cuál de ellas nos tenemos que encargar un poco más. Para sentirnos más seguros, decidir cuidarnos, aprender a calmarnos, desarrollar coraje para enfrentar y resolver problemas. La gratitud, motivación y aspiración, son herramientas que nos apoyan a lograr satisfacción en el día a día. Finalmente, pero no en último lugar, afinamos la conexión cuando desarrollamos la confianza, la intimidad y el servicio a los demás. ¿Qué necesitaría la chica del parque?.

Refugio de paz

Hace varios años, en un seminario de desarrollo personal que tomé, hicimos un ejercicio de visualización en el que creábamos con la mente, un lugar especial. Poníamos en él todos los elementos que nos hacían sentir protegidos, nos conectaban con gente querida, nos divertían y nos inspiraban.

Mi atención es muy dispersa, fue de verdad un desafío mantenerme en el ejercicio, a ojos cerrados, de pie, pero en movimiento en medio de un salón, “construyendo” este espacio imaginario. Nunca pensé entonces, que ese lugar iba a ser mi refugio mental los próximos años. Vuelvo a él cada vez que la confusión, la incertidumbre, el dolor, la duda y la inquietud saturan mi mente. Es una práctica meditativa, dinámica. Me conforta, me conecta con mis mayores niveles de conciencia, me inspira. Siempre me ayuda.

La sensación de refugio interno es uno de los recursos emocionales más importantes que podemos desarrollar. Como es una sensación, la creamos poniendo nuestra atención o trayendo a nuestra mente algo que sea una fuente de protección, que nos haga sentir nutridos, que nos levante el ánimo, que nos inspire.

¿En qué hallas refugio?: “En la naturaleza y todas sus expresiones”, “en el silencio”, “en la música”, “en su abrazo largo y apretado”, “en la sabiduría expresada en los libros”, “en la oración”, “en las largas caminatas conversando con mi amiga”, “en la fotografía”, “en la danza”, “en la imagen de mi niño durmiendo”, “en el olor de la cocina de mi abuela”, “en los ojos mansos de mi esposo”, “en su recuerdo”, “en el amor que siento». Para cada uno de nosotros, es una persona, una vivencia, un lugar particular. Encontrarlo, saborearlo, internalizarlo diariamente, nos ayuda a reponer fuerzas y mirar al horizonte con mayor serenidad.

¿Es fácil para vos traer a tu mente cosas que te den la sensación de protección, te conforten, alimenten e inspiren?. ¿En qué hallas refugio?.

Sobre preservar y cuidar

Publicado en El Deber el 26 07 2016

Siempre he admirado a las personas capaces de preservar lo que consideran importante en su vida, sea esto tiempo, energía, salud, relaciones o dinero. La sensación de protección es una de las necesidades afectivas básicas que tenemos y es difícil sentirse tranquilo ante la falta de cualquiera de estos recursos. A diferencia de lo que implica iniciar o finalizar cosas, preservar es tomar lo ya existente en la vida, nutrirlo, mantenerlo y hacerlo crecer. Hay personas conservadoras por naturaleza, otras somos como el viento, de nacimiento. Nos cuida algún tipo de providencia más que nosotros mismos.

Preservar lo importante requiere tener claro cuáles son nuestras prioridades, ser conscientes de cómo usamos nuestro tiempo, a qué le damos nuestra atención, qué nos consume, cómo protegemos nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestro sueño, nuestro dinero, qué tanto valoramos y cuidamos nuestras relaciones, nuestras opciones. Preservar es tomar decisiones y acciones que conserven y distribuyan lo que tenemos de manera que sea bueno para nosotros y los demás. Es calcular el trecho y dosificar el gasto, para llegar a la meta.

No se cómo andas en el tema de preservar lo tuyo, pero en lo personal es algo que tengo que aprender día a día. En parte sigo teniendo la creencia de que lo conservador es una camisa de fuerza que quita oxígeno y libertad en la vida y la hace muy aburrida. Ser un vendaval ha sido un viaje mucho más divertido, rápido, interesante y apasionado. Sin embargo, algunos golpes sí me han quitado lo bailado, contrariamente a lo que dice una trillada frase. Con el tiempo, siempre podemos mejorar nuestra capacidad de hacer planes y de mantenernos en ellos para que sucedan en nuestra vida las cosas importantes. Nos es útil la práctica frecuente de revisar prioridades, chequear recursos y administrar energías. Todavía, por cierta naturaleza impulsiva, no salirme del plan o no desordenarme a momentos, es algo imposible. Necesito el oxígeno de lo novedoso y de la improvisación. Por eso, entre la necesidad de libertad y la de preservarme, he acordado conmigo misma el único plan posible de cumplir en última instancia: volver a la ruta, tan pronto tome conciencia de que me fui por la tangente (por no decir otra cosa). No es perfecto, pero es mejor.

 

Sobrevivir al trauma

Publicado en El Deber el 22 07 2017

Hay experiencias tan violentas, que nos parten la vida en dos y el alma en mil pedazos. Quedamos suspendidos, penando, entre lo que nuestra vida fue antes del cataclismo y lo que no ha llegado todavía a ser. Se supone que estaremos mejor algún día, pero no sabemos cuándo terminaremos de recoger todos nuestros pedazos ni lo que seremos allá, del otro lado, una vez rearmados. Eventos como exposición a la muerte, amenaza o asalto físico real o violencia sexual, lesiones graves, ser secuestrado, torturado, encarcelado, desastres naturales o accidentes de tráfico, pueden dejarnos una sensación de inseguridad permanente, con oleadas de recuerdos angustiosos de lo vivido, involuntarios y recurrentes que aparecen durante el día en cualquier momento o mientras dormimos, en pesadillas. Angustia, sobresaltos exagerados, problemas de concentración, irritabilidad, comportamiento autodestructivo, desgano o depresión, son los síntomas característicos del llamado trastorno de estrés post traumático.

Llamamos trauma psíquico al daño o sufrimiento resultante de una experiencia que resultó muy fuerte para la persona. Afecta tanto a niños, como a adultos. En el momento traumático, reaccionamos instintivamente con sobrexcitación o con bloqueo por impotencia. Esa sensación, se registra y sella en el cuerpo y como toda memoria es corporal, ese malestar físico y psíquico, se revive una y otra vez posteriormente. Es común evitar buscar ayuda, porque es desagradable hablar y contactar con estas emociones y sensaciones, pero ayuda es justamente lo que tenemos que buscar. Ayuda de la gente que nos quiere y nos escucha bien, de grupos de apoyo, de profesionales de la salud mental. Los síntomas son esperables en circunstancias así, no son locura ni debilidad. No es fácil volver a la rutina y a tomar control de la vida propia, pero es bueno hacerlo gradualmente. Lo sucedido no es culpa de uno, ¿quién puede controlarlo todo? Hablar con alguien más de los sentimientos de culpa, rabia, miedo y frustración nos ayuda a sanar y a renacer.

Tiempo para quererse

 “Mi alma está hoy triste hasta el cuerpo. Todo yo me duelo, memoria, ojos y brazos. Hay una especie de reumatismo en todo lo que soy”. Catalina eligió estas palabras de Pessoa para contarme que estaba con penas por desamor. “La palabra feliz me pone triste”, remató.

Una amiga me preguntaba el otro día si yo, por mi oficio, sabía cómo salir victoriosa de las penas y angustias de la vida.  Convencida, le confié que la psicología me ha salvado muchas veces de vendavales emocionales, pero que claramente, no inmuniza ni contra la insensatez ni contra el dolor. Así que, no.  A veces no he sabido salir, ni mucho menos evitar entrar en los entuertos afectivos. Esta vida es siempre un desafío.

En algún momento, la tristeza es territorio habitado por todos y aun cuando nos pega duro, es posible “mantenerse bien” con ella adentro, atravesar el desasosiego con un corazón sabio que sin negar el sentimiento, brinde calidez y máximos cuidados al alma y al cuerpo. Menos zen, pero igual de atinada, entre sus consejos para “atravesar la pena”  mi madre diría: “Usted se levanta igual, hace la cama y se va a trabajar”. “Se ducha largo, se  pone crema y perfuma, aunque no tenga ganas”.  “Come sano y mueve el cuerpo”, aconsejan mis amigos, los atletas.  “Desembarga la voz, nos cuenta qué le pasa y se ríe de sus desatinos”, dirían mis amigas. “Un clavo saca otro clavo”, dirían mis amigos, con esa vana esperanza que distrae, pero no remedia. “Cambie las gafas oscuras con las que ve el mundo, por otras más claras” está escrito en manuales de autoayuda. “Dejate abrazar y apapachar mucho”, me dicen los que de verdad me quieren. “Aprovecha para interrogar tu malestar y aprender más de ti” dirían mis maestros de meditación. “Llorá todo lo que quieras, pero cuando tengas ganas de reírte, dale permiso a las carcajadas”, de mi cosecha… así le iba pasando los “tips” a Catalina cuando me preguntó si ya había escrito esta semana mi columna sobre aprender a ser feliz. Debí haberle puesto otro nombre a la bendita columna, pensé. “De esta semana no paso…es que en estos días, la palabra feliz, también me pone triste” respondí. Calma corazón. Calma.

 

Derechos de todos los tiempos

Publicado en El Deber, 31 05 2017.

En esta búsqueda de respuesta a preguntas existenciales, he estado leyendo sobre los chakras y aun sabiendo que el tema no tiene sustento científico, encontré algunas cosas provechosas.  Según el hinduismo,  los chakras  son centros de energía situados en el cuerpo. Chakram es una palabra sánscrita que significa círculo o disco. El concepto de Chakra, proveniente del sistema ancentral yóguico de la India, habla de siete discos giratorios de actividad para la recepción, asimilación y transmisión de energías vitales. Tendríamos siete chakras mayores, ubicados en correspondencia a distintos lugares de nuestra columna vertebral  y sistema endócrino.

En el camino de la lectura, me encontré con el interesante planteamiento de siete derechos fundamentales que, según afirman A. Judith y S. Vega, nos corresponden por nacimiento. Derechos  que las circunstancias de la vida pueden y suelen infringir. Infracciones estas que, por exceso o por deficiencia, bloquearían alguno o varios de nuestros chakras, generando malestar y enfermedad. Por si quiere revisar cómo anda con ellos, éstos derechos son: Derecho a tener o a recibir lo necesario para sobrevivir: alimento, vestido, salud, ambiente sano y contacto físico. Derecho a sentir y desear: permitir las emociones, dar y recibir placer deliberadamente, contacto físico, vitalidad, sexualidad, tocar y acariciar. Derecho a hacer: accionar con sentido y propósito personal, con vocación, en libertad, sin sometimiento. Derecho a amar y ser amado: paciencia, tolerancia, compasión, respeto y empatía. Derecho a decir: expresarse y ser comprendido, decir y ser escuchado. Derecho a ver: percepción y visión clara de las circunstancias, discernimiento sobre lo que se ve. Derecho a saber: información, educación y conocimiento.

La experiencia humana es tan similar, que el tema de los centros energéticos podrá ser discutido, pero que el no ejercicio de cualquiera de estos derechos, nos provoca intenso malestar y puede llegar a enfermarnos, parece cierto en todas las latitudes y épocas.

Arte nuestro

Publicado en El Deber, 17 05 2017

El acto de crear o de producir algo que no existía antes es particularmente humano. Como especie –dice Mercedes Gysin-Capdevida– necesitamos crear; tenemos aptitud para inventar, producir, transformar, como condición natural. “…El ser humano crea su mundo, en el mundo. No hay, pues, un ser humano carente de creatividad”. Desde tiempos ancestrales transformamos nuestro entorno, lo enriquecemos, pintamos, adornamos, inventamos melodías y contamos historias.

Con la palabra, la imagen, el sonido, el objeto y el cuerpo expresamos, de forma muy particular, los sentimientos de pena, duelo, alegría; resaltamos lo que nos agrada o nos desagrada; lo que deseamos y lo que rechazamos. En las obras de arte, dice Hegel, están depositados los más íntimos pensamientos y las más ricas intuiciones de los pueblos. No sé si tanto así de los pueblos, con seguridad los del artista. Pienso que este, en tanto productor de una pregunta novedosa, está mucho más allá de su pueblo. Es tan grande la fuerza de una pieza artística, que franquea fronteras, lenguas y épocas. La Venus, de Willendorf; L´homme qui marche, de Giacometti; El Grito, de Munch; El Taj Mahal; la foto del niño acechado por un buitre, de Kevin Carter; la obra de teatro Romeo y Julieta; la novela El Quijote, de Cervantes, son algunos ejemplos de la trascendencia en geografía, idioma y tiempo del arte. La pieza es el símbolo; el alma humana, lo simbolizado.

Toda obra de arte es un intento de comunicar. Una actividad en la que trabajo y juego son lo mismo. La terapia con niños me encanta. Cuando sacan la caja de juguetes, crean su mundo, en el mundo. Lo inventan, como les gustaría que sea. Cuando adultos, estamos en silencio frente a una obra de arte, sea foto, teatro, danza, poesía o novela, disparamos un recuerdo; algo de lo vivido se nos mueve adentro y, a la vez, recibimos una propuesta, una novedad, una manera diferente y más estética de hacer o de ser. Aún más, recibimos una confrontación, una pregunta, que induce a crear en nuestra vida escenarios más vitales.

Agradecer deliberadamente

Escuché por ahí que no se puede sentir infelicidad y gratitud a la vez.  Tristeza y gratitud, si, pero no infelicidad. La gratitud es el ejercicio mental voluntario de buscar y reconocer  lo lindo y bueno que está presente en nuestras vidas y experiencias.  Es un ejercicio que produce un estado emocional placentero y de paz, nos motiva, desarrolla nuestra resiliencia, compasión, generosidad, optimismo.  Cultivar una “actitud de gratitud” como hábito diario, nos hace menos dependientes de las condiciones externas para desarrollar un sentido interno de felicidad.

La realidad es un collage de experiencias  beneficiosas, neutras y también dañinas. La naturaleza del agradecimiento, tiene que ver con apreciar lo dulce, sin negar lo amargo, con abrirse a los placeres disponibles, sin resistirse al dolor. Es sobre todo cuando estamos “tomados” por la pena, que se hace difícil apreciar lo bueno que también tenemos. Muere una persona que amamos, se aleja de nosotros  alguien que nos acompañaba y alegraba los días, perdemos todo en un desastre natural o en un accidente, enfermamos de algo severo, alguien nos lastima o ante cualquier otra pérdida significativa, nuestro pensamiento encalla en el vacío y el cuerpo en el dolor. Es como si el amor se interrumpiera y al decir de Bernardo Ferrando, “el amor interrumpido se puede transformar en resentimiento”, que nos consume. La gratitud es el movimiento contrario, es el amor que no se interrumpe, ni por la presencia de situaciones adversas.

Especialmente en esas circunstancias, es cuando mejor nos hace buscar las cosas por las que estamos agradecidos en este día, los regalos de la vida, desde lo más superficial hasta lo más profundo. Traer al pensamiento todo lo que me apoya y de lo que disfruto, es el mayor calmante del dolor emocional. Agradecer deliberadamente, esa es la práctica sugerida, hacer que busques y que recibas lo bueno.

Nuestra torre de Babel

La torre de Babel es una fábula bíblica que relata el mítico nacimiento de más de 7000 idiomas diferentes en el mundo y la confusión inherente a la comunicación humana. Cuenta la tradición que originalmente había un pueblo que hablaba la misma lengua y que, pudiendo comunicarse muy bien y sabiendo cocer ladrillos al fuego, construyó una gran edificación de varios pisos que pretendía elevarse hasta el cielo. Enojándose Dios por tamaña soberbia, y temiendo que nada pudiese detenerlos dada su perfecta comunicación, decidió castigar a esos hombres confundiendo su lenguaje, haciendo que no se entendieran unos a los otros. Ese fue el fin de la construcción y del intento humano de llegar al cielo.

Cuando era chica, las películas de la confusión comunicacional de los humanos en la Torre de Babel, me divertían. Hoy en día, no veo tan graciosa la maraña de argumentos en la que nos enredamos con la gente que nos rodea. La comunicación es una facultad y una necesidad humana. Si no compartimos lo que pensamos y lo que sentimos, no logramos lo que necesitamos ni construimos algo mejor. Nada nos frustra y duele más, que no poder entendernos. Sabemos hablar y gesticular con propósito desde que tenemos dos años y hasta siendo ciegos o sordos, estamos equipados para recibir los mensajes de los otros, pero no siempre nos queremos entender, porque entendernos implica manejarnos con una lógica distinta. No se trata de que escuches mi argumento anulando el tuyo. No se trata de ceder ante tu idea ni de imponerte la mía. No eres vos “o” yo. Comunicarnos bien, se trata de vos “y” yo. No se trata de ver qué excluimos, sino de ver cómo diablos incluimos lo tuyo y lo mío, para sabernos, pero también, para construir algo nuevo que nos haga bien a vos y a mí.

Cuando sigues hablando ignorando lo que digo, cuando grito para que te calles y me escuches, cuando te digo que es estúpido lo que piensas y cuando simplemente no acusas recibo, estamos en la torre de Babel. Está dicho desde tiempos inmemoriales, vos o yo, no llegamos a ningún lado. Vos y yo, tomamos el cielo por asalto.

(Publicado en El Deber 26 04 2017)

Humanos somos

 

Mejor nos va cuando aceptamos con amor, que humanos somos y que los otros, también se enredan y sufren, como nosotros.

Sabemos lo que es sufrir. Todos hemos sentido en el cuerpo ese desagrado y ese dolor, a veces leve y otras, tan fuerte que pone nuestra vida en paréntesis. Una parte de nuestro sufrimiento es inevitable, viene de pérdidas y catástrofes que la vida trae porque quiere. Otra parte pareciera causada por nuestras propias decisiones o nuestras maneras de ser y pensar. Sea uno u otro el caso, todos sufrimos, todos nos equivocamos, todos vivimos situaciones de las que no tenemos idea cómo salir.

La compasión con nosotros mismos cuando sufrimos, hace mucha diferencia en nuestra experiencia. Compasión no significa para nada anclarse en la queja o evadir la responsabilidad de resolver los propios asuntos. Significa más bien tratarnos con calidez y cuidado, con comprensión y sobre todo, con mucho deseo de ayudarnos. Esta mirada y atención cariñosa, nos protege contra el estrés, crea una intención clara de acción, nos ayuda a recuperarnos de situaciones dolorosas, nos hace valorarnos, aprender y mejorar nuestro desempeño después de los fracasos, nos aquieta la rabia y nos deprime menos.

He hablado con mucha gente que atravesando por estos momentos difíciles, aumenta su preocupación y agitación criticándose y juzgándose negativamente por no poder o no saber cómo calmar su situación dolorosa. Yo misma lo he hecho conmigo en muchas ocasiones, sin entender que de éstas no se sale a palo, sino a fuerza de amabilidad con uno mismo. No estoy hablando de aumentar o mejorar la autoestima, porque no tiene nada que ver con eso. Mucha gente puede sin problemas, reconocer una larga lista de sus cualidades y sin embargo, sufrir o estar entrampada en situaciones dolorosas para las que no encuentra salida. Hablo del amor compasivo, de la preocupación cálida y amorosa por uno mismo, la actitud de entender las propias limitaciones y querer ayudarse.

“Me importas, te incluyo, te veo, te aprecio.”