El mundo emocional de los profesores

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 35, octubre-diciembre de 2017)

“Contame cómo son tus profesores” le pedí a Camila el otro día en el consultorio. “El de matemáticas es muy malo. Afuera del curso, con los otros profes, es hecho el chistoso, pero en el curso, se enoja mucho con los compañeros que no pueden hacer los ejercicios. Los saca a la pizarra y les grita. Cuenta  ¡A la una!, ¡A las dos!, y ¡A las tres! ¡A su banco, punto en contra!”. “La de religión es buena, pero hacemos lo que nos da la gana en su clase. Le decimos Botitas, porque tiene unas botas chistosas. Pobre, la hacemos llorar”. “Al de sociales, no le importa nada. Nos pide que abramos el libro, leamos y contestemos las preguntas del capítulo. Las revisa en su mesa. Nos deja escuchar música si estamos callados. El revisa su Facebook en su mesa toda la hora y nos corrige de a uno, pero no enseña”. “El profesor de ciencias es el rey de los amargados. Su frase es ¡Son unos mediocres!, jamás sonríe y habla dentro de su boca”. “A la de física la queremos mucho y en su clase cuando explica la escuchamos, le entendemos bien, nos vuelve a explicar a cada uno cuando lo necesitamos y siempre la buscamos cuando tenemos problemas en el curso o ella se da cuenta si hemos peleado con nuestros padres o terminado con nuestro cortejo, se acerca y nos pregunta. Estoy aquí porque ella se dio cuenta que me estaba cortando con la cuchilla de mi tajador y les dijo a mis padres”.

Qué difícil es la tarea del docente, pensaba yo mientras escuchaba a Camila. Uno tiene un contenido de materia para enseñar, que es el currículo, tiene métodos y herramientas didácticas, pero enseñar no es sólo transmitir conocimiento académico. El docente está frente a niños y jóvenes que pasan con él seis horas o  más cada día, como doscientos días al año, por 14 años. Se quiera o no, en este tiempo se transmiten y se forman competencias para la vida. El trabajo del docente consiste en interacciones, relaciones personales y comunicación. Más allá de los temas del currículo y los métodos, el docente enfrenta cada día problemas que no son de aprendizaje, pero lo afectan: inasistencia, falta de interés y motivación de los estudiantes, conductas agresivas, inadecuadas relaciones interpersonales y otras situaciones que generan un ambiente que no favorecen su labor ni su estabilidad emocional. Debe tomar en cuenta tanto las capacidades generales y específicas de aprendizaje de sus alumnos, como sus habilidades socioafectivas.  Como si esto fuera poco, el docente enfrenta también otras fuentes de estrés en el trabajo: la relación con los padres, con los colegas y con los directivos, que no pocas veces resultan siendo muy conflictivas. ¿Con quién habla el docente de las emociones difíciles y los desafíos personales que le genera el trabajo?. “No es fácil, me decía un profesor, se supone que estar al mando de niños y muchachos requiere estabilidad emocional. Hablar de problemas psicológicos es casi una declaración de incompetencia”. “tenemos como cualquier otro ser humano, miles de problemas afuera, en casa, con nuestras familias. Vivimos crisis como cualquiera, de salud, nos divorciamos y sufrimos, muerte de seres queridos, hijos con problemas, quiebras económicas, problemas con la ley…y todo eso debe quedar afuera del colegio, no se debe ni notar, no debe afectar, pero sí afecta y sólo nos entendemos entre algunos colegas”. El estrés generado por las condiciones intrínsecas de la labor docente como por las problemáticas particulares de vida externa generan tanto problemas físicos como psicológicos. A nivel físico, son comunes los problemas cardiovasculares, respiratorios, lumbalgias, cervicalgias, úlceras, etc. A nivel psicológico, ansiedad, insatisfacción laboral, baja de productividad, desarrollo de rutinas del mínimo esfuerzo y disfrute, ausentismo, depresión, adicciones, entre otros. Estos problemas, afectan tanto la salud y calidad de vida del docente, como su desempeño laboral.

El cuidado de la salud mental del docente requiere ser mirado con más interés, primero, porque es un derecho humano y los docentes son seres humanos, con sueños, familias, presiones, emociones, modos de pensar y circunstancias humanas. En segundo lugar, pero no menos importante, porque la educación de nuestras juventudes depende en gran parte de su manera de ser (ojo, no dije de cuánto sabe). Un profesor que no se siente bien o que no lidia constructivamente con las dificultades de la vida, tiene menor tolerancia a la frustración, agrede en distintas formas, evita responsabilidades, oscila entre el autoritarismo y la gran permisividad, es hipersensible a las circunstancias y se conduce de forma tal en el aula que perjudica el aprovechamiento y motivación de los alumnos. Además, no se siente bien.

Daniel Goleman a lo largo de su obra, habla de la inteligencia emocional y del desarrollo de competencias en esta área. Sugiere la formación de los docentes en habilidades como la conciencia de uno mismo o capacidad de reconocer las emociones propias y la necesidad personal de donde surgen, la autoregulación o manejo adecuado de las emociones para facilitar la tarea y evitar que se conviertan en un obstáculo, la motivación o la claridad de nuestros propósitos mayores, que nos ayuda a perseguir nuestros objetivos de manera más eficaz y perseverar a pesar de los contratiempos, la empatía que nos permite entender e importarnos por las emociones y necesidades de los demás, las habilidades sociales o la capacidad de relacionarnos fluidamente con los otros y el sentido de alta estima y competencia, que no es más (ni menos) que la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

El docente debiera tener  las oportunidades para desarrollar estas competencias tanto en su período de formación inicial, como a lo largo de su carrera, en formación continua, pero fundamentalmente, el  interés por trabajarse personalmente debe surgir de él mismo, de un compromiso propio, una decisión de mejorar su calidad de vida tomando en cuenta su mente; es decir, lo que piensa y siente en la vida, que es su recurso más importante. Hoy en día, asistir a talleres de desarrollo personal es una opción cada vez más válida, consultar con un psicólogo cada vez más accesible, atenderse por adicciones, depresión o ansiedad con un psiquiatra es posible. Se puede estar  y trabajar mejor. Sigmund Freud definió la salud como la capacidad de amar y trabajar.  Si pensamos en nuestros pensamientos y emociones como en una especie de jardín, debemos aprender a cultivar en él, las más bellas flores.

Formas nuevas del acoso escolar. ¿Qué hacer?

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 31, octubre-noviembre de 2016)

 

Por acoso escolar se entiende cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico, que se produce entre escolares, de manera reiterada, por cierto tiempo determinado. A diferencia de lo que son las bromas y los chistes habituales, el acoso es una especie de tortura sistemática a la que el niño o joven agresor somete a otro niño, colocado en el papel de víctima. Esta acción metódica generalmente se perpetúa gracias al silencio y la complicidad de los compañeros.

Los profesores Iñaki Piñuel y Zabala han descrito ocho modalidades de acoso escolar: Bloqueo social (acciones que rompen la red social del niño produciendo el aislamiento y la marginación); el hostigamiento (desprecio, falta de respeto, humillación a la dignidad del niño); la manipulación social (inducir el rechazo del niño distorsionando negativamente su imagen frente a los demás); la coacción (hacer que la víctima haga cosas contrarias a lo que quiere y normalmente haría, como aceptar vejaciones, abusos físicos o conductas sexuales no deseadas, calladas por miedo a represalias contra sí mismos o contra los hermanos); la exclusión social (impedir su participación en grupos, deportes, actividades, con el “vos no ”); la intimidación (amenazar, intimidar con causar un daño a la salida del colegio);y la amenaza a la integridad física (promesas de lastimar, herir, matar), que por el fenómeno de las pandillas en nuestro país, en muchos casos sí se ejecutan, hiriendo o asesinando a los jóvenes o a miembros de su familia, hasta en sus propias casas.

El acoso escolar (conocido por la palabra en inglés “bullying”), ha existido en los colegios desde siempre. Los abusivos o los matones, siempre han estado ahí.  Niños violentos que descubren y/o crean la vulnerabilidad de otros y los someten a muchos tipos de abuso. Además de las consecuencias físicas en casos de violencia grave como los mencionados arriba, estas conductas tienen graves consecuencias emocionales para los niños y los adolescentes. Los psicólogos que atendemos población infanto-juvenil recibimos muchos casos de trastornos depresivos, angustia y conductas autodestructivas (cortarse, intentos de suicidio), a causa de la violencia sufrida en los colegios por parte de compañeros que actúan sin ningún tipo de control efectivo. Como podemos encontrar en la página www.vocesvitales.blogspot.com, en nuestro país, los niveles de violencia escolar son graves.

A todo el panorama anterior, la tecnología añade una plataforma adicional desde la cual acosar. Cada vez más, el acoso no se da sólo en vivo y directo, en el colegio, sino a través de los grupos de whatsapp, Facebook, Twitter y otras redes virtuales. La antigua recomendación de “No hagas caso si te molestan”, funciona en el tema de burlas o chistes sanos, pero jamás funcionó en el tema del acoso, mucho menos ahora. Los insultos y las burlas se viralizan en las redes, quedan permanentemente ahí y alcanzan a miles de chicos en un par de horas. El acoso escolar cibernético consiste en usar la tecnología para insultar, amenazar, humillar, avergonzar o criticar a otra persona. En estas plataformas, el abuso puede venir en forma de mensajes de texto crueles, violentos, malintencionados, puede tratarse de compartir información personal, fotos o videos que avergüencen al estudiante, suplantar identidades y mandar mensajes inadecuados, crear páginas web para denigrar e insultar. Conforme más y más chicos accedan a teléfonos inteligentes, es probable que aumente la incidencia del cíberacoso, aunque claramente, el problema no es la tecnología en sí misma, sino el uso que se hace de ella.

 

Muchos de los chicos que sufren cíberacoso no quieren hablar con sus padres ni con los profesores, porque temen mayor rechazo social si hay quejas o temen que se les prohíba en casa el acceso a sus teléfonos.

Algunas de las conductas o situaciones que podrían ser señales de que su alumno sufre de ciberacoso son: desagrado emocional durante el uso de su teléfono o del internet, secreto excesivo sobre su vida digital, alejamiento no habitual o no participación  en actividades grupales, deportivas o cívicas, bajada en su rendimiento escolar, accesos de llanto, conductas de enojo excesivo, cambios en su estado de ánimo típico o en su comportamiento.

En el ámbito escolar, es posible intervenir en dos planos, el primero es el de prevención. Educar al alumnado tanto en el manejo inteligente de la tecnología (selfies, videos, mensajes personales, borrar y no compartir contenido que pueda dañar a un compañero o compañera), como en los valores de respeto, cuidado de los demás, protocolo del colegio en casos de acoso, importancia de no permitir la violencia de algunos compañeros sobre otros. En todo caso, debe haber un mensaje firme acerca del impacto negativo que estas acciones pueden tener sobre el otro, de lo inaceptables que son en la institución las conductas de acoso y de las consecuencias serias (y a veces permanentes), que puede tener que enfrentar en el colegio y con organismos como la Defensoría de la Niñez y la policía, quienes  acosan. La Asociación Voces Vitales en Bolivia, desarrolla talleres en los que se involucra a toda la comunidad educativa, para hablar y analizar el problema, detectar las causas y formas en que se da en cada unidad educativa y planificar acciones de intervención.

El segundo plano de intervención, es el de frenar situaciones de acoso que ya se estén dando. El problema no va a pasar sin intervención clara, contundente y firme. Va a empeorar. Es deseable que los colegios tengan protocolos de acción frente al acoso. En estos protocolos se especifican acciones y procesos de acción para todos, que garanticen un resultado eficaz. Este resultado se traduce en un niño o niña libre de ser acosado y de otro niño o niña que deja de ser acosador. Es un trabajo a tres puntas. Precautelar la seguridad emocional y física del niño que está siendo agredido, educar en el respeto al niño que está agrediendo, y finalmente, educar al resto de la comunidad, testigo mudo, en la necesidad de no permitir la violencia y actuar frenando, denunciando, por las vías regulares, establecidas, no violentas, los comportamientos que dañan.

En un colegio, es importante recordar que todos los niños son nuestros niños, el acosado, el acosador y los testigos; pero cada uno requiere acciones distintas. Nosotros los adultos, padres y educadores, somos responsables de lo que sucede en nuestras comunidades educativas.

En el siguiente sitio de internet es posible encontrar el “Protocolo de actuación en situaciones de Bullying” de la UNICEF. Sirve mucho como guía: http://www.unicef.org/costarica/Documento-Protocolo-Bullying.pdf.

 

“Mi alumna está seriamente enferma”

(Publicado en revista PROFES, Grupo Editorial La Hoguera. No. 24, febrero-marzo de 2015)

 

Jacqueline y Jennifer son dos adolescentes que conocí en el Hospital Oncológico de Santa Cruz, lugar en el que apoyo con atención psicológica a pacientes asistidos por una de las tantas organizaciones de beneficencia.  Jeniffer tiene 14 años, el pelo negro, en trenza larga hasta la cintura. El día que la conocí, estaba internada, con suero, sentada en la cama, con la mirada clavada en el piso, la boca cerrada en gesto serio. Una cicatriz en la muñeca, escondiendo una historia dolorosa.

Jacqueline tiene 16 años, casi no habla, pero sonríe todo el tiempo y tiene una mirada entre tímida y traviesa.

Ambas tienen leucemia y acababan de recibir su diagnóstico hacía poco, Jacqueline dos meses y Jennifer dos días.

Me pidieron que hablara con Jennifer; mejor dicho, que lograra que ella hable, porque desde que le dijeron lo que tiene, no abre la boca y está con llagas en la lengua que no pueden sanar a boca cerrada.

Jacqueline se fue del hospital tras recibir su diagnóstico y el día que la vi, era el día en que volvió a aparecer por ahí, después de dos meses, algo más enferma.

Me di un espacio para hablar con las dos, por separado. En la atención psicológica, invitar a la palabra requiere que uno hable poco y escuche mucho. Recuerdo que le pregunté ¿a qué le tienes miedo? y su respuesta fue «a morirme…a quedarme pelona (calva)».

Jacqueline sin embargo, no pudo emitir palabra, paradójicamente, sin dejar de sonreir. Como dice una canción de Joaquín Sabina, “su sonrisa era una lágrima equivocada”. Su mamá me contó que no vinieron más porque ella tiene mucho miedo de la enfermedad y del tratamiento, que la niña no quiere venir.

Hace relativamente poco tiempo que voy al Oncológico, aún así, hemos logrado conformar un grupo de apoyo para adolescentes/jóvenes pacientes. Al igual que las historias de Jennifer y Jacqueline, hay otras de chicos más avanzados en su tratamiento. Cada una es distinta, pero todas se parecen en que son historias de gran valentía, tanto de los chicos, como de sus padres y hermanos. Son historias de amor, porque frente a la angustia y la desesperación, se movilizan los doctores, las asistentes sociales, distintas organizaciones civiles de apoyo, los vecinos, los compañeros, profesores y los padres de familia de los colegios, para juntar dinero, acompañar, asistir de alguna forma a quien lo necesita. La mamá de Jacqueline me cuenta que no sabe cómo, pero en los momentos de mayor necesidad, siempre aparece una mano generosa para ayudar a pagar los análisis, la receta o por último, el pasaje para el transporte de ida y vuelta al hospital.

Hoy me encontré con Jacqueline nuevamente. Salió de internación hacen quince días y le tocaba su control. Aún está débil, así que no puede iniciar su tercera quimioterapia. Tiene que hacer quimios durante dos años. Hoy sí habló, me contó su frustración y dolor porque la han retirado en el colegio, por sus ausencias. Después de casi dos meses de no poder ir a clases, por debilidad, por cuidarse de no contagiarse de otros, por haber estado internada y en ocasiones, por vergüenza de que la vean hinchada, finalmente el lunes pasado, se sintió con el entusiasmo de volver a su colegio, a ver a sus amigos y retomar sus estudios. Entró y disfrutó de una mañana de reencuentros y de retorno a la normalidad. Sin embargo, a la salida, la abordó su profesora para darle la mala noticia del retiro, que le cayó como un golpe tan duro como fue el de su diagnóstico, porque está en la pre-promo y se graduaba el año que viene, con chicos que han sido sus compañeros toda la secundaria.
«Lloré todo el día» me cuenta, «quise hablar con la Directora y me dijo que no había remedio, ya las notas estaban enviadas y habían hecho mi retiro, que ya no podía volver el martes».

Se entiende que las instituciones educativas están regidas por una serie de reglamentos que guían las decisiones que se toman en el proceso educativo, y esperamos que existan derechos legales elementales que protejan la permanencia de Jacqueline en el sistema educativo. Sin embargo, nunca los reglamentos ni las burocracias serán más beneficiosos que el cariño y siempre éste será más inteligente que cualquier obstáculo. Más allá de las obligaciones legales, hay muchas cosas que se pueden hacer para que el colegio de un chico, sea un sostén positivo y amoroso en su recuperación y revitalización.

Como profesor/a, usted puede ayudar a su estudiante a mantenerse al día con las tareas escolares lo más posible y planificar su regreso al colegio.
Planifique con anticipación. Averigüe con los padres cuánto tiempo faltará al colegio su alumno, y si el tratamiento interferirá con su concentración, la tarea o las fechas de entrega de trabajos.

Es posible que sea necesario establecer un horario reducido o cambiar las fechas de trabajos y exámenes. Con su ayuda, se pueden encontrar soluciones flexibles también a otras necesidades, por ejemplo, realizar modificaciones físicas que ayuden al niño a desplazarse por el edificio y acceder a los cursos y a los baños. Se puede también ayudar a encontrar una persona que lo asista.

Los dos tipos más comunes de apoyo educacional en estos casos, son las clases en la propia casa o en la habitación hospitalaria. La enseñanza en la habitación del joven se suele ofrecer a los chicos que están muy enfermos y no pueden salir de sus habitaciones para asistir a clases o que tienen su sistema inmunológico muy comprometido como consecuencia de la quimioterapia. Visitar a su alumno/a dos veces por semana o turnarse con otro profesor designado, puede hacer posible esta asistencia. De todos modos, recuerde que lo más importante es la mejoría del joven. Por lo tanto, sea realista en cuanto a lo que puede realmente hacer. La ansiedad por presiones escolares puede afectar su recuperación. Piense siempre en dar más que en exigir y flexibilícese.

Ayudar a mantenerse el contacto con los compañeros y los otros maestros puede ayudar a su alumno a sentir cierta normalidad e inclusión durante este momento tan difícil.

Cualquier servicio electrónico que permita mandar mensajes a sus amigos puede ayudarlos a sentir que siguen en contacto. Además, pídales a los colegas profesores que alienten a los compañeros de curso a enviar cartas, correo electrónico, mensajes instantáneos, cartulinas con fotos, mensajes de ánimo y cariño escritos. Puede colocar en el curso, una caja donde los compañeros y los maestros dejen cartas o fotos.

Organice visitas de los compañeros si el médico lo autoriza y su estudiante lo desea. Invítenlo a las fiestas del colegio, a los eventos deportivos u otros eventos sociales.

Mantener al estudiante conectado con el colegio es de gran beneficio cognitivo, psicológico, social y académico para su estudiante, además de permitir que la transición de regreso al colegio después del tratamiento sea más fácil. Recuerde, lo único que necesita para hacer una gran diferencia en la vida de su alumno/a, es cariño, flexibilidad y creatividad.

 

Acoso escolar: ¿Cómo lo atendemos?

Para algunos niños, la vivencia escolar es una experiencia feliz y lamentablemente para otros, una experiencia infeliz, dolorosa. Somos una sociedad violenta y los colegios son un reflejo de la misma. El acoso escolar o bullying es una lamentable realidad.  Por acoso escolar se entiende cualquier forma de maltrato psicológico, verbal, material, físico o cibernético, que se produce entre escolares, de manera intencional, reiterada, por cierto tiempo determinado. El acoso es una especie de tortura sistemática a la que el niño o joven agresor somete a otro niño, colocado en el papel de víctima. Esta acción metódica generalmente se perpetúa gracias al silencio, la complicidad de los compañeros y la minimización del problema por los adultos (padres, docentes y administrativos).

El problema del acoso escolar está investigado en el país (ver Asociación Voces Vitales), tiene amplia cobertura de opinión en los medios, y a diario recibimos información de distintos modelos de intervención en el mundo, con interesantes niveles de éxito. Está claro que es una problemática compleja, con consecuencias negativas en el bienestar y desarrollo de toda la comunidad educativa, que genera clima de inseguridad, atenta contra los derechos básicos del estudiantado, es un factor de riesgo para la reproducción de conductas violentas y disminuye el rendimiento académico de todos los involucrados. Requiere, por tanto, una respuesta seria y controlada para detenerlo. Elaborar un protocolo que explicite una ruta de procedimientos para intervenir en esta situación, es un desafío para los colegios del país. Un protocolo define y expone  las pautas generales de detección, comunicación a Dirección, procedimiento de atención, comunicación a involucrados, medidas a seguir con cada parte, seguimiento de implementación de medidas y acciones para restaurar la convivencia.

Invitemos a que los colegios se desafíen a pensar y sistematizar la intervención institucional, a compartir los modelos y sus resultados con el resto de la comunidad, a dialogar con otros colegios, para enseñar de su experiencia y aprender de la ajena, a contribuir, con propósito y camino, a la creación de una cultura de paz, respeto y conciliación.