Tiempo para quererse

 “Mi alma está hoy triste hasta el cuerpo. Todo yo me duelo, memoria, ojos y brazos. Hay una especie de reumatismo en todo lo que soy”. Catalina eligió estas palabras de Pessoa para contarme que estaba con penas por desamor. “La palabra feliz me pone triste”, remató.

Una amiga me preguntaba el otro día si yo, por mi oficio, sabía cómo salir victoriosa de las penas y angustias de la vida.  Convencida, le confié que la psicología me ha salvado muchas veces de vendavales emocionales, pero que claramente, no inmuniza ni contra la insensatez ni contra el dolor. Así que, no.  A veces no he sabido salir, ni mucho menos evitar entrar en los entuertos afectivos. Esta vida es siempre un desafío.

En algún momento, la tristeza es territorio habitado por todos y aun cuando nos pega duro, es posible “mantenerse bien” con ella adentro, atravesar el desasosiego con un corazón sabio que sin negar el sentimiento, brinde calidez y máximos cuidados al alma y al cuerpo. Menos zen, pero igual de atinada, entre sus consejos para “atravesar la pena”  mi madre diría: “Usted se levanta igual, hace la cama y se va a trabajar”. “Se ducha largo, se  pone crema y perfuma, aunque no tenga ganas”.  “Come sano y mueve el cuerpo”, aconsejan mis amigos, los atletas.  “Desembarga la voz, nos cuenta qué le pasa y se ríe de sus desatinos”, dirían mis amigas. “Un clavo saca otro clavo”, dirían mis amigos, con esa vana esperanza que distrae, pero no remedia. “Cambie las gafas oscuras con las que ve el mundo, por otras más claras” está escrito en manuales de autoayuda. “Dejate abrazar y apapachar mucho”, me dicen los que de verdad me quieren. “Aprovecha para interrogar tu malestar y aprender más de ti” dirían mis maestros de meditación. “Llorá todo lo que quieras, pero cuando tengas ganas de reírte, dale permiso a las carcajadas”, de mi cosecha… así le iba pasando los “tips” a Catalina cuando me preguntó si ya había escrito esta semana mi columna sobre aprender a ser feliz. Debí haberle puesto otro nombre a la bendita columna, pensé. “De esta semana no paso…es que en estos días, la palabra feliz, también me pone triste” respondí. Calma corazón. Calma.

 

Derechos de todos los tiempos

Publicado en El Deber, 31 05 2017.

En esta búsqueda de respuesta a preguntas existenciales, he estado leyendo sobre los chakras y aun sabiendo que el tema no tiene sustento científico, encontré algunas cosas provechosas.  Según el hinduismo,  los chakras  son centros de energía situados en el cuerpo. Chakram es una palabra sánscrita que significa círculo o disco. El concepto de Chakra, proveniente del sistema ancentral yóguico de la India, habla de siete discos giratorios de actividad para la recepción, asimilación y transmisión de energías vitales. Tendríamos siete chakras mayores, ubicados en correspondencia a distintos lugares de nuestra columna vertebral  y sistema endócrino.

En el camino de la lectura, me encontré con el interesante planteamiento de siete derechos fundamentales que, según afirman A. Judith y S. Vega, nos corresponden por nacimiento. Derechos  que las circunstancias de la vida pueden y suelen infringir. Infracciones estas que, por exceso o por deficiencia, bloquearían alguno o varios de nuestros chakras, generando malestar y enfermedad. Por si quiere revisar cómo anda con ellos, éstos derechos son: Derecho a tener o a recibir lo necesario para sobrevivir: alimento, vestido, salud, ambiente sano y contacto físico. Derecho a sentir y desear: permitir las emociones, dar y recibir placer deliberadamente, contacto físico, vitalidad, sexualidad, tocar y acariciar. Derecho a hacer: accionar con sentido y propósito personal, con vocación, en libertad, sin sometimiento. Derecho a amar y ser amado: paciencia, tolerancia, compasión, respeto y empatía. Derecho a decir: expresarse y ser comprendido, decir y ser escuchado. Derecho a ver: percepción y visión clara de las circunstancias, discernimiento sobre lo que se ve. Derecho a saber: información, educación y conocimiento.

La experiencia humana es tan similar, que el tema de los centros energéticos podrá ser discutido, pero que el no ejercicio de cualquiera de estos derechos, nos provoca intenso malestar y puede llegar a enfermarnos, parece cierto en todas las latitudes y épocas.

Arte nuestro

Publicado en El Deber, 17 05 2017

El acto de crear o de producir algo que no existía antes es particularmente humano. Como especie –dice Mercedes Gysin-Capdevida– necesitamos crear; tenemos aptitud para inventar, producir, transformar, como condición natural. “…El ser humano crea su mundo, en el mundo. No hay, pues, un ser humano carente de creatividad”. Desde tiempos ancestrales transformamos nuestro entorno, lo enriquecemos, pintamos, adornamos, inventamos melodías y contamos historias.

Con la palabra, la imagen, el sonido, el objeto y el cuerpo expresamos, de forma muy particular, los sentimientos de pena, duelo, alegría; resaltamos lo que nos agrada o nos desagrada; lo que deseamos y lo que rechazamos. En las obras de arte, dice Hegel, están depositados los más íntimos pensamientos y las más ricas intuiciones de los pueblos. No sé si tanto así de los pueblos, con seguridad los del artista. Pienso que este, en tanto productor de una pregunta novedosa, está mucho más allá de su pueblo. Es tan grande la fuerza de una pieza artística, que franquea fronteras, lenguas y épocas. La Venus, de Willendorf; L´homme qui marche, de Giacometti; El Grito, de Munch; El Taj Mahal; la foto del niño acechado por un buitre, de Kevin Carter; la obra de teatro Romeo y Julieta; la novela El Quijote, de Cervantes, son algunos ejemplos de la trascendencia en geografía, idioma y tiempo del arte. La pieza es el símbolo; el alma humana, lo simbolizado.

Toda obra de arte es un intento de comunicar. Una actividad en la que trabajo y juego son lo mismo. La terapia con niños me encanta. Cuando sacan la caja de juguetes, crean su mundo, en el mundo. Lo inventan, como les gustaría que sea. Cuando adultos, estamos en silencio frente a una obra de arte, sea foto, teatro, danza, poesía o novela, disparamos un recuerdo; algo de lo vivido se nos mueve adentro y, a la vez, recibimos una propuesta, una novedad, una manera diferente y más estética de hacer o de ser. Aún más, recibimos una confrontación, una pregunta, que induce a crear en nuestra vida escenarios más vitales.

Agradecer deliberadamente

Escuché por ahí que no se puede sentir infelicidad y gratitud a la vez.  Tristeza y gratitud, si, pero no infelicidad. La gratitud es el ejercicio mental voluntario de buscar y reconocer  lo lindo y bueno que está presente en nuestras vidas y experiencias.  Es un ejercicio que produce un estado emocional placentero y de paz, nos motiva, desarrolla nuestra resiliencia, compasión, generosidad, optimismo.  Cultivar una “actitud de gratitud” como hábito diario, nos hace menos dependientes de las condiciones externas para desarrollar un sentido interno de felicidad.

La realidad es un collage de experiencias  beneficiosas, neutras y también dañinas. La naturaleza del agradecimiento, tiene que ver con apreciar lo dulce, sin negar lo amargo, con abrirse a los placeres disponibles, sin resistirse al dolor. Es sobre todo cuando estamos “tomados” por la pena, que se hace difícil apreciar lo bueno que también tenemos. Muere una persona que amamos, se aleja de nosotros  alguien que nos acompañaba y alegraba los días, perdemos todo en un desastre natural o en un accidente, enfermamos de algo severo, alguien nos lastima o ante cualquier otra pérdida significativa, nuestro pensamiento encalla en el vacío y el cuerpo en el dolor. Es como si el amor se interrumpiera y al decir de Bernardo Ferrando, “el amor interrumpido se puede transformar en resentimiento”, que nos consume. La gratitud es el movimiento contrario, es el amor que no se interrumpe, ni por la presencia de situaciones adversas.

Especialmente en esas circunstancias, es cuando mejor nos hace buscar las cosas por las que estamos agradecidos en este día, los regalos de la vida, desde lo más superficial hasta lo más profundo. Traer al pensamiento todo lo que me apoya y de lo que disfruto, es el mayor calmante del dolor emocional. Agradecer deliberadamente, esa es la práctica sugerida, hacer que busques y que recibas lo bueno.

Nuestra torre de Babel

La torre de Babel es una fábula bíblica que relata el mítico nacimiento de más de 7000 idiomas diferentes en el mundo y la confusión inherente a la comunicación humana. Cuenta la tradición que originalmente había un pueblo que hablaba la misma lengua y que, pudiendo comunicarse muy bien y sabiendo cocer ladrillos al fuego, construyó una gran edificación de varios pisos que pretendía elevarse hasta el cielo. Enojándose Dios por tamaña soberbia, y temiendo que nada pudiese detenerlos dada su perfecta comunicación, decidió castigar a esos hombres confundiendo su lenguaje, haciendo que no se entendieran unos a los otros. Ese fue el fin de la construcción y del intento humano de llegar al cielo.

Cuando era chica, las películas de la confusión comunicacional de los humanos en la Torre de Babel, me divertían. Hoy en día, no veo tan graciosa la maraña de argumentos en la que nos enredamos con la gente que nos rodea. La comunicación es una facultad y una necesidad humana. Si no compartimos lo que pensamos y lo que sentimos, no logramos lo que necesitamos ni construimos algo mejor. Nada nos frustra y duele más, que no poder entendernos. Sabemos hablar y gesticular con propósito desde que tenemos dos años y hasta siendo ciegos o sordos, estamos equipados para recibir los mensajes de los otros, pero no siempre nos queremos entender, porque entendernos implica manejarnos con una lógica distinta. No se trata de que escuches mi argumento anulando el tuyo. No se trata de ceder ante tu idea ni de imponerte la mía. No eres vos “o” yo. Comunicarnos bien, se trata de vos “y” yo. No se trata de ver qué excluimos, sino de ver cómo diablos incluimos lo tuyo y lo mío, para sabernos, pero también, para construir algo nuevo que nos haga bien a vos y a mí.

Cuando sigues hablando ignorando lo que digo, cuando grito para que te calles y me escuches, cuando te digo que es estúpido lo que piensas y cuando simplemente no acusas recibo, estamos en la torre de Babel. Está dicho desde tiempos inmemoriales, vos o yo, no llegamos a ningún lado. Vos y yo, tomamos el cielo por asalto.

(Publicado en El Deber 26 04 2017)

Humanos somos

 

Mejor nos va cuando aceptamos con amor, que humanos somos y que los otros, también se enredan y sufren, como nosotros.

Sabemos lo que es sufrir. Todos hemos sentido en el cuerpo ese desagrado y ese dolor, a veces leve y otras, tan fuerte que pone nuestra vida en paréntesis. Una parte de nuestro sufrimiento es inevitable, viene de pérdidas y catástrofes que la vida trae porque quiere. Otra parte pareciera causada por nuestras propias decisiones o nuestras maneras de ser y pensar. Sea uno u otro el caso, todos sufrimos, todos nos equivocamos, todos vivimos situaciones de las que no tenemos idea cómo salir.

La compasión con nosotros mismos cuando sufrimos, hace mucha diferencia en nuestra experiencia. Compasión no significa para nada anclarse en la queja o evadir la responsabilidad de resolver los propios asuntos. Significa más bien tratarnos con calidez y cuidado, con comprensión y sobre todo, con mucho deseo de ayudarnos. Esta mirada y atención cariñosa, nos protege contra el estrés, crea una intención clara de acción, nos ayuda a recuperarnos de situaciones dolorosas, nos hace valorarnos, aprender y mejorar nuestro desempeño después de los fracasos, nos aquieta la rabia y nos deprime menos.

He hablado con mucha gente que atravesando por estos momentos difíciles, aumenta su preocupación y agitación criticándose y juzgándose negativamente por no poder o no saber cómo calmar su situación dolorosa. Yo misma lo he hecho conmigo en muchas ocasiones, sin entender que de éstas no se sale a palo, sino a fuerza de amabilidad con uno mismo. No estoy hablando de aumentar o mejorar la autoestima, porque no tiene nada que ver con eso. Mucha gente puede sin problemas, reconocer una larga lista de sus cualidades y sin embargo, sufrir o estar entrampada en situaciones dolorosas para las que no encuentra salida. Hablo del amor compasivo, de la preocupación cálida y amorosa por uno mismo, la actitud de entender las propias limitaciones y querer ayudarse.

“Me importas, te incluyo, te veo, te aprecio.”

Nadie se muere por llorar

“Nadie se muere por llorar” le contesté a un amigo que me pedía que no llore cuando ya iba por medio paquete de pañuelos.

Las personas lloramos desde que nacemos hasta que nos morimos. No todo el tiempo, pero lloramos tras haber experimentado intensas emociones, sean éstas  de tristeza, rabia, miedo o alegría. Llora el bebé que siente hambre, llora el niño que se lastima, llora la jovencita que despide a su amiga, llora el hombre que entierra a su padre, llora la señora que peleó con su hijo, llora el atleta que cruza la meta de su primer maratón, llora el joven que toma en sus brazos a su recién nacida. Vos habrás llorado también en infinidad de situaciones intensas. El llorar, es una reacción innata en nosotros, que cumple una función biológica y psicológica importante. Al parecer,  ayuda a restablecer el equilibrio hormonal en el organismo cuando los niveles de estrés son muy altos por la intensidad de la emoción. Esto explicaría su efecto relajante.  Además, socialmente, es un comportamiento que sirve para acercarnos emocionalmente a los otros. Cuando se comparten las lágrimas, las relaciones se estrechan. Esto lo saben muy bien los amigos y también los amantes.

Llorar reduce el estrés, aclara los pensamientos. Si tienes ganas de llorar, busca un lugar donde puedas hacerlo tranquilo, no reprimas ni intentes controlar las lágrimas. Eso sólo mantendría la tensión en el cuerpo y en las emociones, prolongando el malestar. Te hará bien llorar. No tiene nada que ver con ser fuerte o ser débil, hombre o mujer. Además, “siempre que llovió, paró”. Con el llanto es igual, para por sí solo, cuando ya estás bien. Sin embargo, si encuentras que estás llorando sin razón aparente, durante horas, día tras día, busca ayuda de un psicólogo o de un psiquiatra, que son los profesionales entrenados en bienestar emocional, porque podrías estar sufriendo una depresión o un trastorno de ansiedad y requieras otro tipo de atención.

50 memorables

Cuando uno cumple años, el cambio de dígito, puede ser una experiencia intensa, llena de reflexiones existenciales. Así me ha tocado el fin de semana pasado. Yo que nunca tuve ningún rollo con la idea de “hacerme grande”, hice casi un ataque de pánico el día anterior a mi cumpleaños 50. Me di cuenta que era la última vez que tenía “cuarenta y algo” y me entró una fatiga, que la cuento sólo para que no se me haga maña.

No sabiendo si para el evento cabía una fiesta o una misa, decidí fugarme a Samaipata, al medio de las montañas, con mis tres hijos, la novia de uno de ellos, mi mascota y una gran amiga que empalmó casualidades para no dejarme escapar del todo. Fue un necesario encuentro con la paz, la alegría y el amor del bueno. Qué importante es salir de la rutina, darse permiso, tomarse la molestia de hacer algo distinto, lo que sea que esté al alcance de uno. En este caso, volví después de muchos años, a un lugar al que íbamos seguido cuando mi hermana, veinteañera, hacía su año de provincia y “mis niños” eran niños de verdad. La memoria me los trajo de nuevo en cada paisaje, cada olor, cada sensación térmica. Pude escuchar sus voces y su risa de chiquillos, mientras los miraba con una taza de café frente a mí, ahora, ya grandes. Los abracé por impulso, sin que ellos sepan qué me disparaba el arrebato.

El vidrio de una pequeña ventana del baño, en la cabaña, tenía un diseño que llamó mi atención mientras me duchaba. Yo había visto ese vitral en algún lado, no sabía dónde ni cuándo. Un recuerdo siguió al otro, hasta que sentí la casa de mis abuelos, en Potosí, donde pasé mi primera infancia. Yo sé que los malos recuerdos son acaparadores de nuestra memoria, pero no se olvida tampoco, aquello donde el amor rondó. Los tiempos más memorables son aquellos en los que recibes y regalas ternura,  no hay vuelta. De esos no te olvidas, cualquier olor, sabor o paisaje, dispara su recuerdo. Para mis cuarenta y diez, me regalé tiernos recuerdos de amor. Abracé, reí y besé con la ternura más genuina que tengo, para seguir construyendo vivencias y memoria, de la buena.

Disfrutar es sano

“Lo tengo todo, pero no sé… creo que no estoy disfrutando”, me dijo.

Ser capaces de disfrutar en la vida, es una de las fortalezas emocionales más importantes. En medio de las dificultades que vivimos, disfrutar de lo disfrutable nos aligera peso y nos motiva para seguir adelante, restituye la calma en el cuerpo, fortaleciendo el ánimo y hasta el sistema inmunológico. Vivir bien tiene mucho que ver con nuestra capacidad de disfrute.

Disfrutar es vibrar con lo que nos da placer, con lo que nos interesa, nos gusta, nos da ese sentimiento de plenitud de adentro hacia afuera. Disfrutar de las cosas grandes en nuestra vida, como el nacimiento de una nieta o el retorno de un hijo que vivió mucho tiempo en el extranjero, tanto como  de las cosas chicas, una canción, el olor de  galletas recién horneadas, un chiste que por ahí nos llega, el árbol de nuestra cuadra florecido.

Sin embargo, a veces tenemos ideas que no nos permiten disfrutar. Pensamos que las responsabilidades sólo se cumplen bien con sacrificio, que si nos alegramos, somos desleales con alguien que sufre en nuestra familia, que el mundo está lleno de injusticias y violencias como para ponerse a disfrutar de una rica comida, que si disfruto, bajo la guardia y algo malo me puede pasar, que alguien cuerdo no se ríe sin control, etc, etc. Por último, a veces en el más extremo más cruel con nosotros mismos, no queremos disfrutar porque pensamos que nos han hecho tanto daño, que se tiene que notar. Como si nuestra amargura, resolviera algo en el mundo.

Disfrutar es sano.  Es bueno buscar vivir cosas lindas, aquello que se siente bien en el momento presente. Crear experiencias que puedan ser disfrutables y cuando las vivimos, tomarnos un tiempo para sentirlas y grabarlas en nosotros. Estas sensaciones lindas registradas en el cuerpo, son recursos emocionales que llevamos siempre con nosotros y hacen que esta vida sea infinitamente más llevadera.

Dejá de darte manija

¿Conoces la expresión “Dejá de darte manija”?. Tengo una amiga que cada vez que empiezo a “rumiarle” mis penas o preocupaciones, me la repite con una paciencia de santa. Tiene razón. Aquello en lo que ponemos nuestra atención, se refuerza. No en vano, las prácticas de meditación orientales, que tienen más de 2,500 años de tradición, se centran en entrenar la capacidad de regular a voluntad la atención, como una forma de alcanzar mayor bienestar físico y mental. Enseñando a traer al momento presente, el foco de nuestra atención cuando ésta se fuga a recuerdos dolorosos del pasado o cuando se dispara a un futuro incierto y amenazante. Es traer, con conciencia de amor y cuidado, la mente al cuerpo.

“A veces, cuando no puedo más de la angustia, tomo un vaso de agua, me siento en un lugar cómodo, me aquieto y simplemente presto atención a mi respiración, sin forzar nada. No me preocupo de que mis pensamientos vuelen, pero me ocupo de traer mi atención, de nuevo a mi respiración. Mi cabeza y mi cuerpo, se van calmando.”

“Cuando la tristeza me llega, lloro a mares y en el momento en que el llanto me da un respiro, pongo una mano en el pecho y simplemente atiendo a mi respiración. Observo lo que pienso, pero no me engancho con ningún pensamiento. Lo hago por diez a quince minutos, tampoco es tanto, pero me ayuda mucho…a entender las cosas de una forma que me de paz”.