Comunicación compasiva: Validar al otro, mejora las relaciones.

Comunicarnos con los demás es una habilidad y necesidad básica humana. Buscamos entender y ser entendidos y sentimos mucha paz cuando lo logramos; pero no siempre nos resulta fácil. A veces, la comunicación con las personas más cercanas que tenemos es difícil, porque estamos activados, dolidos o emocionalmente desbordados o es la otra persona, la que se nos presenta en estados alterados de rabia, miedo, tristeza, vergüenza…

Piensa por un momento en una situación en la que tu interlocutor, que pudo haber sido tu hijo, tu pareja, tu hermana, tu padre no estaba en su mejor versión.
Tal vez dijo algo que te causó dolor, rabia. Tal vez reaccionaste de una forma que también causó dolor y o que no te parece ahora, que haya funcionado nada bien.

¿Qué crees que desencadenó ese intercambio desagradable? ¿Qué estaba pasando alrededor? ¿Cómo te sentías antes… y el otro? ¿Cómo se sentía?

Cuando observamos con honestidad, suele aparecer algo clave: todo tiene una causa.
Nuestros sentimientos, pensamientos e impulsos de acción fueron evocados por algo y sabes, por experiencia propia, que también existe la posibilidad de que tu interlocutor haya estado también actuando desde el dolor, el miedo o la desregulación.

Sin embargo, pocas veces tomamos eso en cuenta. Nos cuesta ponernos en los zapatos del otro y pensar antes de reaccionar. En discusiones que se hacen eternas, vamos erosionando el vínculo con las personas que más queremos.

Para desarrollar mejores relaciones y una comunicación más compasiva, necesitamos un cambio profundo de actitud, necesitamos pasar del juicio desde una pretendida superioridad moral a la conexión entre iguales, al sentido de humanidad compartida.

Aquí aparece una palabra central: validación. La validación es el núcleo de la comunicación compasiva. Es reconocer, dar lugar, escuchar al otro en sus ideas, sus emociones, sus necesidades expresadas.

Validar no es necesariamente estar de acuerdo. Es poder decir, con honestidad:
“Lo que te pasa tiene sentido, aunque yo lo vea distinto.”

No todo se valida; pero hay elementos fundamentales de la experiencia humana que podemos validar.

Validamos, en primer lugar, las emociones. Lo que alguien siente —enojo, tristeza, miedo, frustración—es real para esa persona.

También validamos necesidades y deseos humanos básicos: la necesidad de autonomía, de interdependencia, de juego, de cuidado físico y emocional.

Podemos validar comportamientos que son respetuosos o efectivos, incluso si la situación es difícil.

Y también validamos pensamientos o razonamientos válidos: aquellos que parten de premisas verdaderas o de observaciones descriptivas de la realidad.

Por ejemplo:
“Entiendo que estés molesto, porque ayer el acuerdo no se cumplió.”

Ahora bien, validar no significa dar la razón en todo, porque es posible que tu lógica no tenga que ver con los hechos, que tu comportamiento no sea efectivo o sea dañino o que tu postura sea una opinión que presentas como opinión absoluta. Validar es decir: “Entiendo tu enojo”, sin decir “Tu reacción fue la única posible”.

La invalidación genera muy malas interacciones, cargadas de emociones desagradables. Ocurre cuando respondemos anulando la experiencia del otro —o la nuestra—Son respuestas que ignoran, ridiculizan, minimizan, juzgan o rechazan lo que alguien siente o vive.

Frases como:
“No es para tanto”
“Estás exagerando”
“Eso no debería afectarte”

“A vos no te falta nada, no tienes razón para estar mal”
suelen cerrar la comunicación y aumentar la distancia emocional.

Validar en conversaciones cargadas emocionalmente, no es fácil. Cuando el otro está ansioso, triste o enojado, nuestro propio sistema se activa. Entramos en modo alerta: ataque, escape o bloqueo. Discutimos, nos vamos, escalamos una pelea que termina mal y no lleva a buen puerto… terminamos la discusión con un portazo, un insulto o un llanto frustrado.

En estos estados emocionales, validar no surge espontáneamente. Es una habilidad que se entrena.

La validación no es una técnica rápida, tampoco una frase aprendida de memoria.

Es una habilidad relacional que requiere presencia, aceptación, empatía, compasión y sabiduría.

No es solo aquello que decimos, es la actitud con la que estamos frente al otro.

Frases como:
“Entiendo lo difícil que es esto para ti”
“Estoy tratando de comprenderte”
hacen una diferencia real.

Sentirse entendido, sentir que al otro le importo, que mis emociones tienen lugar,
es fundamental para la seguridad emocional y la conexión humana.

En la comunicación con personas cercanas y significativas, la validación crea resiliencia y estabilidad emocional.

Muchas veces, el cambio ocurre cuando dejamos de dar consejos
y simplemente escuchamos.

Validar es reconocer que una experiencia humana subjetiva es comprensible y tiene sentido.
No solo con palabras, sino con una postura interna de respeto y humanidad compartida.

Tal vez hoy te resulte difícil incorporarla. Hemos sido criados con mucha invalidación.
Pero si puedes, al menos, invalidar un poco menos y escuchar un poco más, ya estarás transformando positivamente, la manera en que te vinculas.

Relaciones nutritivas

“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.