Una carta para mi hija

En dos semanas más, cumplirás los dieciocho, niña mía. Tengo en la memoria tu imagen, bebé, recostada de espaldas, brazos abiertos, manitas en puño, dormida en mi cama, sobre la colcha de franela que también usaron tus hermanos. Yo te miraba sintiendo por tercera vez en la vida, ese miedo ancestral que sentimos las mamás, cuando reparamos en la vulnerabilidad de nuestras crías pequeñas. Sentí miedo a morirme, pero no por mí, sino por vos. No dormí toda la noche pensando en qué sería de ustedes tres si yo les faltara. La mente tiene esa manía de dar vueltas evaluando probables amenazas. Es una cuestión de supervivencia. Así estamos más alertas y cuidadosos. Pero ya ves, fue un insomnio tonto. Los años han pasado y aquí sigo bien viva, teniendo que cuidar de ustedes cada vez menos. He vivido momentos sublimes, pero también varios desvelos, ansiedades y angustias. La preocupación es como un pulpo que toma tu mente e inquieta tu cuerpo. No te suelta hasta que algo se resuelve. He tenido la preocupación de la buena, aquella que me ha permitido mirar y solucionar problemas sin quitarme mucho el sueño y también he pasado de la mala, aquella en la que el miedo me inundaba y no me dejaba descansar ni pensar con claridad. Esa, mi niña, hay que aprender a manejarla, porque más allá de perturbar, no sirve para nada. La vas a tener alguna vez, aunque yo quisiera que no. Cuando la tengas, busca alguien de confianza con quien hablar. Hazlo rápido, no demores. La angustia se va cuando se la saca del pecho, y dos cabezas piensan mejor que una. Siempre hay solución, y aún en la peor de las circunstancias, una vez en el baile, se disipa el miedo y uno descubre que había sido capaz de bailar al son. No repares en pedir ayuda. Las personas que te quieren son tu recurso más valioso y te sorprenderá gente nueva en tu camino para darte una mano. Confía en tus conocimientos y mantente dispuesta a aprender aquello que no sabes. En tu corazón, conecta con ese lugar en el que habita la calma, el humor y la confianza, retírate ahí a descansar y desde allí, niña-mujer, sal al mundo.

Aprender a ser feliz

¿Crees que se puede aprender a ser feliz?, ¿a sentir placer, gratitud, vitalidad frente a la vida?.

Estoy convencida de que se puede. Elegir por uno, es un aprendizaje. Cuidarse, aun en medio del dolor, también. Se aprende a calmar el alma, se aprende la compasión, se aprende el coraje, la disciplina, la irreverencia, la risa. Se aprende a dejarse querer y se aprende a quererse.

La felicidad es un estado y una actitud de abrazar la vida, una inclinación a participar de la existencia con curiosidad y ganas. Sin embargo, esta vida nos desafía, a la par de alegrías, nos da dolor. Sufrimos pérdidas de seres amados, rupturas amorosas, problemas de salud, laborales, financieros, hijos que sufren, relaciones difíciles, etc. Enfrentamos bien estos desafíos cuando nos encuentran fuertes, otras veces nos encuentran vulnerables por alguna experiencia previa. Un gran desafío, en un momento de vulnerabilidad, nos provoca mucho y largo sufrimiento si no tenemos los recursos mentales del discernimiento, la calma, el valor, el entusiasmo necesarios para hacerle frente.

Nadie los tiene siempre. Decidir cultivarlos es una forma de trabajar por la felicidad nuestra. Sin embargo, es bueno empezar por algo más básico, como abrir el alma, desarrollar el hábito de apreciar y tomar lo bueno de la vida a través de los sentidos. Apreciar, buscar activamente, lo bueno que nos rodea. La risa de mis hijos, la alegría de una amiga, la bruma entre los árboles al amanecer, el olor de su perfume, el sabor del achachairú, la ternura de un abrazo, el placer de bailar, son algunas de las cosas que disfruto. Las tuyas seguramente serán otras. ¿Cuáles son?, ¿Las registras y las buscas durante el día?.

Como los rieles del tren

Todos los años, con mi grupo de amigas, celebramos Navidad y fin de año con una cena que tiene la mística de los ritos de cierre y apertura. Como todas las nuestras, es una reunión irreverente, con mucha risa, abrazo y cariño. Hace un par de años, se les ocurrió aprovechar el junte para desafiar al destino y escribir los deseos para el próximo año. Yo había hecho el ejercicio años anteriores y siempre había sentido cierto desasosiego al leer mi hoja 12 meses después. Normalmente, casi nada se había cumplido. La vida había sido rebelde a mis ilusiones o yo misma había perdido interés en alguno de los deseos al poco tiempo de escribirlo. El caso es que este tufo a decepción hizo que me negara a escribir deseos en aquella oportunidad y mi hoja quedó en blanco.

Las experiencias de la vida no siempre se ajustan a nuestros deseos. Son tanto agradables como desagradables y van como los rieles del tren, corriendo en paralelo. Alguna vez leí el testimonio de un escritor, cuyo nombre no registré en esa entonces, que desarrollaba este concepto. Un lunes recibía la noticia del récord de ventas de su primer libro publicado y ese mismo lunes se apagaba la vida de su esposa en el hospital, tras llevar más de un año enferma. Me conmovió su relato. Ambos esperaban el éxito del libro, pero la noticia, frente al trágico suceso, quedó como una ironía de la vida. Sin eventos tan extremos, lidiamos a diario, de manera paralela, con las buenas y con las malas. Simplemente, la vida es así.

Hace unos días, celebramos con mis amigas la reunión anual. Este año ninguna quiso escribir deseos; priorizamos la charla y los chistes antes que la ‘soñadera’. Viviremos lo que venga, dijo una de ellas. Estaremos ahí para acompañarnos, compartiendo lo bonito que alcancemos y que nos regale la vida. Cuando nos toque lidiar con los obstáculos y la desdicha, estaremos también ahí para escucharnos, darnos fuerza y una buena mano de ayuda. ¿Qué más regalo que ese? Tenemos con quien reír y con quién llorar; de amigos, la hoja está llena.

¿Dónde está la cura?

Llevo algo más de 30 años tratando de entender el sufrimiento emocional humano, el mío y el ajeno. Entender para aliviarlo. Empecé mi carrera con la convicción de que comprender los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas, sus predisponentes y condicionantes, me darían la clave. Un año antes de terminar la universidad, me di cuenta de que me había metido en un berenjenal. La conducta humana estaba influida por múltiples causas, era por demás compleja y la sicología, con todas sus pretensiones de ciencia, no llegaba a explicarla y mucho menos controlarla, ni siquiera desde aquellas vertientes que mejor cumplían con el método científico.

Experimentar dolor en la vida es inevitable. Sufrimos pérdidas en el camino, golpes que nos hieren tanto o más que las heridas físicas y para estas llagas emocionales, es también necesario un tiempo de cuidados para sanar y cicatrizar. Pero los humanos, no pocas veces, hacemos algo muy paradójico con nuestro dolor. En el intento de escapar del mismo, tomamos opciones que traen más problemas a nuestra vida. Abusamos de sustancias, desarrollamos trastornos alimenticios, adicciones, agredimos a otros o a nosotros mismos y un sinfín de otras formas originales de escape que nos aseguran un padecimiento de largo aliento. No hacemos esto por idiotas. Lo hacemos porque hemos asociado cualquiera de estas acciones con alivio inmediato y porque creemos que no podemos soportar el dolor que cargamos por tiempo indefinido.

Nadie sufre por elección. Lo paradójico del ser humano es que sufre en un intento fallido de evitar dolor. Nuestro mapa mental, la historia que nos contamos acerca de nosotros mismos en este mundo, determina de gran manera la trampa en la que nos metemos; esa trampa en la que el remedio es peor que la enfermedad. Todos nos metemos, solo que con sello personal. También salimos y esa es otra de las grandes y misteriosas maravillas. Salimos cuestionando certezas personales, mirando desde otras perspectivas y creando opciones diferentes y originales en nuestra vida. A pura filosofía y arte, pensando y haciendo algo distinto