El desafío de entendernos

Publicado en El Deber, el 29 de abril, 2020

 “¿La segunda parte de la cuarentena viene con los mismos actores? Estoy teniendo problemas con parte del elenco”, decía uno de los memes que nos hicieron reír en estos días inéditos. Puertas adentro de la casa, cada grupo familiar tiene maneras muy propias de interactuar.  Algunos la están pasando bien, sin mayores sobresaltos, y otros están con la paciencia menguante, la aorta reventando  o como quieran llamarle. Enojados o sufriendo por la comunicación tirante y conflictiva que están experimentando entre sí. Comunicación que probablemente, ya es habitual desde hace mucho tiempo; pero que en el encierro, no cuenta con distracciones que atenúen su efecto.

Como en un laboratorio, esta cuarentena nos permite observar cómo somos con las personas que tenemos cerca, cómo nos hablamos, cómo nos tratamos. Las personas comunicamos pensamientos y también afectos a través del lenguaje, compuesto de palabras y también de gestos, movimientos y posturas corporales. Como ya lo han dicho los teóricos de la comunicación humana, toda conducta es comunicación. No hay manera de no comunicar. Aunque estemos callados, algo comunicamos con nuestro silencio. Entre aquellas cosas que comunicamos consciente o inconscientemente, está el afecto, el  tipo de relación que tenemos o queremos tener con la otra persona. No es lo mismo acompañar un “hola” con una mirada directa, que con los ojos mirando al piso, o perdidos en el horizonte a través de una ventana.

Virginia Satir, una de las principales figuras de la terapia familiar,  observó el malestar que se genera en las relaciones cuando nuestras palabras dicen una cosa y nuestros gestos y actitudes dicen otra. Es el famoso “si, pero no”. Te comprometes amablemente  a  secar los platos; pero no lo haces; y no precisamente por olvido.  Te dicen “te escucho”; pero siguen respondiendo mensajes en el celular mientras hablas. Satir le llama “doble mensaje” a estas incongruencias e identifica cuatro modalidades:  Está quien apacigua (para evitar que el otro se enoje); quien acusa (para responsabilizar al otro y pasar de acusado a acusador); quien calcula (usando grandes conceptos intelectuales para enmascarar vulnerabilidad) y quien distrae (ignorando situaciones que se perciben amenazantes, así se desvanecen en el tiempo). Satir observa  que las usamos  en nuestra comunicación, cuando tememos herir los sentimientos del otro o sus represalias, sentimos miedo a que se termine la relación, cuando no queremos condicionar al otro; pero también cuando no le otorgamos ninguna importancia a la relación. En cualquier caso, el resultado es una gran carga de malestar.

¿Ser directo es tan difícil?. Parece que sí. Está claro que lo es menos para quienes tienen una buena relación. Escucharnos más y mejor, generar bienestar en la convivencia, siguen siendo nobles y deseables propósitos para los que hace falta una fuerte dosis de valentía.

Relaciones nutritivas

“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.

Secretos familiares

Publicado en El Deber, 30 06 2017

Aguilar regresa a casa después de un corto viaje de trabajo y se encuentra con su mujer sentada al fondo, mirando la ventana de manera extraña. Está ahí, despierta, pero totalmente loca. Con esta escena empieza la novela “Delirio” de Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara 2004. Él no tiene idea de qué pudo haberle generado ese estado a su mujer y la historia gira en torno a su investigación sobre los hondos dolores que se esconden en su pasado. Tres generaciones con vidas como es la vida, linda, pero también con matices trágicos y difíciles de asimilar. Locura, traiciones, suicidio, enfermedades, violencia, abuso, dependencias, orientaciones sexuales, son experiencias calladas en el sistema familiar de los personajes, en base al código de las apariencias.

La Terapia familiar sistémica ofrece un gran desarrollo teórico sobre los juegos y dinámicas familiares: alianzas, coaliciones, secretos, descalificaciones, rechazo, presiones y otras formas en las que, a través de la comunicación al interior de las familias, abrimos o cerramos espacio para los demás, sus experiencias, percepciones, necesidades y deseos.

Los secretos, son aquellas vivencias cuyo contenido no se menciona y que, de acuerdo a un código familiar que no está escrito, pero todos conocen, se callan. Las razones del silencio son diversas; desde el tratarse de algo rechazado en el medio social hasta el deseo de no tomar contacto con una realidad que angustia en extremo. Sin embargo, no es una pauta que brinde beneficio a todos los miembros de la familia. Mantiene el lugar y prerrogativas de unos, anulando o excluyendo a otros; en el caso de la salud mental, alivia a unos y angustia terriblemente a otros.

“Delirio” muestra la dinámica de manera ejemplar. Un hijo cansado de ser agredido por el padre, devela un secreto de éste a la madre y ella, inventa una historia que salva a su marido, dejando al hijo completamente derrotado. “Mentira mata mentira – escribe magistralmente Restrepo – dime si no es como para volverse loco”.

Amor de madre

Publicado en El Deber, el 24 05 2017

¿Te acuerdas esa noche en la que no pudiste decirme nada sobre tu madre? La recuerdo, busqué  su corazón abnegado y de amor incondicional, ese, el de las canciones, ahí donde yo quería, sin encontrarlo. Lo encontré donde no pensé, en la obstinada disciplina, al final buena para la vida, la avena con canela, la cama tendida, la ropa lista y las naranjas calientes en invierno. Cada madre es diferente Clarita, no te olvides que estás hablando de una mujer, que pudo o no haber sido querida, educada, cuidada, atendida; una mujer, un ser humano, que puede sentirse estable con los dos pies sobre la tierra o en equilibrio precario, a punto de caer al vacío. La vida es a veces dura y difícil. Tener un hijo no te redime de tu historia ni te salva de los genes, que mucho determinan tu estado mental y tus maneras de estar en el mundo y para los otros.

¿Te acuerdas del chiquillo que te contaba que su mami era rebuena, pero tenía una pizca de maldad?, reímos imaginando una chinela dotada de tecnología de vuelo independiente, teledirigida directo a impactar al objetivo… y bueno… es difícil ser la madre perfecta. Isabel Allende en una de sus novelas dice que en algo hay que traumar a los niños, para que sean adultos interesantes. Digamos que si la tuya vino dotada de sólo una pizca de vileza, pero ha sido capaz de cuidarte, darte autonomía, confiar en que puedes saltar los charcos y mantenerse a tu lado aunque ames a otra persona u otro lugar que no sea su propio chaco, has tenido una madre lo más cerca posible a lo perfecto; si además te mimó y besuqueó, conociste el amor de una diosa.

¿Existirá tanto amor? ¿Recuerdas cuando escuchamos que ninguna madre es más feliz que el más infeliz de sus hijos? Nos impactó la crudeza de saber que el dolor de un hijo lacera. Hay madres sufriendo lo indecible ahora mismo. En esas horribles situaciones, de enfermedad, agresión y muerte, las madres dejamos de ser diosas y lloramos nuestra humana impotencia. Nos interrumpió la charla tu hijo, que salía de tu casa como un vendaval. Te besó. Ese amor sí existe, dijiste cerrando la noche.

Diálogo entre padres e hijos

Publicado en El Deber, 10/05/2017

La comunicación es siempre un tema delicado en la relación con nuestros hijos, sin importar la edad que estos tengan. Sin embargo, es innegable que en la adolescencia y juventud, el desafío es mayor. Los chicos no cuentan lo que les pasa, viven lo que viven, sea grato o desagradable, encerrados en una burbuja, buscan espacios de soledad con respecto a los adultos y están mucho más abiertos a su grupo de amigos que a sus padres. Es parte de un proceso evolutivo normal. El joven necesita ser menos dependiente de sus padres para construirse como adulto autónomo. Sin embargo, es una edad que puede traer grandes angustias y también grandes riesgos. Como padres, nos daría mucha paz que nuestros hijos buscaran consuelo y consejo en nuestras canas y que además, nos escucharan.

Estaba trabajando el tema de este artículo el otro día, buscando claves que transmitir para mejorar la confianza de nuestros hijos hacia nosotros, cuando el mío vio la cara de velorio que yo llevaba, me preguntó si estaba todo bien y le contesté que sí. Mentí. No me creyó, pero entendió que la causa de la pesadumbre era inconfesable. No sólo callan los hijos, pensé, callamos también los padres, para no herirlos, no preocuparlos, para cuidar nuestra intimidad, para no exceder sus capacidades de comprensión,  para no crear mal ambiente, para no ser juzgados por ellos, para no perder su amor, por miedo a dar con la confidencia, un mal ejemplo. Le pregunté a mi hija luego, por qué callaban los jóvenes. Estuvo de acuerdo en que el miedo al enojo y al castigo jugaban algún papel, sin embargo, mencionó otras cosas de mayor peso, el miedo a decepcionar, el sentir que no serán entendidos, la indiscreción de los padres, y la que ella consideraba de más peso, la vergüenza.

Si pudiéramos, usando el sentido común y el humor, compartir con nuestros hijos detalles de nuestra infancia y juventud, no sólo en nuestros aciertos, sino también en nuestros errores, frustraciones, decepciones e historias de amor, quién sabe, nos verían más humanos, menos perfectos, más como ellos, y se animarían a compartir sus tribulaciones y experiencias con más confianza.

 

Nuestra torre de Babel

La torre de Babel es una fábula bíblica que relata el mítico nacimiento de más de 7000 idiomas diferentes en el mundo y la confusión inherente a la comunicación humana. Cuenta la tradición que originalmente había un pueblo que hablaba la misma lengua y que, pudiendo comunicarse muy bien y sabiendo cocer ladrillos al fuego, construyó una gran edificación de varios pisos que pretendía elevarse hasta el cielo. Enojándose Dios por tamaña soberbia, y temiendo que nada pudiese detenerlos dada su perfecta comunicación, decidió castigar a esos hombres confundiendo su lenguaje, haciendo que no se entendieran unos a los otros. Ese fue el fin de la construcción y del intento humano de llegar al cielo.

Cuando era chica, las películas de la confusión comunicacional de los humanos en la Torre de Babel, me divertían. Hoy en día, no veo tan graciosa la maraña de argumentos en la que nos enredamos con la gente que nos rodea. La comunicación es una facultad y una necesidad humana. Si no compartimos lo que pensamos y lo que sentimos, no logramos lo que necesitamos ni construimos algo mejor. Nada nos frustra y duele más, que no poder entendernos. Sabemos hablar y gesticular con propósito desde que tenemos dos años y hasta siendo ciegos o sordos, estamos equipados para recibir los mensajes de los otros, pero no siempre nos queremos entender, porque entendernos implica manejarnos con una lógica distinta. No se trata de que escuches mi argumento anulando el tuyo. No se trata de ceder ante tu idea ni de imponerte la mía. No eres vos “o” yo. Comunicarnos bien, se trata de vos “y” yo. No se trata de ver qué excluimos, sino de ver cómo diablos incluimos lo tuyo y lo mío, para sabernos, pero también, para construir algo nuevo que nos haga bien a vos y a mí.

Cuando sigues hablando ignorando lo que digo, cuando grito para que te calles y me escuches, cuando te digo que es estúpido lo que piensas y cuando simplemente no acusas recibo, estamos en la torre de Babel. Está dicho desde tiempos inmemoriales, vos o yo, no llegamos a ningún lado. Vos y yo, tomamos el cielo por asalto.

(Publicado en El Deber 26 04 2017)

Quiero agua, comida y que juegues conmigo

En este cuento, George 13 (pseudónimo elegido por él), nos enseña que para el bienestar de un niño, el contacto afectivo o el compartir los juegos, es tan importante como el agua y la comida.

“Había una vez un perro que no le gustaba su familia porque siempre llegaban y le daban comida y agua y se iban para su cuarto y no jugaban con él y así era todos los días. Un día el perrito se llenó de valor y fue con todas su fuerzas contra la puerta, la rompió, se escapó y al día siguiente el perrito se arrepintió y no sabía cómo volver y después su familia lo estaba buscando, lo encontraron y de ahí en adelante, jugaron con el perrito todos los días y todos vivieron felices para siempre”. Fin.

Feliz día papá

“Un papá es el que te cuida como hace una mamá”. (Isabella, 6 años).  “Isabella, hay papás que cuidan como nadie sabe cuidar”.

FELIZ DIA PARA TODOS LOS PAPÁS QUE SE PERMITIERON LA TERNURA, que se emocionaron con la manita chiquita de su recién nacido apretando su dedo, que entre carcajadas y arcadas cambiaron pañales, que abrazaron, cucharearon, se quemaron con el agua caliente al preparar una mamadera a media noche. A los que enseñaron a nadar, limpiaron mocos,  tomaron fotos de su niño durmiendo y las subieron a Facebook. Feliz día para los que llevaron y trajeron del colegio, y se bancaron estoicos los actos cívicos. Feliz día para los que callados, pensando “lo voy a matar”, soportaron el rosario de quejas de un profesor. Para los que se cabrearon de andar veinte mil tiendas buscando “EL” par de zapatillas que finalmente le gusten;  para los que hace años no ven una película «para grandes» porque cada sábado los chicos eligen Disney.  Para los que no durmieron esperando que lleguen a casa después de una fiesta. Feliz día para los que comieron galletas duras que se pasaron en el horno; para los que sufrieron y consolaron cuando alguien les rompió el corazón, se aplazaron de año o perdieron el partido. Feliz día para los que dijeron un NO rotundo cuando cabía, y para los que lagrimearon en el desfile de graduación. Feliz día para el que no se perdió ni una sola de las competencias de gimnasia y hasta abrió un Club para que nunca falte un lugar para entrenar.

A los papás de mi familia; a los amigos de mi corazón; ¡FELIZ DÍA!. Su amor y cuidado hará gente feliz y la gente feliz, hace cosas buenas.

Una carta para mi hija

En dos semanas más, cumplirás los dieciocho, niña mía. Tengo en la memoria tu imagen, bebé, recostada de espaldas, brazos abiertos, manitas en puño, dormida en mi cama, sobre la colcha de franela que también usaron tus hermanos. Yo te miraba sintiendo por tercera vez en la vida, ese miedo ancestral que sentimos las mamás, cuando reparamos en la vulnerabilidad de nuestras crías pequeñas. Sentí miedo a morirme, pero no por mí, sino por vos. No dormí toda la noche pensando en qué sería de ustedes tres si yo les faltara. La mente tiene esa manía de dar vueltas evaluando probables amenazas. Es una cuestión de supervivencia. Así estamos más alertas y cuidadosos. Pero ya ves, fue un insomnio tonto. Los años han pasado y aquí sigo bien viva, teniendo que cuidar de ustedes cada vez menos. He vivido momentos sublimes, pero también varios desvelos, ansiedades y angustias. La preocupación es como un pulpo que toma tu mente e inquieta tu cuerpo. No te suelta hasta que algo se resuelve. He tenido la preocupación de la buena, aquella que me ha permitido mirar y solucionar problemas sin quitarme mucho el sueño y también he pasado de la mala, aquella en la que el miedo me inundaba y no me dejaba descansar ni pensar con claridad. Esa, mi niña, hay que aprender a manejarla, porque más allá de perturbar, no sirve para nada. La vas a tener alguna vez, aunque yo quisiera que no. Cuando la tengas, busca alguien de confianza con quien hablar. Hazlo rápido, no demores. La angustia se va cuando se la saca del pecho, y dos cabezas piensan mejor que una. Siempre hay solución, y aún en la peor de las circunstancias, una vez en el baile, se disipa el miedo y uno descubre que había sido capaz de bailar al son. No repares en pedir ayuda. Las personas que te quieren son tu recurso más valioso y te sorprenderá gente nueva en tu camino para darte una mano. Confía en tus conocimientos y mantente dispuesta a aprender aquello que no sabes. En tu corazón, conecta con ese lugar en el que habita la calma, el humor y la confianza, retírate ahí a descansar y desde allí, niña-mujer, sal al mundo.